La labor de acompañamiento a las mujeres, demanda de una conversión de corazón y razón.

 

La provincia de Quispicanchi en la región Cusco, se ubica en la sierra del sur del Perú, zona altoandina quechua, con una enorme riqueza cultural y con grandes potenciales para encaminar su desarrollo, pero que paradójicamente presenta a la vez, los más grandes desafíos que la pandemia terminó de visibilizar, profundizando las múltiples desigualdades, principalmente las desigualdades de género. Una muestra de ello es el notable incremento de denuncias, que en tiempo de confinamiento estricto a nivel nacional se elevaron a 14 mil 583 casos de violencia contra la mujer e integrantes del grupo familiar (MIMP, denuncias entre el 17 de marzo y el 31 de agosto de 2020), y más de 5.500 denuncias de mujeres desaparecidas (1.686 mujeres adultas y 3.835 menores de edad) fueron presentadas a lo largo de todo el 2020, según un alarmante informe de la Defensoría del Pueblo.

Y en la zona rural como es la provincia de Quispicanchi, pese a que las mujeres y niñas ejercen roles claves en la agricultura y el suministro alimentario, enfrentaban desde mucho antes batalles previas específicas en su vida diaria y que con la Covid- 19 terminaron de ahondar en las brechas de acceso oportuno y de calidad a los servicios de salud, especialmente a las orientaciones de planificación familiar, suministro de medicamentos y métodos anticonceptivos, controles de gestación y asistencia en los partos. Según información reciente de la obstetra del distrito de Ocongate en la provincia, durante el 2020 se ha incrementado un 20% de embarazos en las comunidades campesinas.  Y en el ámbito educativo, un importante número de deserciones escolares tuvo como principales causas la carencia de equipos celulares, de cómputo y limitaciones por conectividad y carencia de recursos económicos para los servicios de internet y electricidad, y la deserción en las niñas y adolescentes es mayor, por los roles de género que les obligan a priorizar labores en el hogar, especialmente en la preparación de alimentos y cuidado de los hermanos menores.

Las organizaciones sociales promovidas por la Compañía de Jesús tienen presencia en la zona por más de 50 años, abordando diversas áreas del desarrollo como es la agricultura, educación, defensa de derechos y la promoción de la fe y la cultura[1]. Y en la multidimensionalidad del trabajo en género, en los últimos años, se ha ido posicionado con más fuerza la preferencia de acompañar a las mujeres en sus diversas etapas de desarrollo. Por ejemplo, desde Wayra, en la línea de defensa y promoción de derechos, se brinda una atención legal y psicológica a quienes son víctimas de los diversos tipos de violencia de género, y se gestionan proyectos sociales para la prevención del embarazo adolescente, la trata de personas y violencia en el ámbito educativo, y en una labor complementaria y de trabajo articulado con los programas sociales de las parroquias, se asistente en la alimentación saludable a través de los comedores parroquiales y la promoción del desarrollo infantil desde las ludotecas y bibliotecas.

La experiencia de acompañar historias personales, muy marcadas por la situación de pobreza y violencia, nos movió a desarrollar estrategias que buscan proteger a las mujeres en sus entornos, estas respuestas muy bien intencionadas, ocultaban una manera de invisibilizarlas en su verdadera integralidad, posicionándolas únicamente en sus situaciones de vulnerabilidad y riesgo, y olvidando todo su potencial como gestoras en su propia historia, en sus familias, en su comunidad y cultura. Y es en este tiempo de pandemia, que fue revelador como las mujeres dieron respuestas a contextos tan críticos, donde la imposibilidad de la presencialidad de los servicios del Estado y los programas sociales impulsados por las organizaciones sociales, dieron pase a importantes iniciativas comunitaria donde las mujeres lideraban, con esa característica silenciosa, pero ahondado en creatividad, solidaridad y compañerismo.  Si habían niños que no podían escuchar sus clases por no tener radio o televisor, eran llevados a las casas de las vecinas, y podían estar unidos varios escolares con mamás organizándose para la comida y ayudándose entre ellas para el soporte educativo. Las madres adolescentes con quienes se trabajan en proyectos de acompañamiento psicosocial (proyecto que lleva el nombre de Wiñasunchis, palabra en quechua que significa “creceremos”), fortalecieron su amistad entre ellas, brindándose consejos al momento de asistir en la salud de sus hijos y ante situaciones de riesgo de violencia intrafamiliar, más de una ahora se siente motivada para ejercer cargos de promotoría de salud en sus comunidades. Las madres de familia de los comedores parroquiales, se organizaron para solicitar productos de primera necesidad a los gobiernos locales y de esta forma abastecer a más familias necesitadas en sus distritos.

Trabajar en favor de la igualdad de género, requiere una real conversión del entendimiento, al momento de identificar las diversas formas de violencia, discriminación y barreras que limita el real ejercicio y conquista de los derechos de las mujeres, pero sobre todo, requiere de una conversión de corazón, para que las estrategias de trabajo y acompañamiento reconozca los grandes aportes, talentos y logros de las mujeres y podamos promover como compañeros y compañeras, el fortalecimiento de su rol como agentes de cambio.

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[1] La Plataforma Apostólica Regional es la organización de la misión de la Compañía de Jesús en un determinado territorio, y en el caso de la provincia de la región Cusco, está integrado por: 07 parroquias jesuitas, CCAIJO (promotora del desarrollo sostenible), Fe y Alegría N° 44-Perfal (en la educación de calidad en el ámbito rural), WAYRA (en la promoción y defensa de derechos), SEMPA (en la gestión turística de los templos del barroco andino, y ESEJOVEN (Pastoral juvenil).

 

Por Karem Farfan
Directora de la Asociación Wayra