3 de enero, Fiesta del Santísimo Nombre de Jesús

Una de mis escenas preferidas en la película Los Dos Papas de Fernando Meirelles es aquella en que Benedicto XVI (Anthony Hopkins) dice al cardenal Bergoglio, futuro Papa Francisco, que ser de la Compañía de Jesús (jesuitas) significa que nunca estarás solo.

El 2020 ha sido un año duro para el mundo entero, azotado por una pandemia apocalíptica. Y qué decir de Cuba, donde cada alimento o medicina en casa es una riqueza tremenda, pues mañana puede desaparecer para siempre como el clordiazepóxido, tomado por mi abuela para sus nervios. En medio de ese mundo de tanta incertidumbre, el entorno de la Compañía de Jesús, espacio donde trabajo, ha sido algo distinto, un oasis de esperanza tangible en medio de la desesperación cotidiana.

Uno de mis buenos amigos, desde que empezó la pandemia y llegaron las colas, fue perdiendo los nervios (al ver que con su salario al 60% no podía ayudar a su familia) hasta colocarse en una situación en que no puede salir de su casa, pues pasa días sin dormir. A veces pienso que, de no haber tenido la posibilidad de encontrarme con un proyecto de colaboración en la misión, de gente buena (colaboradores laicos y jesuitas), yo también hubiese podido terminar así. Es difícil mantener la mente equilibrada ante la impotencia que muchas veces te deja ver que los más elemental, una dipirona, un poco de pollo, un paquete de frijoles, cuesta mucho conseguirlo de forma tranquila o natural.

La Compañía de Jesús en Cuba se ha visto en medio de contratiempos reales: han fallecido jesuitas con una luz tremenda en su mente y corazón y también han enfermado otros que, por prescripción médica, han sido llevados a República Dominicana, dejando a la sección cubana de la provincia de las Antillas, con los mínimos para llevar adelante la misión encomendada. Aun así, ha visto la importancia de reafirmar la colaboración entre laicos y miembros de la orden como modo de proceder, para llevar a buen término los objetivos de cada obra, algo que me gusta llamar como “una arquitectura de Iglesia circular”. Ser Compañía en la Cuba de hoy ha significado poner en el centro de cada paso a dar (desde el discernimiento) la humanidad del compañero de camino que va junto a nosotros en el mismo bote. Nadie se salva solo.

No sé ni qué palabra utilizar para recoger lo que ha significado para mí ver a un jesuita compartir dos blísters de sus pastillas, también reducidas, intentando ayudarme a calmar el dolor de mi abuela. En medio del temor al contagio, solo Dios sabe el aumento de mi calidad de vida que ha significado el poder tener un transporte institucional para ir al trabajo. Desde hace 5 años trabajo en la Compañía y he pasado por diferentes obras, pero nunca había visto un ejercicio tan tangible de la cultura del cuidado como el que se hace vida en el Centro Loyola-Reina. Allí se ha logrado desterrar la cultura de la insolidaridad que habita en nuestras mentes, marcadas por el “sálvese quien pueda o tenga,” para sembrar un ejercicio consciente de abajarse para ayudar a los demás. Sé que el jesuita P. Cela, artífice de ese proyecto, debe estar orgulloso de ver nacer muchas ramitas verdes, en medio de un desierto existencial.

El Estado en este diciembre ha lanzado una recta de 95 millas a la Compañía en Cuba con la proclamación de la traumática unificación monetaria y cambiaria. Lo que el gobierno ha tenido 10 años para pensar, le ha dado a otros actores sociales, como la Iglesia, un plazo de 20 días para tomar decisiones que pueden modificar la vida de muchas personas. Sé que se deben tomar medidas difíciles, pues el aumento exponencial de salarios en el país tendrá consecuencias laborales para las obras, pero aún en medio de esta incertidumbre, me han llenado de esperanza las palabras del P. David Pantaleón: “la Compañía no dejará a ninguno de sus colaboradores solo en este momento tan duro.”

Ser Compañía de Jesús hoy en Cuba debe llevarnos a dejar nuestros egos a un lado -dando ejemplo de Iglesia sinodal- para abrazarnos a esos colaboradores que quizás tengamos que despedir o se vayan buscando mejoras económicas, decirles “gracias” y perdonarnos mutuamente las faltas, pues todos cometemos errores, y así dejar ver que las herramientas adquiridas en este tiempo de servicio a una obra servirán para la vida. Por demás, si los colaboradores aprendimos bien la lección de la espiritualidad ignaciana, sabremos que no estaremos nunca solos, pues siempre contaremos con la compañía de Jesús y con la Compañía de Jesús.

Por Julio Pernús

Oficina de Comunicación Jesuitas Cuba