Tender puentes tender muros. Por: Martin Maier S.J.

Publicado: Viernes, 17 Mayo 2019
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Resumen

«Padre Puente». Así me llamó cariñosamente una vez Monseñor Gregorio Rosa Chávez, obispo auxiliar de la diócesis de San Salvador. Con esa acertada metáfora describió lo que ha llegado a ser mi papel entre El Salvador y Alemania en los últimos veinte años. Entré en la Compañía de Jesús en 1979 con una preocupación especial por la justicia en el mundo. Descubrí que la teología que más respondía a esa preocupación era y sigue siendo la teología de la liberación. Al mismo tiempo, me encontré, por medio de un libro, con la persona excepcional del arzobispo Óscar Romero de El Salvador. De ahí nació el proyecto de una tesis doctoral sobre la teología de Ignacio Ellacuría y de Jon Sobrino y de una estancia en El Salvador.  

1. Una historia que ha transformado mi vida 

Llegué a El Salvador por primera vez el 1 de septiembre de 1989, y fue Jon Sobrino quien me recibió muy cordialmente. Me sentí sumamente feliz por estar en el país de Monseñor Romero. Las primeras semanas fueron para mí una peregrinación constante. Visité los lugares más importantes de su vida y su obra: la catedral todavía inconclusa, en cuya nave lateral se encontraba por entonces el sepulcro de Romero; la capilla del hospital, en la que fue asesinado y donde también tenía su humilde vivienda; la tumba de Rutilio Grande, cuyo asesinato había sido decisivo para la transformación de Romero. 

La misma importancia tuvieron para mí los encuentros vividos con los pobres de El Salvador en una parroquia llamada Jayaque. Allí trabajaba un equipo de jesuitas y religiosas con Ignacio Martín-Baró en calidad de párroco. Martín-Baró era psicólogo social y Vicerrector de la Universidad Centroamericana «José Simeón Cañas». El padre Nacho, como le llamaban cariñosamente, pasaba los fines de semana en Jayaque, celebraba la santa misa con las comunidades y acompañaba a los campesinos en su difícil camino entre la opresión y la esperanza. Me invitó a trabajar con ese equipo. Así empezó una historia que ha transformado mi vida.

Fui recibido con mucho cariño, y me acogieron en la comunidad. Durante mi primera misa cantaron para mí una canción sobre Monseñor Romero que dice: «El 24 de marzo, la Iglesia no olvidará que otra vez bañan con sangre al que dijo la verdad». En aquellas circunstancias, de repente cobraron enorme actualidad las lecturas de la Sagrada Escritura, que llegaban incluso a tener un carácter explosivo: «Escuchen estas palabras, ustedes que persiguen a los débiles y oprimen a los pobres...». «Había una vez un hombre rico, que se vestía de púrpura y fino lino y que día a día vivía deliciosamente y en regocijo...». Durante la homilía, ellos mismos establecían la relación con su propia situación: la raíz de su miseria es la injusticia y la explotación. El Dios de estas palabras es un Dios de vida, que toma partido por los oprimidos y defiende su derecho a una vida digna. 

El Salvador se encontraba todavía por entonces en medio de una sangrienta guerra civil. El conflicto se agudizó con una ofensiva de la guerrilla en todo el país que empezó el 11 de noviembre de 1989. En la noche del 15 al 16 de noviembre, el Alto Mando de la Fuerza Armada envió a la Universidad Centroamericana una unidad del batallón de elite «Atlacatl», entrenado especialmente en Estados Unidos, con la orden de asesinar a Ignacio Ellacuría y no dejar con vida a ningún testigo. En la mañana del 16 de noviembre, en el jardín que había delante de la casa de los jesuitas yacían, con las cabezas destrozadas, Ignacio Ellacuría, Segundo Montes, Ignacio Martín-Baró y Amando López. En la casa se encontraron los cadáveres de Juan Ramón Moreno y Joaquín López y López. La cocinera Elba Ramos y su hija Celina también murieron, porque en esa noche habían buscado refugio en la vivienda de los jesuitas, debido a los combates callejeros. 

En el funeral, celebrado el 19 de noviembre, me tocó leer una carta que los campesinos de Jayaque habían escrito al padre Nacho y que decía: «Oh Señor, gracias por el tiempo que el Padre Nacho nos concedió al compartir nuestras vidas, por las huellas marcadas por su bondadoso corazón. Tú que eres justo y santo, tú que eres la suprema bondad y sabiduría, nos has dejado recuerdos tan grandes y hermosos que el tiempo no borrará. En un día 16 de noviembre su alma emprendió el vuelo eterno que se lo llevó al cielo. Era el tesoro más grande de nuestro pueblo. Transidos de dolor, pero con resignación, a nuestro Creador lo entregamos».

Fue al final de esta misa cuando ellos me «nombraron» sucesor de Ignacio Martín-Baró. Era difícil, y al mismo tiempo una gracia, caminar con las comunidades de Jayaque en medio de amenazas e intimidaciones que nos hacían revivir algo del misterio de la muerte y la resurrección de Jesús. «Padre Nacho, estás vivo en la comunidad»: así decía un corrido compuesto poco después del 16 de noviembre. La gente de Jayaque fortaleció mi fe con su inconmovible testimonio religioso. Parafraseando unas palabras de Romero, puedo decir: «He conocido a Dios más profundamente porque he conocido al pueblo de Monseñor Romero». 

Cuando se acercaba la fecha de mi regreso a Alemania, sentí cuánto me había encariñado con la gente y que, precisamente por ello, no quería irme. En Jayaque había encontrado la perla preciosa y el tesoro en el campo, y estaba dispuesto a dejar todo lo demás. En alemán, la expresión «romper los puentes» corresponde a la española «quemar las naves». Estaba dispuesto a quemar las naves. Si en ese tiempo hubiera tenido que decidir quedarme el resto de mi vida en El Salvador y no volver nunca más a mi tierra, me habría quedado. Pero mi provincial jesuita de entonces me convenció de que hoy, en la época de la llamada «globalización», es más importante trabajar entre mundos, es decir, tender puentes entre mundos, que quedarse en uno de los lados. 

Al volver a Alemania me costó mucho, en primer lugar, acostumbrarme al mundo de la abundancia. Claro que era para mí una gran alegría ver, después de casi dos años, a mis familiares y amigos. Pero me di cuenta de que las cosas habían cambiado mucho. Sentí en mi propia carne las contradicciones espantosas que caracterizan a nuestra época: por un lado, la miseria en que vivía la mayoría de mis amigos de Jayaque; por otro, gente en Alemania que se gastaba más de cien mil dólares en un coche de lujo. Es cierto que esta contradicción marca también la realidad en el interior de El Salvador, con una pequeña minoría super-rica, mientras la mayoría de la gente vive en la pobreza. Pero todavía es más grande el escándalo en un nivel global. Hay una brecha profunda entre una quinta parte de la humanidad que puede dar la vida por supuesta y dos terceras partes de la humanidad que tienen que luchar diariamente para sobrevivir. Jean Ziegler dice, con razón, que cada niño que muere de hambre muere asesinado. El problema del hambre en el mundo podría resolverse. Lo que falta es voluntad política para ello. 

Otra experiencia gratificante fue que el mundo de los pobres tiene una connaturalidad mucho mayor con el evangelio que el mundo de la abundancia. Metafóricamente hablando, tuve la impresión de que en El Salvador la semilla del sembrador del evangelio ha caído en tierra fértil. Sin embargo, en Europa buena parte del suelo parece empedrado. Pero, poco a poco, fui cayendo en la cuenta de que tenía que adaptarme nuevamente al contexto europeo. Dios quiere salvar también a los ricos, pero su salvación tiene que pasar por la conversión. Es muy llamativa en este sentido la historia de Zaqueo en el evangelio: al encontrarse con Jesús, se convierte y comparte su riqueza con los pobres.

Pronto me llegaron invitaciones a dar conferencias, mantener entrevistas y escribir artículos sobre mis experiencias en El Salvador. De esa manera, entré en la dinámica del puente: contar lo que pasa al otro lado, en la otra orilla, establecer intercambios... Con los honorarios y donativos que me dieron financié un pequeño proyecto de becas que habíamos fundado en Jayaque. Mi convicción es que los cambios a más largo plazo solamente se pueden lograr por el camino de la educación y la capacitación. Hace poco, celebramos los veinte años de este proyecto con una bonita fiesta.

En colaboración con la facultad de teología de la universidad de Graz, organicé en 1992 un simposio sobre la teología de Jon Sobrino en diálogo con teólogos europeos. Resultó especialmente conmovedor el encuentro entre Sobrino y el teólogo checo Oto Mádr, que había pasado muchos años en las cárceles comunistas. Dos cristianos y
teólogos que habían sufrido las consecuencias de la persecución en contextos muy distintos se abrazaron.

Tras mi regreso a Alemania, volví a El Salvador en enero de 1993. Creo que nunca he sentido tanta alegría y consolación al volver a ver a mis amigos. Otra vez me costó mucho regresar. Había terminado mi tesis doctoral, y me cayó encima un compromiso de emergencia: coordiné durante un año y medio la ayuda de los jesuitas alemanes a Bosnia y Croacia en la guerra de la antigua Yugoslavia. A partir de 1994, entré en un nuevo ritmo en mis relaciones con El Salvador: cada año y medio iba a dar un curso de teología durante seis semanas en el departamento de teología de la Universidad Centroamericana. Esto me permitió mantener mis contactos y amistades y seguir el desarrollo de los acontecimientos en El Salvador.

Tender puentes reales presupone grandes esfuerzos, grandes inversiones y muchos conocimientos. En los primeros años me costó acostumbrarme a esta vida entre dos mundos. Y cada vez me costaba más dejar El Salvador y volver a Alemania. A lo largo de los años se estableció un puente más sólido en diferentes niveles. En Alemania asumí el cargo de director de la revista Stimmen der Zeit y colaboré con otros medios de comunicación. Esto me abrió el campo para un trabajo periodístico sobre El Salvador y América Latina. A nivel de las parroquias hermanas, serví de cartero y de comunicador. Desde el punto de vista teológico, he podido contribuir algo a un intercambio entre la teología de la liberación latinoamericana y la teología alemana/europea. A continuación quiero desarrollar un poco más estos diferentes niveles y terminaré con una pequeña reflexión teológica sobre el puente. 

 

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