Divorciados vueltos a casar. Fidelidad y Misericordia: ¿una complementación pastoral imposible?

Publicado: Lunes, 04 Febrero 2019
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Por: Tony Mifsud S.J.

En varios estudios y encuestas se evidencia el profundo cambio cultural con respecto a la realidad de la familia y la comprensión del matrimonio. La introducción del matrimonio civil en la sociedad ha significado la introducción de dos modelos, semejantes en el compromiso humano, pero distintos en su permanencia en el tiempo.

En el año 1994, el SERNAM (Servicio Nacional de Mujer) publicó un Informe sobre la Familia a partir de una encuesta realizada a nivel nacional. Con respecto al matrimonio, por una parte, el 87.2% considera que se trata de un compromiso para toda la vida, pero, a la vez, el 72.8% piensa que cuando el amor se acaba, cada miembro de la pareja tiene el derecho de rehacer su vida con otra persona.[1]

El resultado de la Encuesta Nacional Bicentenario (Universidad Católica - Adimark), correspondiente al año 2013, frente a la formulación de la misma pregunta sobre si el matrimonio es un compromiso para toda la vida, revela un decreciente consenso ciudadano al respecto: 77% (2006), 70% (2008), 69% (2010), 66% (2011) y 56% (2013).

Concretamente, en el año 2013, el parecer a favor de la comprensión del matrimonio como un compromiso para toda la vida alcanza el 56%, pero su negación es del 25% y un 19% es indiferente, es decir, un total de 44% que rechaza o le da lo mismo.

Por de pronto, llama la atención el alto porcentaje (19%) de aquellos que se expresan como indiferentes (es decir, ni acuerdo ni desacuerdo) frente a la comprensión del matrimonio como un compromiso para toda la vida.  Además, asumiendo las dos encuestas que tienen la misma formulación de la pregunta, la comprensión de la indisolubilidad del matrimonio ha bajado en el curso de 20 años (1993 - 2013) de 87% a 56%, es decir, 31 puntos porcentuales, lo cual es muy significativo estadísticamente.

Otro dato relevante es que la proporción de mujeres de 25 a 29 años que vive en pareja sin estar casada ha subido desde un 4.5% en el año 1982 a un 14.3% en el año 2002.[2]  En el curso de veinte años, se ha triplicado la convivencia sin matrimonio.  Por último, según datos del Registro Civil, en el curso del año 2013 hubo 63.413 matrimonios civiles y 48.272 divorcios.

En este contexto concreto y nuevo de un fuerte debilitamiento de la institución del matrimonio hay que reflexionar el desafío pastoral de los divorciados que han vuelto a casarse por el civil.  Este problema se ha agudizado ya que, en un primer momento (1994), se sostenía mayoritariamente el principio (87%) que el matrimonio es un compromiso para toda la vida, aunque sin negar el derecho de rehacer la vida con otra persona si fallaba el matrimonio (73%); pero, en un segundo momento (2013), el 44% niega este compromiso de por vida (25% en descuerdo y un 19% indiferente).

  1. La postura actual de la Iglesia Católica

Juan Pablo II, en Familiaris consortio (1981), resume la postura actual de la Iglesia frente a los divorciados vueltos a casar.  “La experiencia diaria enseña, por desgracia, que quien ha recurrido al divorcio tiene normalmente la intención de pasar a una nueva unión, obviamente sin el rito religioso católico…  El problema debe afrontarse con atención improrrogable”[3].

a) La obligación de discernir bien las situaciones. En efecto, hay diferencia entre: (i) los que sinceramente se han esforzado por salvar el primer matrimonio y han sido abandonados del todo injustamente; (ii) los que por culpa grave han destruido un matrimonio canónicamente válido; y (iii) los que han contraído una segunda unión en vista a la educación de los hijos, y a veces están subjetivamente seguros en conciencia de que el precedente matrimonio, irreparablemente destruido, no había sido nunca válido.

b) Los divorciados vueltos a casar no se están separados de la Iglesia, pudiendo y aun debiendo, en cuanto bautizados, participar en su vida. La Iglesia reza por ellos, los anima, se presenta como madre misericordiosa y así los sostiene en la fe y en la esperanza.

c) Sin embargo, La Iglesia, fundándose en la Sagrada Escritura reafirma su praxis de no admitir a la comunión eucarística a los divorciados que se casan otra vez, porque su estado y situación de vida contradicen objetivamente la unión de amor entre Cristo y la Iglesia, significada y actualizada en la Eucaristía. Hay además otro motivo pastoral: si se admitieran estas personas a la Eucaristía, los fieles serían inducidos a error y confusión acerca de la doctrina de la Iglesia sobre la indisolubilidad del matrimonio.

d) La reconciliación en el sacramento de la penitencia puede darse únicamente a los que están sinceramente dispuestos a una forma de vida que no contradiga la indisolubilidad del matrimonio, es decir, asumiendo el compromiso de vivir en plena continencia, o sea de abstenerse de los actos propios de los esposos.

e) Por consiguiente, se prohíbe a todo pastor - por cualquier motivo o pretexto incluso pastoral - efectuar ceremonias de cualquier tipo para los divorciados que vuelven a casarse, porque tales ceremonias podrían dar la impresión de que se celebran nuevas nupcias sacramentalmente válidas y como consecuencia inducirían a error sobre la indisolubilidad del matrimonio válidamente contraído.

Se concluye que, “actuando de este modo, la Iglesia profesa la propia fidelidad a Cristo y a su verdad; al mismo tiempo se comporta con espíritu materno hacia estos hijos suyos, especialmente hacia aquellos que inculpablemente han sido abandonados por su cónyuge legítimo”.

El 14 de septiembre del año 1994, la Congregación para la Doctrina de la Fe envía una Carta a los obispos de la Iglesia Católica sobre la recepción de la comunión eucarística por parte de los fieles divorciados que se han vuelto a casar, confirmando lo establecido en la Familiaris consortio.

a) Los pastores están llamados a hacer sentir la caridad de Cristo y la materna cercanía de la Iglesia; los acogen con amor, exhortándolos a confiar en la misericordia de Dios y, con prudencia y respeto, sugiriéndoles caminos concretos de conversión y de participación en la vida de la comunidad eclesial. Sin embargo, conscientes que la auténtica comprensión y la genuina misericordia no se encuentran separadas de la verdad, los pastores tienen el deber de recordar a estos fieles la doctrina de la Iglesia acerca de la celebración de los sacramentos y especialmente de la recepción de la Eucaristía. (Nos 2 y 3).

b) Sobre este punto, durante los últimos años, en varias regiones se han propuesto diversas soluciones pastorales en determinados casos, como por ejemplo: (i) cuando hubieran sido abandonados del todo injustamente, a pesar de haberse esforzado sinceramente por salvar el anterior matrimonio; (ii) cuando estuvieran convencidos de la nulidad del anterior matrimonio, sin poder demostrarla en el foro externo; (iii) cuando ya hubieran recorrido un largo camino de reflexión y de penitencia; o (iv) cuando por motivos moralmente válidos no pudieran satisfacer la obligación de separarse. También se ha propuesto  que, para examinar objetivamente su situación efectiva, los divorciados vueltos a casar deberían entrevistarse con un sacerdote prudente y experto; no obstante su eventual decisión de conciencia de acceder a la Eucaristía debería ser respetada por ese sacerdote, sin que ello implicase una autorización oficial. (No 3).

c) Frente a las nuevas propuestas pastorales, esta Congregación siente la obligación de volver a recordar la doctrina y la disciplina de la Iglesia al respecto. Fiel a la palabra de Jesucristo, la Iglesia afirma que no puede reconocer como válida esta nueva unión, si era válido el anterior matrimonio. Si los divorciados se han vuelto a casar civilmente, se encuentran en una situación que contradice objetivamente a la ley de Dios y por consiguiente no pueden acceder a la Comunión eucarística mientras persista esa situación. (No 4).

d) Al respecto existe la errada convicción de poder acceder a la Comunión eucarística por parte de un divorciado vuelto a casar atribuyendo a la conciencia personal el poder de decidir en último término, basándose en la propia convicción, sobre la existencia o no del anterior matrimonio y sobre el valor de la nueva unión. Dicha atribución es inadmisible, porque el matrimonio, en cuanto imagen de la unión esponsal entre Cristo y su Iglesia así como núcleo basilar y factor importante en la vida de la sociedad civil, es esencialmente una realidad pública. (No 7).

e) Por consiguiente, en la acción pastoral se deberá cumplir toda clase de esfuerzos para que se comprenda bien que no se trata de discriminación alguna, sino únicamente de fidelidad absoluta a la voluntad de Cristo que restableció y nos confió de nuevo la indisolubilidad del matrimonio como don del Creador. (No 10).

La actual postura oficial de la Iglesia es clara: una persona divorciada, teniendo previamente un matrimonio sacramental, que se casa nuevamente por el civil, no tiene acceso a la eucaristía porque contradice la indisolubilidad sacramental, es decir, su estado y situación de vida contradicen objetivamente la unión de amor entre Cristo y la Iglesia, significada y actualizada en la Eucaristía.  Esta fidelidad a la verdad justifica la no aceptación de las soluciones pastorales presentadas.  Sin embargo, en determinados casos y por motivos serios, cuando no pueden cumplir la obligación de la separación, pueden acceder a la comunión eucarística con tal de asumir el compromiso de vivir en plena continencia, o sea de abstenerse de los actos propios de los esposos y evitando el escándalo.

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[1] Comisión Nacional de la Familia, Informe sobre la Familia, (Santiago: SERNAM, 1994), p. 351.

* El matrimonio es un compromiso para toda la vida: 87.2% (acuerdo), 8.3% (desacuerdo) y 4.5% (indiferente/no sabe).

* Cuando el amor se acaba, cada miembro de la pareja tiene el derecho de rehacer su vida con otra persona: 72.8% (acuerdo), 17.1% (desacuerdo) y 10.0% (indiferente/no sabe).

[2] Cf. Harald Beyer, “¿Matrimonio en retirada?”, Capital, 7 de mayo de 2014.

[3] Cf. Juan Pablo II, Familiaris consortio, 22 noviembre 1981, No 84.

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