Del indicativo de la fe al imperativo de la ética. Por: Tony Mifsud S.J.

Publicado: Viernes, 04 Enero 2019
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Por: Tony Mifsud S.J.

Después del Concilio de Trento (1545 - 1563), la presencia de la Sagrada Escritura en la reflexión moral disminuye notablemente debido a su alejamiento de la Teología Dogmática y acercamiento al Derecho Canónico, ya que, como heredera de los Libros Penitenciales y de las Sumas para Confesores, su referente principal es la praxis penitencial (el sacramento de la confesión), adquiriendo una orientación legalista y casuística.[1]  Se puede afirmar que la Sagrada Escritura no constituye “su fundamento y su nervio central”[2], y predomina una “juridización de la moral”[3].

En el siglo XIX, concretamente en la Escuela de Tubinga (J. M. Sailer, J. B. Hirscher y F. X. Linsenmann), se recupera la referencia a la Sagrada Escritura, organizando la temática en torno a temas como la caridad y el Reino de Dios.[4]  En el siglo XX, Fritz Tillmann recurre al tema bíblico de la imitación de Cristo como principio integrador de la reflexión moral.  Pero es la obra de Bernard Häring, La Ley de Cristo (1954), la que tuvo una influencia decisiva en la posterior elaboración de una moral renovada.  Su gran mérito es la realización de una reflexión en torno a los principios que iban apareciendo en las publicaciones morales, incorporando la dimensión bíblica.

Sin embargo, en vísperas del Concilio Vaticano II, aún predomina la enseñanza de la moral casuista en los centros de estudios teológicos, aunque en la época posterior al Concilio la elaboración de la Teología Moral queda definitivamente marcada por la renovación.  Una nota específica de esta moral renovada es la recuperación del recurso a la Sagrada Escritura, asumiendo una perspectiva dialogal en términos de una respuesta humana a una llamada divina.

En la actualidad resulta impensable una reflexión de una ética que pretende ser cristiana sin una referencia a la experiencia religiosa contenida en la Sagrada Escritura, pero, a la vez, esta complementariedad no está exenta de dificultades.  Surge la inevitable interrogante: ¿Qué significa que la Sagrada Escritura constituye un referente primordial en la reflexión y la vida moral?  Aún más, ¿cómo, metodológicamente, recurre la reflexión moral a la fuente bíblica?

Las narraciones contenidas en la Sagrada Escritura no tienen la finalidad de describir el mundo sino de cambiarlo mediante la formación y la consolidación de una comunidad de discípulos que asume el Reinado del Padre como don y tarea.  Por ello, el mensaje que transmite la Sagrada Escritura, a través de esta comunidad viva en el curso de la historia humana, se presenta acorde a las condiciones sociales correspondientes a cada época histórica y, por ende, tiene un envoltorio cultural determinado.  En otras palabras, es preciso entender el contexto para comprender correctamente el texto.

Además, la relación entre Sagrada Escritura y Teología Moral está totalmente condicionada por lo que se entiende por el estatuto y la finalidad de ambas.  Ciertamente resulta inaceptable e inapropiado comprender esta relación en términos de la Escritura como fuente literal de las exigencias éticas, es decir, recurrir a la Sagrada Escritura para buscar lo que uno tiene que hacer en una situación concreta, como si fuera un código aplicable a cada situación, un recetario de conducta.[5]

Así, en el presente estudio se considerará la relación entre la Sagrada Escritura y la elaboración del discurso ético cristiano, para, posteriormente, sugerir algunas consecuencias de esta correlación en la elaboración del discurso moral.

 

1.- El ethos bíblico

La Sagrada Escritura es considerada como el alma de la Teología porque “contiene la palabra de Dios, y en cuanto inspirada es realmente palabra de Dios; por eso la Escritura debe ser el alma de la teología”[6].

La Sagrada Escritura y la Tradición, que bajo la asistencia del Espíritu Santo va creciendo en su comprensión, constituyen el único depósito de la fe.  El Magisterio de la Iglesia tiene la misión de la interpretación auténtica de esta palabra de Dios, escrita y transmitida, y, por tanto, está a su servicio para enseñar solamente lo que le ha sido confiado.[7]

Sin embargo, este triple referente no constituye la única fuente para la reflexión moral porque, en palabras del Concilio, se requiere la luz del Evangelio y la experiencia humana[8] para poder comprender y enfrentar los desafíos que presenta la sociedad.  Con todo, esto no significa que siempre se tiene una respuesta ética frente a todos los interrogantes que van surgiendo en la sociedad.  El mismo Concilio aclara que “la Iglesia, custodio del depósito de la palabra de Dios, del que manan los principios en el orden religioso y moral, sin que siempre tenga a mano respuesta adecuada a cada cuestión, desea unir la luz de la Revelación al saber humano para iluminar el camino recientemente emprendido por la humanidad”[9].

Por consiguiente, la matriz bíblica de la reflexión moral no exime de la necesidad de recurrir a las exigencias de la razón humana para poder formular su discurso.[10]  En otras palabras, al subrayar la ineludible importancia bíblica en la reflexión moral, no se afirma que ésta constituye su única fuente sino que conforma un referente privilegiado que marca su especificidad en el campo de la ética.  Esta aclaración despeja cualquier comprensión de una especie de positivismo bíblico en la ética cristiana, reduciéndola a un simple recurrir a la Sagrada Escritura para encontrar sus respuestas.

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[1] Charles Curran escribe: “The use of the Scriptures in moral theology has varied at different historical periods, and in the period from Trent to Vatican II the role of the Scriptures in moral theology was very limited. Recent historical studies show that in this period moral theology became separated from dogmatic and spiritual theology and acquired the narrow goal of training priests as judges in the sacrament of penance, with an accompanying minimalistic and legalistic approach concerned primarily with sinfulness of particular acts”.  CHARLES CURRAN, “The Role and Function of the Scriptures in Moral Theology”, en CHARLES CURRAN y RICHARD McCORMICK S.J. (eds.), Readings in Moral Theology IV: The use of Scripture in Moral Theology, (Paulist Press, New York, 1984), 179-180.

[2] J. R. FLECHA, Teología Moral Fundamental, (BAC, Madrid, 1994), 75.

[3] M. VIDAL, Moral Fundamental, (PS, Madrid, 19907), 126.

[4] Cf. L. VEREECKE, “Historia de la Teología Moral”, en AA.VV., Nuevo Diccionario de Teología Moral, (Paulinas, Madrid, 1992), 837 - 841; B. HÄRING, Free and Faithful in Christ (I), (Seabury Press, New York, 1978), 51 - 57.

[5] Cf. STANLEY HAUERWAS, “The Moral Authority of Scripture: the Politics and Ethics of Remembering”, en CH. CURRAN y R. McCORMICK S.J., Readings in Moral Theology (IV) - The Use of Scripture in Moral Theology, (Paulist Press, New York, 1984), 242 - 275.

[6] CONCILIO VATICANO II, Constitución dogmática Dei Verbum, 18 de noviembre de 1965, No 24.

[7] Cf. CONCILIO VATICANO, Constitución dogmática Dei Verbum, 18 de noviembre de 1965, No 10.

[8] Cf. CONCILIO VATICANO II, Constitución pastoral Gaudium et Spes, 7 de diciembre de 1965, No 46.

[9] Cf. CONCILIO VATICANO II, Constitución pastoral Gaudium et Spes, 7 de diciembre de 1965, No 33.

[10] Cf. JUAN PABLO II, Veritatis splendor, 6 de agosto de 1993, No 29.

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