Desafíos de los flujos migratorios desde la perspectiva de la Red Jesuita con Migrantes

Publicado: Miércoles, 10 Octubre 2018
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El papa instó a los legisladores a “actuar sobre las causas y no solamente sobre los efectos” y a “adoptar políticas correctas, valientes y concretas” que ayuden a los países de origen “en su desarrollo sociopolítico y a la superación de los conflictos internos”, en lugar de “políticas de interés, que aumentan y alimentan esos conflictos.”

Francisco, 2015

 

Los procesos migratorios son de origen diverso. Algunas personas migran por una necesidad económica, para poder subsanar situaciones de vulnerabilidad; la diferencia salarial entre el país de destino y el país de origen llega a ser significativamente considerable. Otras, por tener conocimiento o información sobre las condiciones en otros países o comunidades, así como la mala gobernanza, deficientes servicios públicos, escasas expectativas de mejora personal y social, factores ambientales, violencia y conflictos internos (Córdova y Castaño, 2015). Para hacer la distinción entre las causas se suele hablar conceptualmente de migraciones y migraciones forzadas por separado. Sin embargo, en la práctica se considera, cada vez más, que la brecha entre una y otra se ha ido estrechando hasta el punto de llegar a confundirse, como iremos evidenciando a lo largo del texto.

Actualmente, el tema de las migraciones viene imponiéndose como una realidad crítica en el mundo, con creciente fuerza en los últimos años. Esto ha evidenciado retos importantes para los gobiernos nacionales, las sociedades y sus organizaciones, así como para las organizaciones internacionales. Las dinámicas de globalización han desatado una paradoja: hay una apertura importante de las fronteras gubernamentales para el tránsito de mercancías y recursos, salvaguardados por acuerdos económicos y tratados de libre comercio, y a la vez, un cierre restrictivo con el tránsito de personas por estos mismos lugares. En este sentido, nos encontramos con que el mundo funciona con flujos económicos libres y protegidos por acuerdos económicos internacionales y con flujos migratorios desprotegidos, vulnerados y con un sinfín de políticas de securitización restrictivas que atentan contra los derechos humanos.

Hay que señalar también que estos comportamientos excluyentes y limitantes de la migración no afectan por igual a todas las personas, y que son precisamente aquellas más vulnerables en el contexto de desigualdad que caracteriza a la región, los que más trabas encuentran en su eventual libertad de circulación. Es significativo como el aumento de la migración venezolana en los últimos tres años, se integra principalmente por personas con un mayor grado de vulnerabilidad y han sido éstas, precisamente, las que se están encontrando con barreras más firmes consecuencia de las políticas restrictivas que se están generando en todo el continente.

De acuerdo con lo anterior, también podríamos comenzar a vernos avocados a la necesidad de problematizar los alcances y límites de la unidad política que actualmente nos determina: los Estados Nacionales. Esta construcción política logró en un momento de la historia definirnos como seres humanos dotados de derechos en un territorio específico y delimitado. Hoy, en ese mismo marco, la noción de ciudadanía que reivindicó la humanidad de las personas se desdibuja, ya que, luego de traspasar las líneas invisibles e impuestas de las fronteras de los países, las personas se ven despojadas de su humanidad y son concebidas llanamente como un problema. De igual manera, las políticas neoliberales, a lo largo y ancho de América Latina, han reconfigurado la concepción de Estado-Nación en torno a unos significados que influyen directamente en los fenómenos migratorios. En América Latina y el Caribe, si bien no hay una política migratoria homogénea, sí se puede vislumbrar cómo las políticas migratorias de los países son diseñadas desde un énfasis de seguridad nacional. Estas se basan en control, detección, detención y deportación con un fuerte énfasis en la militarización de las fronteras como mecanismo de contención, lo que ha generado violaciones a derechos humanos, aumento de la corrupción, criminalización de las personas migrantes y fomento de la xenofobia en las poblaciones locales (ONU & OIM, 2017, p. 2).

Ante lo descrito anteriormente, se ha generado la necesidad de construir un diálogo acerca de la manera como se concibe la migración, entender sus retos y complejidades de manera holística, y, sobre todo, plantear soluciones a las complejidades que plantea. En ese sentido, vale la pena mencionar los Pactos Globales sobre Migración y Refugio que pretenden ser firmados en septiembre y diciembre del 2018. Estos pactos son resultado de la Declaración de Nueva York para los Refugiados y Migrantes.

Para leer el informe completo, haz clic aquí.

 

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