Quien quiera ser el primero que sea el último de todos (Marcos 9,30-37)

Publicado: Domingo, 23 Septiembre 2018
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En la semana 25 del Tiempo Ordinario profundizamos en las implicaciones que tiene el seguimiento a Jesús. Por ello la Liturgia nos va a invitar a reflexionar sobre nuestra disposición de asumir la cruz, convirtiéndonos en los últimos de todos y servidores de todos, como el camino que nos abre a la novedad de Dios.

Jesús va de camino con sus discípulos explicándoles que Él va a morir en manos de los hombres y que al tercer día resucitará. Pero ellos ni entienden ni se atreven a preguntar, sino que se concentran en otro tipo conversación. Ellos van hablando de quién será el más importante del grupo.

Esta realidad de los discípulos puede remitirnos a tres huidas que afectan nuestras vidas: Una huida, la de “dar saltos adelantados”, colocándonos en planos ajenos a la realidad para que la situación tan abrumadora no nos afecte o porque sentimos que nos aplasta; otra huida, “la del desentendido” cuando vamos por el mundo tan concentrados en nosotros mismos (distraídos) que no captamos lo que sucede a nuestro alrededor; y finalmente, la huida “del inmisericorde” porque deliberadamente damos importancia sólo a los propios intereses, que casi siempre suelen ser muy mezquinos.

Cuando Jesús me dice que para ser el primero no hay otro camino que ser el último de todos y el servidor de todos, me está proponiendo que me haga libre, incluso de mí mismo. Y cuando me invita a acogerlo a Él como se acoge a un niño, me está invitando a abrirme a la novedad de Dios que sólo se manifiesta de forma muy sencilla.

Claramente que para Jesús, el seguimiento pasa por convertirnos en los últimos y los servidores de todos, sin distinción o reparos, y pasa también por nuestra apertura a lo pequeño, a lo simple, lo sencillo, lo que pareciera no tener valor.

Quien practica una y otra vez hasta lograr convertirse en el último y servidor de todos, aprende a desprenderse de sí mismo y de sus ansias de poder y tener. Se adiestra para vivir con gusto, dando de sí mismo, de lo que tiene y puede. Y quien se familiariza insistentemente con lo sencillo y lo que pareciera no tener valor, aprende a captar los signos de la vida, puede atender y cuidar la vida de las personas y la suya propia: anticipa la resurrección.

Que no tengamos miedo de encontrarnos realmente con Jesús en la cotidianidad de nuestros días, para que experimentemos la fuerza de una fe que nos hace transformar las tinieblas de nuestra existencia, nos libera para dar lo mejor de nosotros mismos en el servicio desinteresado a quien nos necesite y nos abre a la amistad gratuita de un Dios que se nos manifiesta como Padre.

Por: P. Gustavo Albarrán S.J.

Para Mí La Vida Es Cristo

Jesús mío: ayúdame a esparcir tu fragancia donde quiera que vaya; inunda mi alma con tu espíritu y tu vida; penetra todo mi ser y toma de él posesión de tal manera que mi vida no sea en adelante sino una irradiación de la tuya.

Quédate en mi corazón en una unión tan íntima que las almas que tengan contacto con la mía puedan sentir en mí tu presencia; y que al mirarme olviden que yo existo y no piensen sino en Ti.

Quédate conmigo. Así podré convertirme en luz para los otros. Esa luz, oh Jesús, vendrá toda de Ti; ni uno solo de sus rayos será mío. Te serviré apenas de instrumento para que Tú ilumines a las almas a través de mí.

Déjame alabarte en la forma que te es más agradable, llevando mi lámpara encendida para disipar las sombras en el camino de otras almas.

Ayúdame a predicar tu nombre sin palabras… Con mi ejemplo, con mi voz, con la sobrenatural influencia de mis obras, con la fuerza evidente del amor que mi corazón siente por Ti.

(John Henry Newmann)

 

 

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