Llamados para ir a la gente (Marcos 6, 7-13)

Publicado: Domingo, 15 Julio 2018
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Estamos en la Semana 15 del Tiempo Ordinario y la Liturgia nos invita a profundizar en la experiencia de llamada y envío que nos hace Jesús.

Para el Evangelista Marcos (6, 7-13), esta experiencia vocacional de los Discípulos tiene como antesala la consternación vivida por Jesús ante la falta de fe entre su gente de Nazaret.

Si en el Evangelio de la semana pasada (Mc. 6, 1-6), a los de Nazaret les faltó perspectiva para reconocer la vida ofrecida por Dios en la persona sencilla y cercana del Señor, en el Evangelio de esta semana (Mc. 6, 7-13) contamos con un Jesús lleno de la confianza y vitalidad que capacita para apostar por las personas, que sabe ganar voluntades y que sabe engendrar disponibilidad.

Si el Evangelio de la semana pasada era una verdadera piedra de toque en la espiritualidad cristiana, el de esta semana es la piedra de toque del envío misionero para nuestro tiempo. Jesús envió a los apóstoles de dos en dos, como compañeros, como amigos. El envío cristiano no es cosa de individuos, sino de compañía fraterna, de compañía grata, de búsquedas compartidas.

A los que el Señor envió, les dio poder sobre los espíritus inmundos. Tanto en la misión de ayer como en la de hoy el enviado ha de “abrirse paso en la sociedad, sin utilizar su poder sobre las personas, sino humanizando la vida, aliviando el sufrimiento de las gentes, haciendo crecer la libertad y la fraternidad” (Pagola).

El mandato del Señor de no llevar nada para el camino habla de una libertad que permite apoyarse en Dios. No llevar nada es ir uno mismo. A quien le apasione la misión, el apostolado, el servicio, o esté movido a hacer el bien, no le faltará nada. No le faltará pan, ni mochila, ni dinero, le basta ir él mismo fiado de la Palabra audaz y confiada del Señor. Lo demás ya aparecerá en el camino. Cuenta con el Espíritu de Dios y eso basta.

El enviado no va como funcionario ni como experto de oficio. El enviado va a la gente, entra en su casa, en su hogar, que es donde realmente puede dar y recibir buena nueva. Por eso no va de prisa, sabe gastar tiempo con las personas, es paciente. Cuánto bien hace saber esperar al tiempo de Dios, porque su tiempo es oportuno, perfecto. Así pues, cuando entremos a la casa de alguna persona, es decir, a su vida, que nada entorpezca la espera atenta del tiempo de Dios.

Los Discípulos se dejaron guiar por la fuerza de la Palabra y predicaron vida nueva, expulsaron demonios y ungieron enfermos devolviéndoles la salud. Eso mismo toca a los discípulos de hoy, porque hay mucha reconciliación que construir, muchos desencuentros que sanar a fuerza de Buena Nueva. Hay diversos tipos de demonios que sacar para que no sigan matando amores. Y hay muchos males y dolencias que ungir y curar con nuestras manos cálidas, con nuestra palabra medicinal y con nuestra presencia amiga.

Por: P. Gustavo Albarrán, SJ.

Los Matices de tu Llamada

 ¡Son innumerables, Dios mío, los matices de tu llamada! ¡Y las vocaciones esencialmente diversas! Cada una de las regiones, de las naciones, de las categorías sociales tiene sus apóstoles. Yo quisiera ser, Señor, con mi modesta aportación el apóstol, y así puedo decirlo, el evangelista de tu Cristo en el Universo.

Me has concedido, Dios mío, el don de sentir la unidad viva y profunda que tu Gracia ha desparramado misericordiosamente sobre nuestra pluralidad. Universalidad de tu atracción divina y valor interno de tu operar humano. Ardo en deseos, Dios mío, de propagar esa doble revelación que Tú me haces, y de realizarla.

Si me juzgas digno de ello, Señor, descubriré a quienes la vida resulta banal y carente de interés, los horizontes ilimitados del esfuerzo humilde e ignorado que puede, si la intención es pura, añadir a la proyección del Verbo Encarnado un elemento nuevo, elemento sentido por Cristo y asociado a su inmortalidad.

El Mundo entero está concentrado y pendiente de la espera de la unión divina. Todo converge hacia Cristo.

 (Cf. Teilhard de Chardín)

 

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