Dejarnos transformar por la Cruz de Jesús (Juan 3, 14-21)

Publicado el domingo 11 de marzo a las 03:00
1
2
socialshare
0
s2sdefault

 

En la 4ª Semana de Cuaresma la Liturgia retoma el signo medicinal y sanador de la serpiente levantada por Moisés en el desierto para mostrarnos la salud y la vida que trae la Cruz de Jesús.

Qué tiene el Hijo del Hombre en la cruz que irradia verdad, bondad y amor. Qué difícil mirar al Crucificado y no conocerlo, conocerlo y no amarlo, amarlo y no seguirlo. Porque Jesús crucificado atrae hacia sí mismo cualquier tipo de muerte para transformarla en vida.

En la Cruz se nos revela hasta dónde ha sido Dios capaz de abajarse. En la Cruz, dice San Pablo (Flp. 2,7-8), se manifiesta la grandeza del amor, que es el rostro humano de Dios. La Cruz, que siendo signo de dolor, se convierte en signo auténtico de luz y sanación.

El evangelista (Jn. 3, 14-21) afirma que la condenación se debe al rechazo de la luz. Es decir, a una vida mantenida a fuerza de tinieblas, a fuerza de torcer la verdad y a fuerza de estrangular el amor. Por ello ante el Crucificado que es la Luz queda cribada toda actuación.

La experiencia de la Cruz es experiencia de discernimiento porque criba nuestra vida desde tres aspectos muy importantes: 1º) Si somos capaces de aceptar la cruz sin amargura ni resentimientos, sino como el medio más apto y eficaz para llegar a la autenticidad. 2º) Si estamos dispuestos a seguir caminando en la vida después de los conflictos, afrontando las limitaciones propias. 3º) Si permitimos que la cruz transforme nuestros desórdenes y egoísmos para poder amar y servir cada vez más desinteresadamente a las personas.

En la Cruz se topan pecado y perdón. La Cruz es el modo más eficaz de «salir de sí mismo» y el modo más real de manifestarse el ágape de Dios. Humanamente podríamos formularlo diciendo que un amor que se pierde de este modo se gana para siempre. Ya no puede morir.

Quien fije su mirada en Jesús crucificado no podrá dejar de preguntarse por la calidad de su amor. Y tampoco dejará de preguntarse por la calidad de su entrega, de su generosidad y de su modo de proceder ante las situaciones complejas de la vida.

Quien centre su razonamiento y afecto en el Crucificado será devuelto a la vida, habilitado para ser amable ante toda dureza, sensato ante toda insensatez, abierto ante toda cerrazón, agudo ante toda simplonería, sencillo ante toda prepotencia y lúcido ante toda tiniebla.

Por: P. Gustavo Albarrán, SJ

 

El Verdadero Amor

Una noche, estando el Amante y el Discípulo sentados a la luz de una vela, vino una polilla y se puso a revolotear en torno a la llama pareciendo como si ella quisiera calentarse. Viendo esto dijo el Discípulo: Señor, esa polilla es como un amante que gusta calentarse junto al amor de su amado. No, hijo mío -dijo el Amante. Ella es como un indigno buscador que, viendo el amor del Amado, no se le aproxima por temor de perder todo cuando posee al calor de su amor.

Se alejó la polilla volando y, al poco tiempo, se acercó otra y tan cerca estuvo de la llama que sus alas se chamuscaron y perdieron sus bellos colores, con lo que también ésta se alejó volando hacia la oscuridad. Entonces dijo el Discípulo: Señor, esta polilla sí es como un verdadero Amante del Amado porque, como has visto, ella ha dejado que se chamuscaran sus alas y ha perdido todos sus bellos colores por causa del gran amor que la atraía a la llama. No hay tal amor -dijo el Amante-. Esa polilla es como un Amante cobarde que, a pesar de haber gustado de las delicias del Amado, huye de la llama y abandona al Amado cuando siente los primeros ardores del Amor.

Se acercó por último otra polilla y ésta tan pronto vio la vela, no se entretuvo como las otras en revolotear en torno a la llama, sino que voló directo hacia ella y lanzándose de lleno se sacrificó de manera que se hizo una con la llama. Ved -dijo el Amante-, así es el verdadero Amante que, sin pensar en nada más, se arroja por entero en el amor abrasante del Amado.

(Del Libro: El Jardín del Amado)

+ Noticias