No conviertas las cosas de dios en un negocio (Juan 2, 13-25)

Publicado el domingo 4 de marzo a las 06:00
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Estamos ya en la 3ª semana de Cuaresma. Desde ahora hasta la 5ª semana del Ciclo “B”, la Liturgia nos invitará a vivir este tiempo a la luz del evangelio de Juan.

En esta semana, el Evangelio (Jn. 2,13-25) nos presenta la fuerte actuación de Jesús ante los mercaderes del templo. Así se nos muestra una faceta del Señor en la que se manifiesta enérgico, incómodo y decidido frente a las arbitrariedades cometidas con la casa y las cosas de la Vida y de Dios.

Para el evangelista Juan, la reacción de Jesús frente a los negociantes del templo es diversa, según el tipo de negocio que se haya montado en el templo: 1) a los vendedores de bueyes y ovejas los echó con látigo en mano junto a todo su negocio; 2) a los cambistas les volcó la mesas, y sus monedas rodaron por el suelo; 3) y a los vendedores de palomas les dijo: quiten todo de aquí y no conviertan en un mercado la casa de mi Padre.

Puede que nos dejemos sorprender por la actuación del Señor y no prestemos atención a los matices de su reacción ante los negociantes de las cosas de Dios. Pero no podemos pasar por alto que Jesús, aún en medio de su incomodidad, reacciona de un modo preciso, según sea el tipo de negocio con el que se topó en la Casa de Dios.

Este Evangelio menciona tres tipos de negocios que atentan contra lo que es de Dios: 1) Los vendedores de bueyes y ovejas serían realmente los dueños del negocio, tanto de ayer como de hoy. 2) Los cambistas serían los intermediarios. Y 3) los vendedores de palomas, serían la multitud de pobres, tanto de ayer como de hoy, que gracias a su audacia proliferan por doquier buscando algo para vivir. Pero los actores que no están mencionados en este Evangelio, pero que sin duda los supone, son las autoridades civiles y religiosas que maniobraban tras bastidores para mantener esta relación de negocio con la gente.

Que en época de Jesús el templo se haya convertido en lugar de negocios, nos invita a estar atentos, porque también hoy, nuestros templos o lugares de culto, o las cosas de Dios, la misma comunidad eclesial y la religiosa, pueden convertirse en lugares de negocios, mejor dicho, en el negocio, donde puede que haya dueños, cambistas y los del montón. Con ello estaríamos asfixiando la relación con el Dios que es Padre de todos. Se mataría la relación de hermanos y hermanas en la fe.

Pero también alerta sobre la posibilidad real de pretender apropiarnos de lo que es de todos. El Templo era en tiempos de Jesús, no sólo la Casa de Dios, sino la Casa de todos. Cualquier lugar donde se atienda a las personas es un lugar que a todos compete cuidar, y a ninguno, por mucha autoridad o poder que tenga, le es lícito apropiárselo y mucho menos hacer negocios para beneficio particular.

Que Dios nos dé la gracia de convertir nuestros hogares, trabajos, iglesias, comunidades, en templos santos y vivos, donde la fraternidad y el servicio sean el único negocio que nos preocupe y donde la misericordia ocupe todos los mostradores de nuestra tienda.

Por: P. Gustavo Albarrán, SJ.

 

Cuidar las Cosas de Dios

 No conviertas la casa de Dios en un sutil pero vil mercado: la avidez cuando se adueña de lo más hondo del ser, confunde hasta lo más bello, la bajeza que esconde vivir del puro interés.

No conviertas a tu Dios en un atento pulpero: para pan, ropa y cobija basta la tienda de afuera. Mientras que al cristiano atento y al servidor tesonero le basta la fe sincera.

No conviertas a Jesús en un templo de piedras: su amistad, su cercanía, su delicada insistencia, así como su exigencia, son la ruta que te guían en decidida entrega hasta entrar en su presencia.

Cuando salgas de aquel templo, que de piedras aún conservas, aparecerá el Señor, cambiando todas tus mentiras, miserias y flaquezas, por la convicción serena, compasiva y fraterna, que nacen de la entereza.

(GA)

 

 

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