Transitar con una fuerza espiritual más fuerte que la muerte (Marcos 9, 2-10)

Publicado: Sábado, 24 Febrero 2018
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En la 2ª Semana de Cuaresma la Liturgia nos invita a gustar internamente la fuerza humana y espiritual que ofrece la vivencia de la Transfiguración del Señor. Los evangelistas Marcos, Lucas y Mateo relatan la Transfiguración como una experiencia de transformación personal y comunitaria.

En esta experiencia hay cuatro aspectos que tienen gran implicación para la oración personal y para la vivencia comunitaria de la fe. Estos aspectos son: apartarse para estar con Jesús, abrirse a la gloria de Dios, escuchar a Dios y volver a la cotidianidad de la vida.

Apartarse para estar con Jesús. A Pedro, a Santiago y a Juan los ha convocado el Señor para subir al monte para estar a solas con Él. Dejarse convocar por Jesús es permitirle que entre a nuestra casa, es decir, que entre a mi vida como en propia casa, como dice el Apocalipsis (3,20): Mira que estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo. El camino por el que nos conduce el Señor puede ser de subida (ascenso) o de bajada (descenso), ya que la ruta de Dios es cruz y luz a la vez. Sólo así se fragua la rectitud de las intenciones, la transparencia del afecto o querer y la autenticidad de la actuación.

Abrirse a la gloria de Dios. En la montaña, según este Evangelio (Mc. 9, 2-10), Jesús irradia una luz intensa, una luminosidad que con su esplendor hace que los discípulos vean a Jesús conversando con Moisés y Elías. Junto a Jesús, que es total bondad, aparecen Moisés (la Tradición) y Elías (la Libertad). Esta visión rebasa el imaginario que los discípulos puedan tener de Jesús. Y es que la Gloria de Dios se manifiesta como comunión, que es el horizonte definitivo al que convoca el Señor.

Escuchar a Dios. A los discípulos los cubrió una sombra de nube que les hizo oír: Este es mi Hijo amado, escúchenlo. Pero ya no vieron a nadie más, sino a Jesús que estaba solo con ellos. Y es que Dios no se deja atrapar. Cuando Dios habla, solamente podemos ver a Jesús que es su Palabra viva. Si lo escuchamos, aprenderemos de Él la forma y modo habitual de encontrarnos con las personas, con el mundo y con el mismo Dios. Jesús será para siempre el reflejo de la presencia vivificadora de Dios en nuestra existencia.

Volver de la montaña de Dios a la cotidianidad de la vida. Al bajar de la montaña, Jesús pidió a sus amigos contar lo vivido cuando Él volviera de la muerte. Y es que el encuentro con Dios no es para huir o apartarnos de la vida, sino para bajar y sumergirnos más y mejor en ella. Bajar de la montaña de Dios, es ponernos en situación de apuesta, de búsqueda y de esperanza.

Que la experiencia de la Transfiguración del Señor nos ayude a ponernos en las manos de Dios, a encontrarnos cara a cara con Jesús y a escuchar su Palabra, para que transitemos del miedo a la calma, de la soledad a la compañía, del dominio a la libertad, del desasosiego a la confianza. Porque la Transfiguración del Señor trae consigo una fuerza humana y espiritual que es más fuerte que la muerte.

Por: P. Gustavo Albarrán, SJ

 

Razón de Vivir

Para decidir si sigo poniendo esta sangre en tierra, este corazón que bate su lucha en sombra y tiniebla. Para continuar caminando al sol por todo desierto, para recalcar que estoy vivo en medio de tantos muertos. Para decidir, para continuar, para recalcar y considerar, sólo hace falta que estés aquí con tus ojos claros.

Para aligerar aquel duro peso de nuestros días, esa soledad que llevamos todos y marca la vida. Para descartar esta sensación de perderlo todo, para analizar por dónde seguir y elegir el modo. Para aligerar, para descartar, para analizar y considerar, sólo hace falta que estés aquí con tus ojos claros.

Para combinar lo bello y la luz sin perder distancia, para estar con vos sin perder el ángel de la nostalgia. Para descubrir que la vida va sin pedirnos nada, y considerar que todo es hermoso y no cuesta nada. Para combinar, para estar con vos, para descubrir y considerar, sólo hace falta que estés aquí con tus ojos claros.

(Cf. Canción de Víctor Heredia)

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