Transcripción oficial de las conversaciones del Papa Francisco con jesuitas de Chile y Perú

Publicado el lunes 19 de febrero a las 15:14
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El P. Antonio Spadaro SJ, director de la revista La Civiltà Cattolica, ha presentado la transcripción oficial de las conversaciones que sostuvo el Papa Francisco con los jesuitas de Chile y Perú, en su visita a estos dos países el pasado mes de enero. 

El texto ha sido aprobado por el mismo Pontífice y publicado el 15 de febrero, en La Civiltà Cattolica Iberoamericana:

 

El pasado mes de enero, durante su viaje apostólico a Chile y Perú, el papa Francisco se reunió con jesuitas en ambos países un encuentro familiar y cálido. De estas conversaciones, se extraen algunas de las reflexiones y declaraciones del papa Francisco.

A la pregunta de cuáles habían sido las grandes alegrías o dolores durante su pontificado, el papa Francisco respondió que desde el momento en que se dio cuenta que iba a ser elegido Papa, sintió mucha paz. Una paz que no se le ha ido hasta la actualidad y que siente como un regalo puro. También expresó que no se puede hablar de resistencias durante su pontificado, sino de reacciones que nacen de malentendidos y que le enseñan a examinar mejor el significado de las disputas. Habló de la importancia de acercar la Iglesia a la gente, de crear vínculos cercanos a las personas y del peligro de la mundanidad, el peor mal que le puede suceder a la Iglesia, así como de la importancia de aprender a descubrir los engaños del mundo.

El papa remarcó la ayuda de la Compañía durante su pontificado, una relación basada en una colaboración eclesial, dentro del espíritu eclesial. Diferenció, además, los conceptos de obras e instituciones y expresó su opinión acerca del concepto de «reconciliación», una palabra que ha perdido todo su significado.

Otros de los temas a tratar fue el de los abusos sexuales que, en palabras del papa es “la desolación más grande que está pasando la Iglesia”. Lo que la Iglesia pide a la Compañía es enseñar con humildad a discernir. Un pueblo que fue capaz de ser creativo en la piedad popular.

Al final del encuentro el Papa regaló a los jesuitas una cruz de plata realizada en 1981.

 

Papa Francisco en Chile:

El martes 16 de enero de 2018, al final del primer día pleno de su viaje apostólico a Chile y Perú, el papa Francisco tuvo un encuentro con 90 jesuitas chilenos en el Centro Hurtado de Santiago sobre las 19.00 hs. Al llegar al lugar pudo ver la reproducción de la camioneta verde, marca Ford, con la que san Alberto llevaba ayuda a los pobres de la ciudad: un verdadero símbolo de pasión apostólica. El Papa fue acompañado por el Provincial, P. Cristian del Campo, a la capilla en la que se conservan los restos del jesuita san Alberto Hurtado.[1] Inaugurado en 1995, el santuario custodia la tumba del santo, un sarcófago en piedra que contiene terrones originarios de cada región de Chile que simbolizan el abrazo de todos los fieles del país.

El P. Provincial saludó al Papa en nombre de todos los jesuitas —entre los cuales se hacían notar muchos jóvenes— y le preguntó cómo se encontraba en Chile y cómo había percibido la acogida en el país. El encuentro se hizo inmediatamente muy familiar y cálido. El P. Del Campo le presentó al Papa a los pp. Carlos y José Aldunate, dos hermanos de 101 y 100 años, respectivamente.

Sigue el texto de la conversación transcrito y aprobado en esta forma para su publicación por el mismo Pontífice.

Antonio Spadaro S.J.

 

Francisco comenzó con estas palabras:

¡Me alegra ver al padre Carlos! Fue mi director espiritual en el año 1960 durante mi juniorado. José era el maestro de novicios en aquella época, después lo hicieron provincial… Carlos era bedel y era… el rey del sentido común. Aconsejaba espiritualmente con mucho sentido común. Una vez, me acuerdo que fui a verlo porque estaba con mucha rabia contra una persona. Quería decirle cuatro frescas, decirle esto no va, vos sos esto y esto… Él me dijo: «Tranquilo… No conviene romper armas de entrada. Busque otros caminos…». Ese consejo no lo olvidé nunca y le agradezco ahora por esto. Sí. En Chile me sentí bien enseguida. Llegué ayer. Durante el día de hoy he sido muy bien recibido. He visto muchos gestos de gran afecto. Ahora, pregunten lo que quieran.

Se adelanta un jesuita: «Quisiera preguntarle cuáles han sido las grandes alegrías y los grandes dolores que ha tenido Ud. durante su pontificado».

Ha sido un tiempo tranquilo este del pontificado. Desde el momento en que en el Cónclave me di cuenta de lo que se venía —una cosa de golpe, sorpresiva para mí—, sentí mucha paz. Y esa paz no me dejó hasta el día de hoy. Es un don del Señor que le agradezco. Y de verdad espero que no me lo saque. Es una paz que siento como regalo puro, un regalo puro. Las cosas que no me quitan la paz, pero sí me dan pena, son los chismes. A mí los chismes me duelen, me ponen triste. Sucede a menudo en los mundos cerrados. Cuando esto se da en un contexto de sacerdotes o religiosos me viene preguntar a las personas: ¿pero cómo es posible? Vos que dejaste todo, decidiste no tener al lado a una mujer, no te casaste, no tuviste hijos, ¿querés terminar como un solterón chismoso? ¡Qué vida triste, Dios mío!

Un jesuita de la Provincia argentino-uruguaya pregunta: «¿Qué resistencias has encontrado durante tu pontificado y cómo las has vivido y discernido?»

Nunca, frente a la dificultad nunca digo que es una «resistencia». Eso sería faltar al deber de discernir. Es fácil decir «es resistencia» y no darse cuenta de que en esa disputa puede haber aunque sea un poquito así de verdad. Y yo me hago ayudar con eso. A menudo pregunto a una persona: «¿qué piensa de esto?». Esto me ayuda también a relativizar muchas cosas que, a primera vista parecen resistencia, pero que en realidad son una reacción que nace de un malentendido, del hecho de que algunas cosas hay que repetirlas, explicarlas mejor… Puede ser un defecto mío el hecho de que a veces doy por sentadas algunas cosas o pego un salto lógico sin explicar bien el proceso porque estoy convencido de que el otro entendió al vuelo el razonamiento que hago. Me doy cuenta que si vuelvo atrás y explico mejor entonces ahí el otro dice: «Ah, sí, está bien…»

O sea, me ayuda mucho examinar bien el significado de las disputas.

Ahora, cuando me doy cuenta de que hay verdadera resistencia, la sufro. Algunos me dicen que es normal que haya resistencias cuando alguno quiere hacer cambios. El famoso «siempre se hizo así» reina en todas partes: «Si siempre se hizo así, para qué vamos a cambiar? Si las cosas son así, si siempre se hizo así para qué hacerlas de manera diversa?». Esta es una tentación grande que todos hemos vivido. Por ejemplo, todos las vivimos en el posconcilio. Las resistencias después del  Concilio Vaticano II, que todavía están presentes, y llevan a relativizar el  Concilio, aguar el  Concilio. Y me me duele más todavía cuando alguno se enrola en una campaña de resistencia. Lamentablemente veo esto también. Vos me preguntaste por las resistencias, y no puedo negar que están. Las veo y las conozco.

Después están las resistencias doctrinales, que ustedes las conocen mejor que yo. Por salud mental yo no leo los sitios de internet de esta así llamada «resistencia». Sé quiénes son, conozco los grupos, pero no los leo, simplemente por salud mental. Si hay algo muy serio, me lo avisan para que yo sepa. Ustedes los conocen… Es una pena, pero creo que hay que seguir adelante. Los historiadores dicen que para que un concilio arraigue hace falta un siglo. Estamos a mitad de camino.

A veces uno se pregunta: pero este hombre, esta mujer, ¿leyó el Concilio? Y hay gente que no leyó el Concilio. Y si lo leyó, no lo entendió. ¡Cincuenta años después! Nosotros estudiamos filosofía antes del Concilio, pero tuvimos la ventaja de estudiar teología después. Vivimos el cambio de perspectiva, y ya estaban los documentos conciliares.

Cuando percibo resistencias, trato de dialogar, cuando el diálogo es posible, pero algunas resistencias vienen de personas que creen poseer la vera doctrina y te acusan de hereje. Cuando en estas personas, por lo que dicen o escriben, no encuentro bondad espiritual, yo simplemente rezo por ellos. Siento pena, pero no me detengo en este sentimiento por salud mental.

Sigue la pregunta de un novicio: «Muchos están de acuerdo en identificar la Iglesia con los obispos y los sacerdotes, y son muy críticos con algunos de ellos por cómo viven la pobreza, por la restricción a la participación de las mujeres y el espacio limitado que se da a las minorías… Frente a esta opinión ¿qué nos propone para acercar a la iglesia jerárquica, de la cual somos parte, a la gente común y corriente?»

Lo que yo pienso respecto de la relación entre obispo y pueblo de Dios, se la acabo de decir a los obispos. Así que lo que pienso yo acerca de los obispos está en ese discurso, muy breve, ya que tuvimos dos encuentros largos el año pasado en la visita ad límina. El daño más grande que pueda sufrir hoy en día Iglesia en América Latina es el clericalismo, es decir no caer en la cuenta de que la Iglesia es todo el santo pueblo fiel de Dios, que es infalible in credendo, todos juntos. Hablo de América Latina porque es lo que conozco mejor. Hace un tiempo escribí una carta a la Pontificia Comisión para América Latina, y hoy volví sobre el tema. Hay que caer en la cuenta de que la gracia de la misionariedad tiene que ver con el bautismo, no con el orden sagrado ni con los votos religiosos.

Consuela ver que hay muchos sacerdotes, religiosos, religiosas, que se juegan enteros con la opción conciliar de ponerse al servicio del pueblo de Dios. Y eso hay que tenerlo en cuenta. Pero en algunos todavía están vigentes comportamientos de tipo principesco. Se debe dar al pueblo de Dios el lugar que le corresponde.

Y podemos pensar lo mismo respecto del tema de la mujer. Tuve una experiencia particular como obispo de una diócesis: había que tratar cierto tema, y se hacía una consulta —por supuesto solo entre curas y obispos— y habíamos hecho una reflexión que nos llevaba a una serie de puntos sobre los que había que tomar una decisión. La misma cosa, tratada en una reunión conjunta de hombres y mujeres, llevó a conclusiones mucho más ricas, mucho más viables, mucho más fecundas. Es una simple experiencia que me viene ahora a la mente y que me hace reflexionar. La mujer debe dar a la Iglesia toda aquella riqueza que von Balthasar llamaba «la dimensión mariana». Sin esta dimensión la Iglesia queda renga o tiene que usar muletas y entonces camina mal. Creo que en esto hay mucho que andar. Y repito, como les dije hoy a los obispos: «desprincipiar», estar cercanos a la gente…

Para leer el texto completo, haz clic aquí.

 

 

Fuente: La Civiltà Cattolica Iberoamericana.

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