En busca del medio ambiente y la justicia económica en la Pan-Amazonia

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Compartimos el escrito del P. Alfredo Ferro SJ, Coordinador del Servicio Jesuita a la Panamazonia (SJPAM) de la Conferencia de Provinciales Jesuitas en América Latina y el Caribe (CPAL), publicado en la revista digital de EcoJesuit:

La Pan-Amazonia es un territorio que engloba zonas de nueve países con siete millones de kilómetros cuadrados y abarca un tercio de toda Suramérica, el cual está siendo profundamente afectado por: la búsqueda de gas y petróleo, la tala ilegal, la rápida expansión de la ganadería y la agricultura, la acción de estas actividades de extracción imperativa y descontrolada de recursos naturales.  El futuro del planeta depende bastante de la cuenca del Amazonas.  El futuro de todos los seres humanos, también depende de que cuidemos estos espacios vivos, de estos bosques, de estas aguas, pero sobre todo, de la riqueza y el conocimiento de sus pueblos.

A lo largo de las últimas décadas, se han dado una serie de transformaciones en el territorio a causa de actividades productivas.  En 1890, se dio la extracción de caucho y en la década de 1940, un segundo boom de esta materia prima; en 1960, la fascinación por las pieles y las plantas; en 1970, el auge de la madera; entre los años 80 y 90, la coca y el narcotráfico y, finalmente, desde 2008 hasta hoy, se intensifica el modelo económico extractivista, caracterizado por la industrialización con obras de infraestructura (hidroeléctricas, carreteras, puertos, etc) y la extracción de oro y minerales, como la pesca ilegal, que está contaminando el medio ambiente y alterando la salud de las poblaciones.

La intensidad de los proyectos económicos que actualmente se vive en la Amazonía amenaza, seriamente, la vida de sus pobladores.  A su vez, constatamos en los últimos años, una acción sistemática, organizada y estructurada, de desmonte de los derechos humanos fundamentales de los pueblos de la Amazonía y particularmente del derecho a la tierra.

La vida y los territorios de los pobladores de la Amazonia y específicamente de los pueblos indígenas están siendo hoy gravemente afectados por el modelo económico y de desarrollo que se impone sobre la Amazonía.  Un modelo que se asienta en la sobreexplotación de los bienes naturales de la región, para incorporarlos a la lógica productivista y de consumo de los principales centros económicos del mundo.

Esta explotación cada vez más intensa y acelerada de la floresta, el agua y la tierra solo es posible despojando a los pueblos de su vínculo con los territorios, dejándolos libres para el control de grandes empresas y grupos económicos.  La actuación de los Estados, principales responsables por el cuidado del bien común, se direcciona la mayor parte de las veces a facilitar esta lógica de acumulación y explotación, con visiones muy cortoplacistas y coloniales del desarrollo, contribuyendo a una situación de permanente violación de derechos humanos fundamentales.

Desde 1994 se llevaban adelante algunos tratados en el marco de la Alianza de Libre Comercio de las Américas (ALCA), que darían la base para lo que más tarde propuso el presidente FHC del Brasil, que acabó configurándose en el 2000, con el nombre de Iniciativa de Integración Regional Sudamericana (IIRSA).  El objetivo de la IRSA, es el de ejecutar los proyectos materiales (carreteras, represas, centrales hidroeléctricas, puertos, aeropuertos, comunicaciones) complementarios al plan de ajuste estructural según las normas del Consenso de Washington, que se hacían necesarios para una nueva fase de acumulación de capital.

La Amazonia tiende a ser vista como “naturaleza,” “reserva de recursos,” “fuente inagotable” o incluso “vacío demográfico,” – ideas que acaban siendo asumidas por las clases dominantes nacionales en sus relaciones de integración subordinada o “servidumbre voluntaria” y la creciente importancia de China en el escenario económico mundial, abre una nueva brecha en las relaciones exteriores de los países del continente americano, brecha que no se ofrecía en la geografía política mundial desde fines de la Guerra Fría.

Las oportunidades de negocios con Asia, sobre todo con China, principal importador de commodities del mundo, darían lugar a la expansión del capital en el ámbito de los agronegocios (soja, maíz, carnes, eucaliptus), las compañías mineras y las grandes empresas de ingeniería y construcción civil (carreteras, centrales eléctricas, puertos, etc.), fundamentales para la generación de la infraestructura que los otros sectores necesitaban.

Nos encontramos así, ante una profunda reconfiguración geográfica regional, continental y global, con la apertura de una nueva fase de acumulación de capital y nuevas alianzas.  Y son enormes las implicaciones concretas de este nuevo megaproyecto de megaproyectos para la Amazonia, sobre todo, en relación con el cambio de escala que representan.

El acceso a la tierra, el agua, los minerales del subsuelo, el petróleo y el gas entran en una disputa entre sectores de poder desigual.  Si desde las décadas de 1960 y 1970 podemos hablar ya de una fase inicial de megaproyectos para la Amazonia, ahora nos encontramos ante un megaproyecto que aglutina y estructura varios megaproyectos.

Los megaproyectos extractivos y de infraestructura forman parte de otro modo de adaptación humana: la industrialización.  Los megaproyectos requieren grandes cantidades de energía, dependen de millares de personas para su construcción, reciben altas cantidades de capital financiero y tecnológico y transforman el paisaje forestal y los flujos hidrológicos donde se localizan.

Mapa histórico de 1707, primer mapa de la Amazonia por Samuel Fritz SJ

En suma, los megaproyectos transforman el modo de adaptación a la floresta, cambio que resulta ser particularmente brusco en áreas rurales donde las formas tradicionales de adaptación siguen estando vigentes.  En el caso de los megaproyectos amazónicos, estamos frente a procesos extremadamente veloces de industrialización en los cuales áreas rurales se transforman en áreas urbanizadas en el lapso de pocos años.

Frenta a esta propuesta de “desarrollo,” constatamos que en general, no se consulta a los pueblos locales antes de la instalación del megaproyecto sobre la “industrialización” de sus territorios y el cambio en su modo de adaptación.  Por eso, son procesos forzosos de industrialización de la selva.

La magnitud del impacto social y ambiental generado por ese modelo de desarrollo, es de un nivel cualitativamente superior debido al tamaño y la amplitud geográfica de los proyectos, el número de obras llevadas a cabo simultáneamente y la cantidad de capital inyectado en ellas.

Así, la Amazonia se ve involucrado en una dinámica ideada para integrar al subcontinente en el mercado global a través de un rediseño geográfico de gran magnitud o de una expansión espacial, por ello, la Amazonia cobra una relevancia particular, no solo para los pueblos que la habitan, sino para todo el planeta y la humanidad.

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Fuente: Ecojesuit

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