Fijar la mirada y el corazón en Dios (Juan 1, 35-42)

Publicado el domingo 14 de enero a las 06:00
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Estamos comenzando la primera parte del Tiempo Ordinario y la Liturgia nos presenta para esta semana la experiencia del seguimiento a Jesús según el Evangelista Juan. Conviene advertir que, según Juan, el seguimiento tiene unas notas muy precisas, porque nos muestra el tipo de amistad que el Señor tiene o quiere tener con todo hombre o mujer que se disponga a seguirlo.

El Evangelio (1,35‑42) describe en la persona del Bautista, la principal actitud del que está atento al paso de Dios y a sus señales, que no es otra que tener la mirada fija y el corazón atento para encontrar al Cordero y Mesías de Dios. Y así, esta mirada y este afecto se convierten en pauta para el itinerario de seguimiento al Señor.

El Bautista ha quedado cautivado por Jesús. El título de Cordero de Dios que le asigna a Jesús, sólo puede tenerlo el hombre obediente a Dios y por eso es siervo, el puro y por eso inocente, el bueno y por eso desbarata la maldad. Para Juan Bautista, Jesús es hombre de Dios y hombre de mundo. De ahí que lo presente a sus amigos como ruta abierta que provoca seguimiento, que provoca amistad y que despierta ideales.

Para los creyentes de hoy es muy importante que aprendamos, como el Bautista, a poner nuestra mira fija en el Cordero de Dios, y que seamos capaces de ayudar a que las personas entren en contacto directo con el Señor, con lo bueno, con lo que da sentido a la vida. Más aún, no tiene sentido ser cristiano ni hacer nada en nombre de lo cristiano, si no nos convertimos en puente de encuentro con Dios.

Cuando los discípulos de Juan Bautista se pusieron en camino tras Jesús, Él les preguntó: ¿qué están buscando? Y no podía ser de otra manera, porque el Señor no quiere séquitos, ni aduladores, ni amigos que le hagan el juego. Sino que quiere amigos y amigas en la fe. Quiere la compañía de hombres y mujeres que estén junto a Él de igual a igual, pero no detrás ni debajo de Él. Hombres y mujeres que codo a codo hagan su ruta, compartan sus desvelos y sus alegrías.

Ir a ver dónde vive el Maestro, es entrar en el mundo de Dios para saber actuar en el mundo de la vida: viviendo de una amistad e intimidad que surgen del encuentro, dialogando tú a tú, deliberando sin tapujos las cosas del cielo, porque se llevan en el alma las cosas de la tierra. Entrar en la dinámica del Cordero de Dios y del Mesías de Dios, significa querer vivir abierto al mundo, abierto a los demás, incluso a los que no se quiere o no se conocen.

El que quiera fijar la mirada en el Cordero y Mesías de Dios, ha de arriesgarse a un amor capaz de saldar el déficit del desamor. Ha de tener la osadía para arriesgarse a trabajar por arrancar de raíz el mal del mundo. Quien quiera quedarse a vivir con el Señor, es que ya está experimentando que todo lo humano y todos los humanos encuentran eco en su corazón.

Por: P. Gustavo Albarrán SJ.

 

Estar en tu Casa

 Si me invitas a ver dónde es tu casa, lo más importante no son los proyectos que tienes para mí, sino que me invitas a caminar contigo hacia el futuro (Mc 1,17).

Si me llevas a tu casa, lo más importante no es que crea que te busco, sino que me sienta llamado y buscado por Ti en todas partes. (Gn. 3,9).

Si me arriesgo a seguirte hasta tu casa, lo más importante no es los nombres que te han dado, sino que Tú tienes el mío tatuado en la palma de tu mano (Is. 49,16).

Si entro para quedarme en tu casa, lo más importante no es que llene todo espacio con mi palabra, sino que deje hablar tu voz que gime en lo más profundo de mi alma. (Rm. 8,26).

Si tu casa se ha convertido en casa de amigos, lo más importante no es que yo hable de Ti con palabras sabias, sino que deje trasparentar las marcas de tu cuerpo en mi existencia. (2 Cor 4,10).

Si en tu casa he aprendido a estar en propia casa, lo más importante no es que yo compita contigo en el amor, sino que comparta con gozo tanto amor que Tú me ofreces. (Jn 13,1).

Si tu casa es la casa de la luz, lo más importante no es que yo alumbre como lámpara, sino que deje arder el fuego de tu Palabra que enciende mis huesos y me lanza. (Jr. 20,9).

(Cf. Salmo “Lo más Importante” – Jesuitas España)

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