Encarnado en tu encarnación (Lucas 1, 26-38)

Publicado: Sábado, 23 Diciembre 2017
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Estamos ya en la cuarta y última semana de Adviento y la Liturgia nos presenta la Encarnación de Jesús, invitándonos a ubicarnos ante la sencillez propia de la manifestación de Dios en contraste con aquellas manifestaciones espectaculares y pomposas, propias de quienes buscan grandeza.

El relato de la anunciación (Lc. 1, 26-38) es tan sencillo que se convierte en un auténtico cuadro o marco de fe. Tiene por escena central el encuentro directo entre el Ángel y María, a diferencia de los encuentros complicados de los sabios o de las personas influyentes. Su contexto es la ciudad marginal y sin renombre que es Nazaret de Galilea, en contraposición a la gran Jerusalén. Su telón de fondo lo constituyen tres realidades complejas: una, María está desposada con José, que pertenece a la estirpe de David, la cual tuvo pasado glorioso pero venida a menos; otra, María es parienta de Isabel, mujer que en su avanzada edad y esterilidad está en el 6º mes de embarazo; y por último, María queda embarazada antes de vivir con su esposo.

La luz de este cuatro tan sencillo y a la vez difícil, queda iluminado por la voz de Dios que dice: no tengas miedo; alégrate llena de gracia, el Señor está contigo; de ti nacerá Jesús; será grande y lo llamarán Hijo del Altísimo; recibirá el trono de David, su padre; su reino no conocerá el ocaso. Una luz que comienza a resplandecer bajo el cobijo del Espíritu Santo, y que pone claridad en las tinieblas de la existencia.

Así como el cuadro de la Encarnación, son también los cuadros o las escenas en las que vivenciamos nuestra fe. Porque, cuando Dios se encuentra con nosotros, cuando Él se revela y experimentamos su presencia, lo que aparece es su sencillez y la nuestra. A Dios le gusta hacer planear lo divino sobre la pobreza y miseria real de nuestras historias personales.

Ante la Encarnación de Dios tan próxima, estamos invitados a que resuenen en nosotros con mucha fuerza las palabras del ángel: No temas, porque has hallado gracia ante Dios. Por eso, no temas al Señor Jesús que quiere encarnarse en ti, haciendo simple y sencillo lo que se muestra complejo y difícil. No temas, sino que, atrévete a construir espacios y lugares fraternos, vivificadores, llenos de confianza, y si fuera necesario, atrévete a comenzar de nuevo.

No temas responder SÍ a Dios, como María, para que el Espíritu Santo te cubra con su fuerza que limpia pasados, te arrope con su luz que disipa tinieblas, te llene con su esperanza que rehace modos de proceder, y te identifiques con la humanidad de Cristo en la que puedes experimentar que para Dios todo es posible.

Para todos deseamos una Navidad que abra camino a la Verdadera Esperanza.

Por: P. Gustavo Albarrán, SJ.

 

Fuego en el Mundo

 Está hecho. El fuego ha penetrado una vez más en la tierra. No ha caído ruidosamente sobre las cimas, como el rayo y su estallido. ¿El Dueño fuerza las puertas para entrar en su casa?

La llama lo ha iluminado todo sin sacudidas, sin estruendos, desde dentro. Desde lo más pequeño hasta lo más grande del universo, ha quedado invadido por tu llama, de tal forma que podría creerse que el mundo se ha inflamado espontáneamente.

En la nueva Humanidad que se está engendrado hoy, el mundo ha cambiado sin estremecimiento. Nada ha cambiado, en apariencia, en esta poderosa transformación. Y, sin embargo, al contacto de la Palabra, todas las cosas se han convertido, misteriosa y realmente, en Cristo. Desde ahora, todo se ha encarnado, ¡Dios mío, en tu Encarnación!

Haz, Señor, que tu descenso a este mundo no sea para mí estimado y acariciado como el fruto de una especulación de mi mente ni como desenfreno de mi corazón, sino que se convierta verdaderamente en una presencia real. ¡Haz, Señor, que crea!

(Cf. Teilhard de Chardin)

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