La Sagrada Familia de Nazaret: Familia que abre a la luz y a la solidaridad (Lucas 2, 22-40)

Publicado: Sábado, 30 Diciembre 2017
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Estamos celebrando la festividad de la Sagrada Familia. Una fiesta antigua, pero introducida oficialmente en la Liturgia Católica en 1893 por el papa León XIII, para que las familias tuvieran un referente que les ayudara a afrontar la desintegración familiar y la pérdida de sentido y valores ocasionados por las grandes transformaciones sociales y económicas de la época.

El evangelista Lucas (2,22-40) muestra a María y a José que van a Jerusalén para realizar en el templo los rituales propios de su cultura con los que se consagra un hijo a Dios con pocos días de nacido. Todo parecía transcurrir normalmente, hasta que dos personajes ancianos y de procedencia humilde (Simeón y Ana) se dieron cuenta que algo especial sucedía y comenzaron a alabar a Dios por haber visto a Jesús, el Salvador.

Simeón y Ana son gente de fe, de corazón abierto, de mente lúcida, con espíritu, como tanta gente buena que sabe reconocer cuando Dios está actuando en la vida, en la realidad, en las personas. Simeón, con la fuerza propia de la gente que tiene a Dios por dentro, dice que Jesús hará quedar al descubierto las intenciones del corazón.

Jesús es llevado de niño al templo, es decir, a la vida, para ser luz que aclara la ruta, candela que acrisola los razonamientos, fuego que purifica las intenciones, llama que inflama la actuación. La fuerza y la vitalidad que brotan de este hijo conmueven al viejo Simeón y con toda la fuerza de su corazón exclama que ya puede morir en paz porque sus ojos han visto la salvación.

A partir de la Presentación del Señor en el templo podemos preguntarnos ¿qué misterio encierra la vida de cada niño/a, adolescente, joven? ¿Cómo cuidamos y acompañamos el desarrollo de su vitalidad, esperanza, alegría, futuro? ¿Acaso puede alguien desentenderse de su desdicha y seguir sonriendo como si nada sucediera?

No podemos desentendernos de las realidades que hoy afectan a la familia. Muchas se hunden ante las problemáticas. Por eso hoy es el tiempo, no para hacer teorías, sino para despertar nuestra solidaridad con aquellas personas, especialmente niños, los más indefensos, que necesitan apoyo, respeto y ayuda efectiva y no con lo que nos sobra sino con lo que pueda cambiar la tristeza, la incertidumbre, la indefensión, el hambre, la soledad.

La familia de Jesús se arraigó en Nazaret. Nazaret era un pueblito muy pequeño, sin renombre. Decir “nazareno” equivalía a decir “un nadie”. También, Nazareno evoca el voto “nazareo” (Num. 6): un “nazareo” es una persona sagrada. Ambos calificativos se aplican perfectamente a Jesús: el nadie que nos devolvió el pleno sentido a nuestra vida y el sagrado que se manchó con todo tipo de manchas para devolvernos la libertad y la dignidad humana.

El arraigo en Nazaret dio a Jesús una fisonomía propia: El Nazareno. La familia de Nazaret, mejor dicho, la escuela de Nazaret, nos entregó a un Jesús amigo, sencillo, cercano, familiar y, no pocas veces, exigente. Nos dio a un Nazareno que se atrevió a mostrarnos “el modo humano de Dios” y nos invitó a vivir sin miedo “el modo divino que llevamos dentro los humanos”.

Que la celebración de la Sagrada Familia nos haga más familia, más hermanos, solidarios, y dispuestos a parecernos a Jesús de Nazaret.

Para todos deseamos un Año Nuevo lleno de dignidad, vida, solidaridad y esperanza.

 

Por: P. Gustavo Albarrán, SJ.

 

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