Convertirme en testigo de la Luz que es Jesús (Juan 1, 6-8.19-28)

Publicado el domingo 17 de diciembre a las 04:00
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Llegamos a la tercera semana de Adviento. La primera semana nos planteó la necesidad de estar en alerta permanente al tiempo de la vida y al tiempo de Dios, y la segunda, nos invitó a experimentar el arrepentimiento que permite comenzar a fundar la propia vida en Jesucristo.

En esta semana, la liturgia nos convoca a vivir como testigos de Dios: testigo de la Luz. Pero, al presentarnos al gran testigo que es Juan Bautista, hace que nos preguntemos sinceramente: ¿qué puedo y qué no como testigo de Dios?

El Evangelio de Juan (1, 6-8.19-28) es muy claro y directo. Así como realza la misión y el modo de ser testigo, también coloca en su justo sitio esta misión para que nadie confunda testimoniar con acaparar el Evangelio. Por eso nos hace una triple advertencia: Una, que el testigo no es la Luz puesto que no es el Mesías; otra, que no es la Verdad ya que no es Elías; y tercera, que tampoco es, ni puede adueñarse de la Justicia, porque el testigo no es el Profeta.

El testigo personifica, como el Bautista, la voz que grita en el desierto: enderecen el camino del Señor. El testigo es un abridor de caminos, un cooperador viviente que deja traslucir en su propia vida la Luz de Dios, la Verdad de Dios y la Justicia de Dios. Es un provocador de la fe, cuando permite que la Luz y la Palabra actúen a través de su persona.

También nuestro testimonio ha de realizarse mediante palabras y hechos concretos que muestren al que es la plena iluminación: Jesucristo. Y para lograrlo, el Evangelio nos pedirá que hagamos espacio al Dios encarnado, como lo hizo el Bautista, sin desvirtuar la Buena Nueva y sin hacernos propaganda a nosotros mismos. Pero además, nos pedirá que sepamos apartarnos para no estorbar al encuentro que se da entre Dios y cada persona.

El testigo que inaugura caminos y sabe apartarse para dar lugar a Dios, está abierto a la auténtica alegría, ha experimentado los efectos de la Luz en su propia vida. Esa Luz que da sentido a la existencia, que transfigura las tinieblas y que hace surgir la paz por la práctica de la justicia y del amor fraterno. 

El tipo de testimonio practicado por el Bautista habla también de un mayor nivel de testigo: “reconocer que no se es digno de desatar las correas de las sandalias del Señor”. Algo así como una oblación de mayor estima y mayor momento que nos coloca cara a cara con la humildad y la sencillez. Una oblación u ofrenda personal que sólo nace de saberse pecador perdonado, amado, llamado y enviado.

Que nos atrevamos a experimentar la fuerza transformadora que surge de la Luz de Jesús, para que nos convirtamos en interlocutores dispuestos a dialogar con Él, con las personas, con el mundo y para que comuniquemos esta fe con libertad y generosidad.

 

Por: Gustavo Albarrán, SJ

 

La Luz de Dios

 Qué ciego es el mundo, Padre. Qué ciegos los hombres son. Piensan, padre, que no existe, más luz que la luz del sol.

Al cruzar por los caminos, cuando por las calles voy, oigo que hombres y mujeres, tienen de mí compasión. Que juntándose uno a otro, dicen bajando la voz: ¡Pobre ciego, que no ve la luz del sol!

Mas yo no soy ciego, Padre. No soy ciego, Padre, no. Hay en mí una luz divina que brilla en mi corazón. El sol que a mí me ilumina es de eterno resplandor. Mis ojos, padre, son ciegos. Pero mi espíritu, no.

Cristo es mi Luz, es mi día, que me da brillo y color. No se apaga en la noche, ni en el sombrío crespón. Tal vez por eso no hiere el mundo mi corazón; cuando dicen: ¡pobre ciego, que no ve la luz del sol!

Hay muchos que ven el cielo y el transparente color, de las nubes, de los mares, la perpetua agitación. Pero sus ojos no alcanzan a descubrir al Señor, que tiene a leyes eternas sujeta la creación.

No veo lo que ellos ven, ni ellos lo que veo yo. Ellos ven la luz del mundo. Yo veo la luz de Dios. Y cuando ellos murmuran: ¡pobre ciego! Digo yo: ¡Pobres ciegos que no ven, más luz que la luz del sol!

(Autor Anónimo)

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