Prepararme para la venida de Dios (Marcos 1, 1-8)

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Estamos en la segunda semana de Adviento y la Liturgia nos invita a preparar el camino a la Salvación afianzándonos en la buena noticia de Dios que es Jesucristo. Para realizar esta ruta, el evangelio (Mc. 1,1-8) nos presenta a Juan Bautista como el guía que nos orientará al encuentro con Dios.

La figura viva y austera del Bautista, cautiva. Él propone un modo de ser desprendido de privilegios, de ropajes, de razonamientos retorcidos. Nos invita al encuentro directo y sencillo. Despierta el deseo de autenticidad. Por eso nos mueve a sumergirnos bien adentro de nosotros mismos para que salga a flote la mayor bondad y la mejor verdad que alberga nuestra vida interior.

El Bautista es la voz de Dios en medio del desierto que invita al arrepentimiento. El desierto se convierte así en lugar de Dios. En lugar para gustar internamente su Palabra. Haría falta sacar tiempo en medio de la cotidianidad para hacerle espacio a Dios en nuestras vidas.

El desierto es también lugar para la transformación y para rehacerlo todo, especialmente cuando se derrumba la esperanza y cuando la vida parece perderse. Porque el desierto nos deja en la intemperie, colocándonos en la dirección de lo que realmente colma de sentido la existencia. Y esto nos dispone a considerar lo mejor de nosotros mismos y de los demás. Nos dispone a mirar la realidad y la vida con ojos nuevos. Nos abre al arrepentimiento.

El arrepentimiento requiere una actitud y unas obras que demuestren el nuevo rumbo que se ha tomado en la vida. Pero desvirtuaríamos el Evangelio, si consideráramos el arrepentimiento como un asunto privado, sin un cambio que implique el compromiso por el bienestar de los demás.

Para Juan Bautista, el arrepentimiento coloca en la dirección del Bautismo con Espíritu Santo que practicará Jesús. Un bautismo que convierte en personas nuevas, transformadas desde lo más íntimo de cada quien. Personas liberadas para planos superiores de generosidad y para una estrecha relación de solidaridad con los demás por la fraternidad y la comunión.

Este evangelio nos está convocando a la audacia de fundar la propia vida en Jesucristo. Que no tengamos miedo a limpiar el alma, a ennoblecer el corazón, a ablandar la dureza de la mente y a encaminarnos hacia la Salvación.

Por: Gustavo Albarrán, SJ

 

 

¿Qué Quiero, Jesús?

 ¿Qué quiero, mi Jesús?… Quiero quererte,
quiero cuanto hay en mí del todo darte,
sin tener más placer que el agradarte,
sin tener más temor que el ofenderte.

Quiero olvidarlo todo y conocerte,
quiero dejarlo todo por buscarte,
quiero perderlo todo por hallarte,
quiero ignorarlo todo por saberte.

Quiero, amable Jesús, en Ti abismarme,
seguir la fuerza que brota de tu herida,
y en sus divinas llamas abrasarme.

Quiero, por fin, en Ti transfigurarme,
morir a mí, para vivir tu vida,
perderme en Ti, Jesús, y no encontrarme.

(Calderón de la Barca)

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