Despierto alerta y atento a las personas, a la vida y a Dios (Marcos 13, 33-37)

Publicado el domingo 3 de diciembre a las 03:30
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Comenzamos el tiempo de Adviento, que es tiempo de espera, de aguardar, de expectativas. El Adviento es apertura confiada a lo que Dios quiere hacer en nuestra vida personal y en cada comunidad humana. Es un tiempo especial para cultivar una comunión más abarcadora, que implique una amistad fecunda con todas las personas, con el medioambiente, con las cosas y con Dios.

Los textos bíblicos que leemos en el Adviento, y de modo especial los Evangelios, nos ayudan a preparar la espera de la novedad de Dios en nuestras vidas, familias, trabajos y comunidades. Muchos hombres y mujeres, aunque no profesen religión alguna, esperan también que algo importante ocurra en sus vidas, que les dé mayor sentido y que les abra a la novedad de la esperanza.

El Evangelio de Marcos (Mc. 13, 33-37) nos dice que Dios vendrá. Y vendrá a su casa que es el mundo como lo hace aquel dueño que se fue de viaje y encomendó a sus trabajadores el cuidado de lo que es suyo. Pero, como no sabemos el día ni la hora, porque Dios no se deja atrapar ni controlar, necesitamos estar alertas, atentos y despiertos.

Estar en vela es la actitud propia del que espera algo o a alguien. Estar en vela remite de inmediato a la paciencia, que es lo propio de quien sabe que todo tiene su tiempo. Con la paciencia todo se alcanza, dirá Santa Teresa. El que vela sin desanimarse aprende a esperar el tiempo propicio de las personas, de la familia, del mundo y de Dios.

Estar alerta es la actitud propia del que atiende o se responsabiliza de algo o de alguien. La alerta remite de inmediato a la vigilancia y al cuidado, que son los rasgos distintivos del que sabe que todo tiene su valor. La alerta es como la brújula que orienta el ritmo de nuestra vida, el hacia dónde. Y nos permite captar si estamos encaminados hacia circuitos y relaciones que producen vida o hacia los producen muerte.

La velada y la alerta equivalen a estar despiertos y atentos. ¿Cuántas contingencias personales, sociales o políticas desbordan nuestras vidas porque estamos distraídos o dormidos? ¿Cuántos desaciertos, desgracias o sufrimientos pudiéramos evitar si estuviéramos pendientes de las circunstancias? La vida y, cuanto más el futuro, no se adivinan o predicen, sino que se atienden mediante la previsión. Y esta previsión comienza por estar despiertos y atentos.

Velar y estar alerta no tiene nada que ver con la alarma ni con la vigilancia mal-sana, sino con aquella disposición especial que se va aprendiendo a lo largo de nuestro caminar y que nos capacita y habilita para el encuentro con las cosas, con las personas y con Dios. Lo contrario sería estar dormidos al curso de la vida.

La novedad de Dios no tiene hora, así como tampoco tiene hora la amistad, el servicio y la generosidad. El evangelista nos dirá que esta novedad de Dios puede suceder en cualquier momento. Y es que el Verbo Encarnado, que es Jesús, no dejará de prolongar el acto sin fin de su nacimiento en la nueva Humanidad que se engendra en cada tiempo. (Cf. Teilhard de Chardin).

Que este Adviento nos haga estar alerta, en vela y atentos a nuestra vida, a lo que viven o padecen las personas y a cómo se desenvuelve la realidad, para transformarla, como signo visible y creíble de que estamos despiertos a la vida y a Dios.

Por: Gustavo Albarrán SJ

 

 

 

 

 

Encontrarás a Dios

 

Dondequiera que pongas tu mirada, dondequiera que fijes tu atención, dondequiera que un átomo subsista, encontrarás a Dios.

En las formas diversas de las nubes, en los rayos dorados que da el sol, en el brillo que lanzan las estrellas, encontrarás a Dios.

En los dulces balidos que en los prados, el rebaño da al silbo del pastor, en los trinos cambiantes de las aves, encontrarás a Dios.

En la santa figura de este mundo, cuyo vientre la vida te donó, en la franca sonrisa de la gente, encontrarás a Dios.

En el rostro del que acepta tu mirada, o el que por algún motivo esquivó, si no te paraliza y lo miras con amor, encontrarás a Dios.

En las horas de sombra y amargura, cuando a solas estés con tu dolor, si lo buscas con fe en esas noches, encontrarás a Dios.

 

(Cf. Arturo Gutiérrez Martín)

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