El Señor de la Misericordia: Ruta a la Vida y a la Salvación (Mateo 25, 31-46)

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En la última semana del Tiempo Ordinario celebramos a “Cristo Rey”, y la Liturgia nos coloca en esta semana la parábola de Juicio a las Naciones para advertirnos que la misericordia es la clave del discernimiento práctico y concreto que nos pone en la ruta hacia la plenitud humana y hacia la salvación.

El Evangelio de Mateo (25, 31-46) nos sorprende con una parábola que rebasa el concepto de parábola, convirtiéndose en una auténtica regla para discernir nuestra capacidad de amar y servir.

El discernimiento nos coloca en sintonía con Dios y nos ayuda a descubrir lo que Él quiere en nuestras vidas. El discernimiento es como el olfato fino que permite distinguir lo que es conveniente cambiar de lo que es necesario mantener o profundizar. Con el discernimiento conocemos las sutilezas de los componentes de la vida.

Para Jesús y también para toda persona sensata, está claro que la mayor precariedad a la que puede estar sometida una persona es el hambre, la sed, la intemperie, la desnudez, la enfermedad y la prisión. Más aún, esta séxtuple precariedad puede multiplicarse, puesto que cada una de ellas tiene modalidades muy sutiles y, por eso mismo, mucho más destructivas. Tan sólo imaginemos que al hambre de alimentos se le añada el hambre de afecto, de ternura, de valoración, de verdad, etc.

¿Cómo va a sorprendernos que Jesús presente la Compasión como el criterio que decidirá la calidad y profundidad de nuestras vidas, y como la condición para nuestra identificación con Él? ¿Cómo va a extrañarnos que Jesús se presente identificado con todos los pobres y desdichados del mundo?

Este Evangelio no sólo se refiere al final de los tiempos, sino al aquí y ahora de nuestra existencia, que es donde se decide nuestro futuro último. Por ello invita a ser misericordiosos, a que convirtamos la misericordia en nuestra pauta de acción. En nuestra matriz de actuación.

La misericordia delata el nivel y la calidad de nuestra verdad. Nadie podrá excusarse de practicar la misericordia, ni podrá pensar que no le toca algo de esta regla del amor eficaz que abre las puertas de la plenitud humana y a la salvación.

Que el Rey de la Misericordia nos diga a todos “vengan, benditos de mi Padre y tomen posesión del Reino preparado desde la creación del mundo", porque dieron de comer al hambriento, de beber al sediento, hospedaje al forastero, vestido al desnudo, y atendieron al enfermo, y porque consolaron al triste, sostuvieron al abatido y ahuyentaron todo tipo de miedo.

 

Por: Gustavo Albarrán SJ

Encuentro

Un pobre forastero vi por mi camino al pasar. Su ruego con tanto afán, no lo puede rechazar. Su nombre, también su origen, no tuve que preguntar. Tan sólo con su mirada nada más tuve que amar.

El pan, escaso para mí, comía cuando él llegó. Los dos comimos de ese pan, que en manjar se convirtió. El agua del manantial, burlar su sed pareció. Yo di mi agua, y con ella me di yo. Y mi sed, también mi pena, al fin desapareció.

Al forastero vi ante mí. Su identidad reveló. En sus marcas y sus manos reconocí al Salvador. Me dijo: “Te recordaré”. Por mi nombre me llamó. “A tu prójimo ayudaste y así serviste a tu Señor”.

(Cf. James Montgomery, 1771-1854)

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