Amar a Dios y al Prójimo de Verdad [Mateo 22, 34-40]

Publicado el domingo 29 de octubre a las 03:30
1
2
socialshare
0
s2sdefault

 

 

En la Semana 30 del Tiempo Ordinario, la Liturgia nos coloca ante lo más radical de la fe y lo principal para nuestra realización humana: la unión inseparable entre amor a Dios y amor a las Personas.

Para Jesús, “amar al Señor tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, y amar a tu prójimo como a ti mismo”, no es una simple Ley nueva, ni una manera especial de sintetizarla. Sino el criterio de autenticidad de nuestra fe y de nuestro modo de ser personas.

El amor a Dios y al Prójimo nos pone ante la gran novedad de Jesús. Por un lado nos revela que estos dos mandamientos son la raíz y el fundamento sobre los que puede sostenerse con verdad cualquier Ley. Y por otro, que todo, y en particular la Ley, queda definitivamente abierto a la realidad de Dios y a la realidad del Prójimo.

En el amor está la fuente de donde mana la vida, la adoración, la alegría, la disponibilidad, la sencillez, la entrega, el servicio, y en especial el cuidado de quienes nos necesitan con más urgencia, los pobres, los enfermos, los tristes, los desvalidos.

El amor es comúnmente afecto, conmoción, empatía y adherencia con todo nuestro ser. Pero se desconocería el verdadero amor si nos quedáramos simplemente en una vivencia emocional que no logra transformar todo nuestro ser, o si este amor no se tradujera en obras concretas de fraternidad y solidaridad, que son el test de la veracidad del amor.

Amar a Dios y al Prójimo quiere decir pasión por Dios y compasión por la Humanidad. Porque Pasión-Compasión significa alabar la existencia desde su raíz, tomar parte en la vida con gratitud, optar siempre por lo bueno y lo bello, vivir con corazón de carne y no de piedra, rechazar todo lo que niegue y excluya a cualquier persona.

El amor nos pone en situación de libertad frente a las seguridades humanas en las que muchas veces deseamos «instalarnos» y que son en definitiva el único obstáculo al verdadero amor. Para la fe cristiana el único crecimiento significativo de la persona es «la libre disposición de sí misma» para amar más allá de toda compensación o seguridad.

A la luz de la vida de Jesús, el crecimiento en la fe no sigue una línea de ascenso (hacia arriba), sino descendente (hacia abajo), que es lo propio y distintivo del amor. Crecer y madurar es ir hacia abajo, es humildad y sencillez. Quien sabe de amor es capaz de dar o gastar su vida en beneficio de causas nobles, sin esperar contraprestación o recompensa alguna.

 

P. Gustavo Albarrán, SJ

 

 

Podemos terminar con el texto siguiente:

  

La Grandeza del Amor

La grandeza del amor no descansa ni reposa, sobre frases adornadas ni palabras destructoras. La grandeza del amor no se pasa largas horas, intentando cautivar amistades perniciosas.

La grandeza del amor con la honestidad labora, con la palabra sincera y con actuación generosa. La grandeza del amor dispuesta está a todas horas, a comprender a quien ama y abrir si a su puerta toca.

La grandeza de este amor no se esconde tras las rocas. Pues camina sin reparos, acompañada de auroras. Que la grandeza de este amor no se caiga ni se rompa, ni se seque con el viento, ni se le mueran sus hojas.

(Cf. Antonio Torres)

+ Noticias