San Óscar Romero: Resucitaré en el pueblo salvadoreño

Publicado: Martes, 24 Marzo 2020
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A partir de la frase “si me matan resucitaré en el pueblo salvadoreño” atribuida a Mons. Romero por un periodista, se recorre la veracidad de esta afirmación desde el fuerte simbolismo de su persona que a partir de su muerte martirial se ha ido engrandeciendo y volviendo cada día más universal. El martirio vinculado a la defensa de las víctimas y en plana identificación con ellas se presenta como la base de su universalidad y de su simbolismo humano y cristiano.

 

1.- Introducción

            En una entrevista periodística Mons. Romero decía entre otras cosas, “si me matan, resucitaré en el pueblo salvadoreño”. Algunos comentaristas y algunas biografías negaron la autenticidad de la frase. Pero quien estuvo más cerca de Mons. Romero, el sacerdote Ricardo Urioste, que fue su vicario general durante los tres años de gobierno del arzobispo, aseguraba que era perfectamente posible que mons. Romero hubiera pronunciado esas palabras. La gran confianza que el hoy beato tenía en el pueblo salvadoreño, y la fe radicalmente evangélica que sabe que la vida entregada como semilla fructifica en los demás aseguran que el modo de pensar de Mons. Romero era absolutamente coherente con la frase transcrita por el periodista mexicano. Treinta y seis años después podemos hacer una reflexión sobre el significado de esa frase. Ciertamente esa afirmación de Romero continúa vigente. En la ceremonia de la beatificación celebrada el 23 de Mayo del año pasado se calcula que estuvieron presentes 300 000 personas. Cuando se anunció el día del décimo aniversario de su muerte que se iniciaba el proceso diocesano de canonización, había en la catedral de San Salvador un máximo de tres mil personas. Era todavía tiempo de guerra civil, y el peso el partido ARENA, fundado por el autor intelectual del asesinato del arzobispo, era impresionante. El Gobierno, la Corte Suprema, la mayoría en la Asamblea Legislativa y los medios de comunicación más importantes estaban en manos de una derecha política que consideraba a Mons. Romero como un obstáculo para su afán de monopolio de la verdad. Las acusaciones sobre el supuesto compromiso político revolucionario de Mons. Romero estaban presentes incluso en las voces de algunos obispos salvadoreños. Veinticinco años después del anuncio de Mons Rivera se lleva al fin a la ceremonia de la beatificación y aproximadamente un 5% de la población total del país acudía a la Misa al aire libre.

            Su figura, por la potencia de su voz comprometida con la justicia y con la paz, se había hecho cada vez más conocida y admirada a nivel internacional. En esta tierra americana, en la que tantas veces los opciones políticas iban teñidas de violencia, la opción preferencial por los pobres de Mons. romero fue asumida desde la fuerza de la palabra, desde la conciencia cristiana y evangélica de la radical igualdad en dignidad de las personas y desde un estilo personal de cercanía humana y solidaria para con los más humildes y sencillos. Sobraron incomprensiones y ataques desde el primer momento. Pero la resistencia de este arzobispo en la verdad y en la defensa de las víctimas se fue imponiendo sobre traiciones y denuncias, críticas y resistencias. Frente a la persecución y el asesinato de sacerdotes y laicos que se apoyaban en el mensaje del pastor, surgieron también, a nivel internacional, diferentes formas de solidaridad. Doctorados honoris causa, presentación de su candidatura al premio Nóbel de la Paz, visitas solidarias fueron haciéndose cada vez más frecuentes. Cincuenta días antes de su muerte, al recibir un doctorado honoris causa en Lovaina, Mons. Romero expresaba la situación conflictiva de El Salvador y el fundamento cristiano de una opción por los pobres que tenía indudables repercusiones políticas: “Entre nosotros siguen siendo verdad las terribles palabras de los profetas de Israel. Existen entre nosotros los que venden al justo por dinero y al pobre por un par de sandalias; los que amontonan violencia y despojo en sus palacios; los que aplastan a los pobres; los que hacen que se acerque un reino de violencia, acostados en camas de marfil; los que juntan casa con casa y anexionan campo a campo hasta ocupar todo el sitio y quedarse solos en el país. En esta situación conflictiva y antagónica, en que unos pocos controlan el poder económico y político la Iglesia se ha puesto del lado de los pobres y ha asumido su defensa. No puede ser de otra manera, pues recuerda a aquel Jesús que se compadecía de las muchedumbres. Por defender al pobre ha entrado en grave conflicto con los poderosos de las oligarquías económicas y los poderes políticos y militares del estado”[1].

2.- El martirio como base de su resurrección

            Esta defensa de los pobres desde el seguimiento de Jesús de Nazaret fue sellada con su sangre el 24 de Marzo de 1980. Un día antes había dirigido un llamamiento a los soldados y policías en su homilía dominical: “matan a sus mismos hermanos campesinos. Y ante una orden de matar que dé un hombre, debe prevalecer la ley de Dios que dice No matar”. En es misma homilía, dirigiéndose al gobierno y a la Fuerza Armada, insistía: “En nombre de Dios y en nombre de este sufrido pueblo, cuyos lamentos suben hasta el cielo cada día más tumultuosos, les suplico, les ruego, les ordeno en nombre de Dios, ¡Cese la represión!”[2]. Las razones de su asesinato quedaban en este contexto muy claras. En otro contexto distinto, pero al igual que Gandhi, tocaba las fibras más profundas de lo humano y del anhelo de justicia y cambio social de la mayoría de la población salvadoreña pobre, que deseaba paz cuando por todas partes se respiraba represión y violencia. Más allá de la complejidad de la situación en El Salvador, su muerte tenía un inobjetable matiz martirial que multiplicaba la fuerza de su palabra y el significado de su figura como persona histórica. El sufrimiento por una causa ennoblece siempre a la persona. Y cuando ésta arriesga su propia vida, o la da, el olvido queda para siempre derrotado por la memoria. Los antiguos cristianos, desde la propia fe, tenían muy clara la fuerza del testimonio hasta la muerte. Las palabras de San Juan Crisóstomo sobre el martirio pueden todavía hoy aplicarse a Mons. Romero: “En la guerra, caer el combatiente es la derrota; entre nosotros, eso es la victoria. Nosotros no vencemos jamás haciendo el mal, sino sufriéndolo. Y la victoria es justamente más brillante, pues sufriéndolo podemos más que quienes lo hacen. Con ello se demuestra que la victoria es de Dios, pues es una victoria contraria a la del mundo. Y esa es la mejor prueba de fuerza”[3]. Estas ideas eran repetidas, en otro contexto y con otras palabras, por el propio Mons. Romero en una de sus homilías dominicales: “Sepan que hay una violencia muy superior a la de las tanquetas y también a la de las guerrillas; es la violencia de Cristo: Padre perdónalos, porque no saben lo que hacen”. Es en definitiva “la violencia del amor, la de la fraternidad, la que quiere convertir las armas en hoces para el trabajo”[4]

            Esta victoria del débil, que simultáneamente defiende arriesgada y enérgicamente a los débiles y perseguidos con la fuerza de la palabra, tiene una clara dimensión cristiana, y también una enorme fuerza humana. Muestra en definitiva la capacidad de la persona de amar hasta el extremo de dar la vida en servicio y solidaridad a quienes son considerados nada por el poder de la fuerza bruta. Y ha sido precisamente esa fortaleza de Romero en la defensa del débil lo que ha hecho, en estos 36 años que su figura se agrande, que no se olvide, que siga siendo estímulo para quienes buscan un mundo más solidario, fraterno y justo. En las líneas que siguen pondremos algunos ejemplos y momentos en los que se percibe el crecimiento de su figura y la universalización de su significado.

3.- De despojo de la historia a presencia histórica universal

            El asesinato de Mons. Romero tuvo resonancia mundial. Pero las circunstancias que rodearon su entierro, con el estallido de una bomba y los tiroteos contra la multitud que llenaba el parque central de San Salvador (27 muertos y 200 heridos según informes de la Embajada Norteamericana), añadieron magnitud a la situación. Se manifestaba con una enorme brutalidad y crueldad el esfuerzo por arrancar de la realidad y de la historia dolorosa de El Salvador a una de las pocas personas que públicamente mantenían de un modo simultáneo la solidaridad con las víctimas y la esperanza de un futuro más dialogante y socialmente justo. El autor intelectual del crimen, el militar Roberto D’Abuisson, tras la muerte del obispo se fue imponiendo como el hombre clave de la política salvadoreña, acumulando un extraordinario poder. Fundador y líder máximo del partido de derecha, ARENA, que en 1989 llegaría al poder y permanecería en el mismo durante 20 años, se presentaba como salvador del país. La Comisión de la Verdad, establecida tras la guerra civil salvadoreña, afirmaba 13 años después del asesinato que “este crimen polarizó aún más a la sociedad salvadoreña y se convirtió en hito que simboliza el mayor desprecio a los derechos humanos y el preludio de la guerra abierta entre el gobierno y las guerrillas”[5]. Aunque el Mayor D’Abuisson ya había sido acusado del asesinato de Mons Romero, la Comisión de la Verdad insistió en que había “plena evidencia de que… dio la orden de asesinar al arzobispo y dio instrucciones precisas a miembros de su entorno de seguridad, actuando como escuadrón de la muerte, de organizar y supervisar la ejecución del asesinato”[6]. La conclusión de esta Comisión contribuyó a poner más claridad internacional en las motivaciones del asesinato de Mons. Romero. Al revés, la figura del autor intelectual del asesinato se desintegraba, a pesar de ser el gran ícono de la derecha y del partido gobernante, mientras el hoy beato brillaba con mayor intensidad.

            Un elemento que contribuyó también a la actualidad de Romero fue la adopción que hicieron de él como figura ejemplar cristiana una serie de Iglesias no católicas. Desde los inicios una serie de iglesias bautistas, episcopales y luteranas salvadoreñas recibieron como mártir a nuestro obispo. El Consejo Mundial de las Iglesias ha mantenido también una relación importante con las actividades en recuerdo de Mons. Romero. La comunión de las iglesias en el reconocimiento del martirio del arzobispo dio ciertamente amplitud y dimensión universal a nuestro beato. Un hecho significativo fue la inclusión de una imagen de Romero en la fachada de la catedral anglicana de Westminster, al lado de otras grandes figuras martiriales del siglo XX (diez mártires del s XX) como Martin Luther King, Dietrich Bonhoefer, Maximiliano Kolbe y otros. Hoy, al contrario de tiempos pasados, la dimensión ecuménica de quienes son propuestos en procesos de canonización se va mostrando como un elemento primordial.

            Y finalmente, precisamente por su coraje a la hora de defender los derechos de los pobres y las víctimas, su libertad personal y su independencia, Monseñor Romero se ha vuelto una figura señera a nivel universal. El 21 de Diciembre del años 2010 la Asamblea General de las Naciones Unidas decidió por unanimidad proclamar el 24 de marzo como “Día Internacional del Derecho a la Verdad en relación con Violaciones Graves de los Derechos Humanos y de la Dignidad de las Víctimas”. La elección del día no es fortuita y la página web de la ONU explica que el propósito del Día es promover la memoria de las víctimas de violaciones graves y sistemáticas de Derechos Humanos y su derecho a la verdad y la justicia, rendir tributo a quienes han dedicado su vida a proteger y defender los Derechos humanos y “reconocer en particular la importante y valiosa labor y los valores de Monseñor Óscar Arnulfo Romero de El Salvador”[7]. Al hablar de sus valores el texto de la página web le llama “humanista consagrado a la defensa de los derechos humanos, la protección de vidas humanas y la promoción de la dignidad del ser humano”. Y afirma que, sus “llamamientos constantes al diálogo y su oposición a toda forma de violencia para evitar el enfrentamiento armado… le costaron la vida el 24 de marzo de 1980”.

            En este contexto llega la beatificación de Mons Romero como mártir, que es así mismo una manera de continuar el proceso de su relevancia eclesial y significación histórica. En la tradición de la Iglesia resultaba indispensble la admiración y devoción popular a la persona concreta ya fallecida para llegar a la proclamación de santidad. En algunos momentos de la historia se le daba culto público a quien era considerado santo y posteriormente era reconocido como tal por el obispo. Es el “sensus fidelium”, lo que hoy podríamos llamar la intuición de los fieles cristianos, el que origina y da garantía a los procesos de canonización. Dadas las necesarias investigaciones sobre la persona que se promueve a los altares, los procesos de beatificación y canonización se prolongan a veces en exceso. Y por eso mismo en muchos casos la inicial devoción hacia una persona puede caer en el olvido. En el caso de Romero, a pesar de la lentitud del proceso y del exceso de precauciones en el examen de la persona y de sus escritos, homilías, etc., la devoción popular continuó creciendo con el tiempo. La dimensión política de la santidad de Romero retrasaba el proceso y amedrentaba a algunos sectores eclesiásticos. Un Papa latinoamericano, conocedor de las terribles tragedias de nuestras guerras sucias y de la necesidad de presentar ante ellas una dimensión profética y justiciera, desbloqueó finalmente el lento proceso de beatificación.

4.- El por qué de la resurrección en el pueblo

            Hoy Mons Romero, incluso desde antes de su beatificación, tiene calles con su nombre, aparece en las estolas y casullas de muchos sacerdotes, abundan los póster con su rostro, tiene estatuas, canciones, inspira movimientos sociales y de solidaridad. Aparece en dos películas al menos. Una titulada “Salvador” en la que se le ve brevemente en el momento de su asesinato (en una circunstancia -al dar la comunión- distinta de la real, durante el ofertorio). Y otra, titulada “Romero”, dedicada a su persona. Sus biografías abundan. Tres de ellas traducidas a diferentes idiomas. Ciertamente su ejemplaridad está claramente reconocida. Sin embargo, cuando hablamos de resurrección en el pueblo no sólo salvadoreño, sino cristiano y universal, decimos algo más que popularidad, éxito temporal o moda acorde con la cultura de los tiempos. Esbozar la hondura de esta afirmación trasciende incluso la intencionalidad que el propio Mons Romero podía poner en la frase. Durante el tiempo de compromiso con los pobres y víctimas que le llevó al martirio, y a lo largo de los años posteriores a su muerte, se puede decir que se cumple aquello que decía San Basilio, una vez terminadas las persecuciones, comentando el triunfo de los mártires: “Antes ciertamente la muerte de los santos se apreciaba con el llanto y con las lágrimas… ahora en cambio nos alegramos en la muerte de los santos. Pues la naturaleza de los tristes , ha sido cambiada después de la cruz”[8]. Y efectivamente, el dolor surgido ante la muerte violenta e injusta de Mons. Romero se ha ido convirtiendo en estos 36 años en fiesta y alegría por el triunfo del que amó como Jesús hasta dar la vida por los demás.

            Desde las persecuciones de los primeros siglos del cristianismo quienes reflexionaron sobre estos temas identificaron al mártir con la persona de Jesús. La narración del “Martirio de Policarpo de Esmirna”, del siglo segundo de nuestra era, muestra ya una serie de detalles en la narración que muestran un cierto paralelismo con la pasión de Jesús. Tertuliano no dudaba en decir “Cristo está en el mártir”[9]. Orígenes, al reflexionar sobre el martirio señala la relación entre los mártires y los apóstoles. Se trata en definitiva de una cercanía más especial a Jesús, que hace que aunque mártires son todos los que dan testimonio del Señor, la cercanía con Él en la muerte y la admiración de esa entrega hace “que sólo se les llamara mártires a aquellos que dieron testimonio con la efusión de su sangre”[10]. Si el martirio es ya de por sí una identificación con Jesús, presupone además permanecer firmemente arraigado “en la verdad y la justicia contra el ímpetu del perseguidor” y resistir “hasta la muerte por Cristo”[11]. Identificación que se da materialmente en la muerte y que es el símbolo del triunfo de la víctima sobre la injusticia.

            En el caso de Mons. Romero, además, se da para muchos que lo conocieron o que han reflexionado sobre su vida, la convicción de que es una especie de nueva presencia de Cristo en la historia de nuestros días. El P. Ignacio Ellacuría, que encabeza junto con Romero, Rutilio y otros la lista que la Conferencia Episcopal de El Salvador envió a Roma cuando Juan Pablo II, en torno a las festividades del segundo milenio, pidió a todas las Iglesias una lista de mártires del siglo XX, decía que “con Mons. Romero pasó Dios por el Salvador”. En toda santidad, por supuesto se ve un reflejo de la bondad y la fuerza de Dios. Pero pocos santos han llegado a ser considerados, incluso durante su vida, como “copias” actualizadas de la persona de Jesús. En la historia de la Iglesia un caso connotado de ello es el de San Francisco de Asís. Muchos de sus coetáneos lo consideraron como una nueva presencia del Señor. Pues bien, con Monseñor Romero pasó algo de eso. Sobre todo después de su muerte, mucha gente de todo tipo y nivel, comenzó a sentir que el recuerdo del santo le daba fuerza, resistencia, capacidad de resiliencia ante persecuciones y desventuras. Gente sencilla vinculaba la fortaleza que le daba el recuerdo de Romero con la experiencia de los apóstoles de la resurrección de Jesús. Sentían que el obispo no había muerto y que se había unido de nuevo, y de un modo más intenso tras su muerte, a la vida resucitada y llena de fueza del Señor Jesús. Y desde esa vida, comunicaba también vida y fortaleza para enfrentar el diario quehacer y la responsabilidad cristiana.

            Desde esta experiencia de lo que podríamos llamar fortaleza resurreccional se han reeditado sus homilías, se han redactado sus biografías y se ha publicado el impresionante Diario de los dos últimos años de su arzobispado, grabado inicialmente por él mismo en cinta magnetofónica, y transcrito posteriormente[12]. La misma resistencia que algunos sectores eclesiásticos pudieron tener frente a su persona provocaba entre muchos cristianos un mayor afecto, identificando al obispo mártir cercano a los pobres, con el Jesús perseguido por quienes ponían la religión más en el cumplimiento de normas que en el servicio y amor al prójimo. Aunque es evidente que a Jesús hay que buscarlo en el Evangelio, la fuerza del testimonio de sus seguidores lo actualiza y hace presente con una enorme fuerza. Los tres años agónicos de su labor arzobispal se iniciaron pronto.Cuando en Junio de 1977 acudió al pueblo de Aguilares para solidarizarse con los habitantes de este pueblo, que ya habían sufrido meses antes el asesinato del párroco Rutilio Grande[13], les decía: “A mí me toca ir recogiendo atropellos, cadáveres y todo eso que va dejando la persecución de la Iglesia. Hoy me toca venir a recoger, en esta iglesia, en este convento profanado, un sagrario destruido y sobre todo un pueblo humillado, sacrificado indignamente. Por eso, al venir… les traigo la palabra que Cristo me manda decirles: una palabra de solidaridad, una palabra de ánimo y de orientación y, finalmente, una palabra de conversión”[14]. Recoger despojos de la historia, destrozados por el poder que se idolatriza y destroza a quienes desean justicia y libertad, hizo de Romero un símbolo de misericordia y cercanía a su pueblo, inolvidable para muchos.

            Este identificarse con los que sufren, ver en muchas de las víctimas de la historia y de la guerra civil a verdaderos mártires, arriesgarse por ellos, convirtió también a Mons. Romero en símbolo de todos los desheredados y olvidados de la historia salvadoreña. Muchos de los que eran asesinados en aquellos años no sólo eran “descartados” violentamente de la historia salvadoreña, sino también enviados a una especie de basurero de la historia. Los asesinos pensaba que sembrando el terror consechaban silencio y olvido. Mons. Romero les devolvía la dignidad a las víctimas, las hacía presentes y les otorgaba el título de mártires. “Al celebrar el primer aniversario de Felipe de Jesús Chacón, también me di cuenta que nuestra tierra le ofrece al Papa, como lo dije en mis visitas pasadas, ¡mártires! ¡Qué horror cuando me contaban! El rostro despellejado de Felipe de Jesús, y lo que es peor, difamado en la prensa como un cuatrero, cuando se trata de un catequista valiente, que supo llevar el evangelio hasta sus consecuencias más arriesgadas”[15]. Sobre los sacerdotes asesinados también decía que “son verdaderos mártires en el sentido popular… son hombres que han predicado precisamente esa incardinación con la pobreza, son verdaderos hombres que han ido a los límites peligrosos donde la UGB amenaza, donde se puede señalar a alguien y se termina matándolo como mataron a Cristo… el hecho de haber dejado que les quitaran la vida y no haberse huido, no haber sido cobardes y haberlos situado en esa situación de tortura, de sufrimiento, de asesinato, para mí es tan valioso corno un bautismo de sangre y se han purificado”[16]. No es raro que habiendo tanta muerte martirial, los parientes, amigos y personas de buena voluntad que sospechaban la dificultad de recordar a tanta gente asesinada, volcaran en el recuerdo de Mon. Romero tanto su propio sufrimiento como la esperanza de resurrección. Resucitar en el pueblo salvadoreño se torna así una resurrección vicaria de tanta víctima que como dice el Apocalipsis, incluso desde el Reino de Dios, continúa pidiendo justicia: “Dominador Santo y Justo ¿hasta cuándo estarás sin hacer justicia y pedir cuentas por nuestra sangre a los habitantes de la tierra?” (Apoc 6, 10).

            El Salvador es tierra de mártires y de gracia, pero violencia sigue causando hoy crimen y muerte. El índice de homicidios del año 2015 anda en torno a los 100 asesinatos por cada 100000 personas. Las raíces de esta terrible situación que supera en número de muertos a países actualmente en guerras internas, son fundamentalmente culturales, estructurales (injusticia social y desigualdad) e institucionales (impunidad y escasa efectividad de las instituciones). Romero permanece en ese difícil contexto como esperanza y como signo de superación de la violencia. Este 24 de Marzo recién pasado, “con ocasión de la fiesta del amado beato Óscar Romero”, el actual arzobispo, Mons. José Luis Escobar publicó su primera carta pastoral titulada “Veo en la Ciudad Violencia y Discordia”. Bajo el amparo de Romero se exige paz y justicia. Nuestro arzobispo santo permanece resucitado en esperanza y en compromiso personal con la construcción de la paz.

José María Tojeirra, S.J.

 

 

Fuente: Jesuitas Centroamérica


[1]     M. Romero, discurso en Lovaina al aceptar un Doctorado H.C., 2 de Febrero de 1980

[2]     M Romero, Homilía del 23 de Marzo de 1980

[3]     J Crisóstomo, Homilías sobre el Evangelio de San Mateo, BAC, T II, pg 161

[4]     M Romero, homilías del 21 de Enero del 79 y del 27 de Nov. del 77

[5]     Informe de la Comisión de la Verdad sobre la guerra de doce años en El Salvador titulado De la locura a la esperanza. Editado en la revista ECA, Estudios Centroamericanos, n 533, Marzo 1993, pg 180

[6]     I. pg 274

[7]     Una descripción mas amplia tanto de los objetivos del Día como de los valores de Mons. Romero puede verse en la dirección: http://www.un.org/es/events/righttotruthday/

[8]     San Basilio, Homilía XVII, Patrología Griega 31 (Migne), pg 485

[9]     Tertuliano, De Pudicitia, Patrología Latina  2 ( Migne) pg 1027

[10]   Orígenes, Comentario sobre San Juan, Patrologia Griega, 14 (Migne) pg 175 y ss

[11]   Tomás de Aquino, Summa Theologica II-II, q 124

[12]   Óscar Romero, Su Diario, publicado por el Arzobispado de San Salvador en el décimo aniversario de su muerte, coincidiendo con la apertura del proceso diocesano de beatificación, en el año 1990. En el 2015, coincidiendo con su beatificación, se editaron también en disco las grabaciones de su diario y des sus homilías.

[13]   Amigo cercano de Mons. Romero, el jesuita Rutilio Grande fue asesinado, junto con otras dos personas, el 12 de Marzo de 1977. Desde esa fecha fueron asesinados varios de los laicos colaboradores de la parroquia de Aguilares y un par de meses después fueron deportados y durante unos días desaparecidos en Guatemala tres jesuitas que todavía quedaban en la parroquia. Hoy la arquidiócesis de San salvador ha iniciado el proceso diocesano de beatificación de Rutilio.

[14]   Mons. Romero. Homilía en Aguilares, 19-6-1977.

[15]   Homilía 27 de agosto de 1978.En sus homilías repite con frecuencia nombres: “Recordemos por ejemplo a Filomena Puertas, a Miguel Martínez, a tantos otros, queridos hermanos, que han trabajado. que han muerto, y que en la hora de su dolor, de su agonía dolorosa, mientras los despellejaban, mientras los torturaban y daban su vida, mientras eran ametrallados, subieron al cielo. ¡Y están allá victoriosos!” (30 de Octubre de 1977 ).

[16]   Homilía 23 de septiembre de 1979. La UGB mencionada es la Unión Guerrera Blanca, escuadrón de la muerte que amenazaba y asesinaba en los tiempos previos a la guerra civil salvadoreña.

 

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