Jesuitas Cuba - Boletín Informativo: Los sueños de un joven jesuita

Publicado: Miércoles, 10 Julio 2019
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Compartimos el Boletín Informativo de la Compañía de Jesús en Cuba - Julio 2019. 

Uno de los textos principales es la entrevista a Raúl José Arderí, jesuita cubano recientemente ordenado presbítero. Escrito por Julio Pernús.

¿Quién es Raúl Arderí?

RA- Mira, yo creo ser un muchacho que, en un momento de su vida, encontró la alegría tratando de comunicar el mensaje de Jesús a otros; siempre me ha gustado enseñar a las personas eso que Jesús descubrió como sentido de su vida.

Para ti, ¿qué es la Compañía de Jesús?

RA- La Compañía es un grupo, en primer lugar, de amigos. Ignacio lo definió como “amigos en el Señor”. También es un grupo de gente que se ha enamorado de Jesús y de su proyecto y se ha dado cuenta de que, para llevar adelante ese proyecto, hace falta vivirlo en comunidad y no como personas aisladas.

Muchas veces nuestra mente es consumida por nuestra realidad de Isla, lo que achica o engrandece todos nuestros dilemas. Entonces, Raúl: en medio un país donde los jóvenes tienden a irse a donde sea, impulsados por una eterna depresión económica, para ti, un joven cubano que lleva un tiempo viviendo en otros países, ¿qué es Cuba? y ¿qué sentido le ves a realizar una opción por ella?

RA- Lo primero es que yo sigo siendo cubano donde quiera que yo esté; eso lo tengo muy claro y no puede ser de otra manera. Donde quiera que voy a estudiar o trabajar, en cualquier misión dada por la Compañía, me gustaría seguir siendo y seguiré siendo, un jesuita cubano. Eso con las virtudes y defectos propios de nuestra nacionalidad. Hermano, tenemos cierta capacidad para entrar en relación con las personas, para ser cercanos, cierto toque de humorismo, si se desea verlo así; y también con defectos, como el de la megalomanía de pensar que somos lo más grande del mundo, cuando en realidad estamos insertos en una globalización que es mucho mayor.

Y la Isla, con esa circunstancia del “agua por todas partes”, a veces hace que nuestros horizontes sean un poco pequeños; de ahí lo bueno de ampliar la mirada en función de problemas mucho más grandes que los nuestros. Pero, en Cuba sigue estando la Iglesia junto a una parte del pueblo de Dios que sigue creyendo, y mientras en nuestro país existan personas con deseos de vivir su fe, es responsabilidad de los presbíteros permanecer en la Isla acompañando a esa gente a vivir su fe. Al mismo tiempo, yo creo que es un derecho fundamental de todas las personas poder decidir el lugar del mundo donde desean desarrollar su proyecto de vida con mayor plenitud. Es un derecho humano, que brota incluso teológicamente de la certeza de que Dios, cuando nos obsequió la tierra, no creó fronteras. La Tierra pertenece a todos; entonces cualquier ideología nacionalista no se puede fundamentar teológicamente, ni cristianamente. Para Pablo, en Jesús crucificado no hay judío ni griego, ni esclavo ni libre, ni hombre ni mujer, ni cubano ni americano: es el ser humano y punto.

JP- Hermano, eres un hombre feliz y eso lo puede notar fácilmente cualquier persona cercana a ti. A muchos jóvenes les gustaría saber: ¿qué es para ti una vocación? y ¿cómo descubriste ese deseo interior de convertirte en jesuita?

RA- Hay un chiste, no tan fantasioso y con mucho de cierto, donde se dice que hay tres pruebas de la vocación: comer bien, dormir bien y estar contento. O sea, que si tú comes bien, duermes bien y estás contento en lo que estás haciendo, eso es una señal clara de que estás en el lugar adecuado. Por supuesto que, con el tiempo, muchas veces he comido una comida no tan buena, también en ocasiones los problemas me han quitado el sueño y, en algunos momentos, no he estado tan contento como quisiera. Pero, el secreto para mí es poder descubrir en medio de todas las dificultades qué te hace vivir en plenitud.

La vocación es como entrar dentro de uno y descubrir qué nos hace feliz, es decir ese plus capaz de armarnos y protegernos contra todas las dificultades o sacrificios a enfrentar en la vida. Es encontrar cuál es la gasolina de mi vida y yo pienso que eso lo pone Dios en el corazón de todas las personas. La tarea nuestra es poder escarbar, hasta saber qué ha puesto Dios en mi corazón para yo poder ser feliz: esa es la vocación.

JP- En tu camino a presbítero jesuita, estoy seguro que han existido muchas personas. Con la esperanza de no hacer de estas preguntas algo muy largo, te ofrezco esta oportunidad para que agradezcas a esos rostros inolvidables en tu vida.

RA- El peligro de eso es dejar nombres importantes fuera de esta entrevista, pero como bien dices, es cierto que hay mucha gente valiosa con un papel relevante en la construcción de mi vocación, porque eso no cae del cielo como un meteorito. En primer lugar mi familia; yo le doy muchas gracias a Dios porque mi amor por Él nació en mi familia; ella fue la que me transmitió la fe. Mi papá, una tía mía, Rosita, de quien recuerdo cómo de niño me contaba muchas historias de la Biblia. Después, la gente del catecismo. Yo recibí una sólida formación cristiana desde pequeño en Manzanillo. Tere Fernández mi primera catequista; también en esta etapa no puedo dejar de mencionar a las Hermanas Salesianas de Manzanillo: ellas marcaron mi adolescencia y etapa juvenil.

Hay varias hermanas a las que quiero muchísimo, pero hay una a quien yo quiero particularmente, ella se llama sor María, es brasileña y yo la conocí cuando era joven. Ella me hacía buscar el deseo de pensar la fe y no quedarme satisfecho con las respuestas que yo había escuchado, siempre me transmitió una figura de mujer intelectual con el deseo de abajarse con la gente más humilde. Su sueño principal era transmitir a Dios. Ella se atrevió a realizar cosas que parecían imposibles, como fundar un grupo de medicina tradicional.

Después, al llegar a La Habana, aquí estaba un padre Carmelita; yo estaba en 12 y Malecón, en la beca de la universidad y la Iglesia que me quedaba cerca era el Carmelo de Línea y ahí oficiaba el padre Marciano. Él tenía una forma de explicar el evangelio que te desafiaba a pensar, eso también influyó mucho en ese momento de mi vida. El grupo universitario de La Habana, que eran mis amigos, gente como yo, de provincia, sin una comunidad fija, nos juntábamos para crear un espacio de hermanos en la fe y doy gracias a Dios por eso. Si bien vivíamos un poco aislados de la pastoral juvenil de la Arquidiócesis, porque nos sentíamos un tanto extraños, un poco como “guajiros”, pero, eso hizo que formáramos un grupo donde poco a poco fueron entrando habaneros; allí yo viví una bonita experiencia de comunidad que me hizo preguntarme sobre la vocación.

Para leer la entrevista completa, haz clic aquí.

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