Jugarse la vida, diálogo del Papa Francisco con los jesuitas de América central

Publicado: Jueves, 14 Febrero 2019
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A las 15:45 del 26 de enero de 2019 el papa Francisco se encontró en la Nunciatura de Panamá con 30 jesuitas de la provincia centroamericana, que comprende los territorios de Panamá, Costa Rica, Nicaragua, El Salvador, Honduras y Guatemala. Estaban presentes el provincial, P. Rolando Enrique Alvarado López, el maestro de novicios, P. Silvio Avilez, y 18 jóvenes novicios. Apenas entró Francisco en la sala del encuentro, los jesuitas entonaron el canto En todo amar y servir, muy conocido en la Compañía de Jesús. Luego el Papa saludó a todos, uno por uno, antes de sentarse e iniciar la conversación.

Por: Antonio Spadaro S.J.

 

Gracias por su visita. A mí me gusta en mis viajes encontrarme con «los nuestros», como se decía en mi época. Lo que sí quería es decirles una cosa: a las provincias de la Compañía que se lamentan de que no tenemos novicios… Tú, provincial ¡pásales la receta! Ustedes pregunten lo que les parezca, lo que les pueda interesar, lo que tengan curiosidad de saber… Y en base a eso armamos el diálogo. Yo no tengo nada preparado. Vean ustedes…

En la homilía que tuvo con los Obispos, después de hablar de Monseñor Romero, citó al padre jesuita Rutilio Grande. Cómo va la causa de beatificación de Rutilio.

Yo a Rutilio lo quiero mucho. En la entrada de mi cuarto tengo un marco que contiene un pedazo de tela ensangrentada de Romero y los apuntes de una catequesis de Rutilio. A Rutilio le tomé mucha devoción antes incluso de conocer bien la figura de Romero. Cuando estaba en Argentina su vida me llegó, su muerte me tocó. Según las últimas noticias que tengo de personas informadas, la declaración de martirio está yendo muy bien. Y es una honra… Hombres de este tipo… Rutilio, además, ha sido el profeta. El que «convirtió» a Romero.

Aquí hay una visión: la dimensión de profecía, la de aquel que es profeta por el testimonio de su vida y no solamente de palabra, como aquellos que lo son porque dan clase y andan por ahí hablando. Rutilio es un profeta de testimonio. Decía también todo lo que tenía que decir, pero fue su testimonio, el testimonio martirial, lo que al fin movió a Romero. Esa fue la gracia. Así que pídanles a ellos en sus oraciones.

Usted fue maestro de novicios, ¿verdad? ¿En qué años?

Comencé en febrero o marzo, no recuerdo bien, de 1972. Y fui maestro hasta el día de san Ignacio de 1973, en que asumí como provincial. Un año y medio.

A Usted, que ha sido maestro de novicios, le hago una pregunta de maestro. Hoy, en los primeros decenios del siglo XXI, las situaciones son muy distintas de las de aquellos convulsionados años setenta en América Latina. Pero en qué les insistía Usted a sus novicios que, según Usted, deberíamos seguir insistiendo a los novicios de ahora?

De las cosas de aquel momento que habría que trasladar a hoy, que permanecen actuales, remarcaría una actitud: la claridad de conciencia. Para los que son solapados no hay lugar: no sirven para la Compañía. Cuando tú lees las cartas de Javier, lo que quería él es que se supieran las cosas: lo que Jesús hace en el alma de cada uno, y también cómo el diablo tienta y cómo el mundo seduce.

Este espíritu supone una gran confianza. Por eso el maestro de novicios no tiene que ser una persona pusilánime. Tiene que ser abierto, muy abierto, que no se asuste de nada ni le tenga miedo a nada; en cambio, debe ser agudo, capaz de decir: «Ten cuidado con esto, mira, esto que me dices es peligroso; esto es una gracia, dale para adelante por acá». Debe saber discernir. Un hombre que no se asusta, un hombre de discernimiento.

La claridad de conciencia, por tanto. Cuando estoy con novicios yo les digo: miren, si ustedes no se acostumbran desde ahora a ser transparentes, mejor que se vayan. Porque eso va a crecer mal. Alejarse de la transparencia por una cosa quizás pequeña es algo que puede pasar en todo proceso de crecimiento. Pero estén atentos porque, si no se remedia rápido, llegará un momento en que la Compañía no va a saber qué hacer con esa persona, porque se rompió el lazo de fraternidad, el ser compañeros en el Señor. Entonces esa persona empieza a ir adelante a fuerza de trampas, excusas, enfermedades. Con mil cosas que le permiten hacer lo que ella quiere. Los que actúan así puede que vayan al cielo, seguramente. Pero qué vida inútil, Dios mío, ¡qué vida superficial! Mejor salir, casarse, ojalá, tener hijos y estar en paz. Pero vivir así, sin claridad de conciencia, es quedarse en la cáscara de la Compañía, no entrar adentro.

Yo insistiría mucho en esto. Claro que es una cosa delicada. Porque implica en el maestro una capacidad de respeto, de no asustarse, de escuchar, de animar. De ser más exigente.

Esto vale también para los superiores. A veces a ti te debe pasar que hubieras deseado que tal persona no hubiera sido claro de conciencia, porque tiene un problema que no sabes cómo resolver. Pero es la claridad de conciencia lo que nos hace jesuitas. Además, el jesuita tiene que saber que el superior lo quiere bien y que el diálogo es en Dios.

En el libro entrevista sobre la vida consagrada que recién ha salido,cuento una anécdota. Es acerca de un superior. Un joven, un maestrillo, estaba en un cierto colegio de España, y su madre tenía un cáncer terminal. Y en la ciudad en que vivía su madre había otro colegio de la Compañía. Y un día, cuando el provincial hacía su visita, entre otras cosas el joven le dice: «Mire, mi madre está mal. Tendrá menos de un año de vida. Sé que tienen que mandar un maestrillo a ese colegio. Le quisiera pedir que me mandara a mí; así estaré en la ciudad de mi mamá y la podré acompañar en su último tramo». El provincial lo escuchó con mucha atención y le dijo: «Lo voy a discernir, debo pensarlo». Y el muchacho se quedó en paz.

Esto pasó hacia el mediodía. El provincial se iba tempranito a la mañana siguiente. El muchacho hizo sus cosas normalmente a la tarde y a la noche se quedó rezando en la capilla, por su mamá, para que saliera todo bien… Se quedó hasta tarde y, cuando llegó a su pieza encontró un sobre de parte del provincial. Lo abrió… Era una carta con fecha del día siguiente, en la que el provincial le decía: «Después de haberlo considerado ante el Señor y buscando su divina voluntad [y otras afirmaciones por el estilo], y después de haber celebrado la Eucaristía [¡la del día siguiente!] pienso que te tienes que quedar en este colegio». ¿Qué había sucedido? El Provincial tenía que irse temprano y había adelantado el trabajo, había escrito y dejado todas las cartas al ministro, para que las entregar al día siguiente. Pero el ministro, viendo que era tarde y ya estaban todos durmiendo, las entregó esa misma noche. Ese jesuita no salió de la Compañía, pero hubiera tenido todos los motivos para hacerlo.

Por tanto, es verdad que a veces la claridad de conciencia termina en un antitestimonio de este tipo, ¡en una hipocresía! ¡Además, se juega con el discernimiento, con la Misa, con todo…! Aquel superior no tenía escrúpulos. Era de ese tipo de superiores que juegan siempre al equilibrio. Superiores mundanos, con espíritu del mundo. Y entonces también los superiores no ayudan a tener claridad de conciencia, y son responsables de que no la haya. El superior tiene que ser muy humilde, muy hermano, y saber que el día de mañana será él el que tenga que abrir su conciencia a otro superior. Insisto en esto: la transparencia. Ustedes métanselo en la cabeza, apuesten a esto. Si no, van a fracasar. Van a ser jesuitas «chirles» (inconsistentes). Para eso mejor que se vayan, mejor ser buenos padres de familia. No estoy haciendo algo trágico de esto, pero es una de las cosas medulares de la Compañía, lo que garantiza el amor a Cristo, el seguir a Cristo. He sido formado así.

¿Como visualiza Usted, hoy en día, la vocación de hermano?

Las vocaciones en la Compañía son tres: de profeso, de coadjutor y de hermano. En 1974, en tiempos de la Congregación XXXII, que comenzó el 3 de diciembre, había mucha efervescencia por la igualdad. Se pensaba que la diferencia entre profeso y coadjutor espiritual era una injusticia social. Había habido cierta infiltración ideológica en esto. De hecho, después hubo una racha de dar la profesión a todo el mundo así, según algunos, serían todos iguales. El padre Arrupe tuvo que reaccionar. Si se hubiera dado esto se habría perdido algo de la Compañía. Saltó otra visión en aquella época, también ideológica: que el servicio propio de los hermanos en la Compañía era una especie de injusticia social. Se hacía de eso una cuestión «de nivel social». Como si el hermano Antonio García, el custodio del museo de los mártires en Nagasaki, fuera un «sirviente», en el sentido clásico y sociológico de la palabra. ¡Y en cambio él era más sabio que todos nosotros aquí juntos! Era él el que ayuda a tantos con su consejo. El hermano es el que tiene el carisma más puro de la Compañía: servir, servir, servir.

Al comienzo ustedes cantaban En todo amar y servir. El hermano es así. Concreto. Entre los hermanos que yo he conocido, algunos eran pintorescos, tenían sus defectos… Algunos han luchado tanto, han luchado por su vida religiosa, como héroes, y no han sido suficientemente ayudados en sus luchas y dificultades.

Me recuerdo de uno, claro de conciencia, pero un poco «donjuán». Este pobre hermano se enamoraba continuamente. Y venía con humildad y decía: «Ah padre, yo me la paso buscando novia siempre». ¡Quién sabe, quizás no tendrían que haber entrado en la Compañía! Pero eran hombres transparentes, y con buen ojo para valorar las situaciones. Hay ahí una vocación al servicio de un modo diverso: en la misma fraternidad, con la misma dignidad religiosa, no simplemente sociológica, como se quería en un tiempo.

Algunos hacían comparaciones y decían «el hermano es la madre». No, no, no. Eso no va. La madre es la Compañía y con una nos basta. Pero el hermano es aquel que está en lo concreto, que mira a lo concreto, que sabe moverse en lo concreto, haga lo que haga. Sea enfermero, cocinero, portero, profesor. Tiene otra dimensión. Valorar el hermano según criterios sociológicos no es jesuita. Esto es sacar de contexto el servicio que le es propio.

Entre los hermanos que teníamos en la Argentina, algunos tenían sus defectillos, es verdad, pero eran hombres de este calibre. Yo recuerdo uno, un santo varón. Era croata. Había escapado de su patria y había terminado trabajando de minero en Bélgica, en Charleroi. Siempre conservó la piedad. Quería ser religioso. No sabía dónde. Emigró a la Argentina y allí entró en la Compañía. Era un hombre muy sencillo. Se encargaba de todos los trabajos de cerrajería y herrería. Y para decirlo en términos de cerrajería, tenía la llave de toda la realidad, de todo lo que pasaba, pero no hablaba si no le preguntaba el superior.

He conocido tantos como él: robles. Muchos eran españoles que venían a la Argentina. La provincia de Loyola era una fábrica de hermanos. Los vascos que vinieron a nuestra tierra eran hombres de una sola pieza, hablo de los que conocí yo.

¿Por qué digo todos estos ejemplos? Para decirte que la vocación de hermano no hay que considerarla desde un punto de vista sociológico, sino del punto de vista de lo que los hermanos son en realidad en su vocación específica, como san Ignacio los ha querido en la Compañía. No quiero exagerar, pero cuando era provincial, los informes más simples y a la vez más acertados para las ordenaciones me los daban los hermanos. Decían: «Sí, ta…, ta… Pero cuidado con este problema!». O «Esta persona tiene algunos defectos, sí. Pero tiene también esta virtud…». En síntesis: no se les escapaba una. Tenían un ojo especial.

En la Compañía el hermano influye mucho sobre el cuerpo colectivo y sobre la comunidad. Se lo debe promover, como a cualquier jesuita, para que dé lo mejor de sí. Pero la promoción no debe estar fundada sobre una motivación sociológica o ideológica, como si el hermano tuviera necesidad de una promoción para sentirse persona. Si no se siente persona como hermano, debe replantearse su vocación. El hermano no tiene necesidad de maquillaje. Esta vocación no debe desaparecer. No sé si te contesté.

Estamos en el contexto de la JMJ y hay encuentros diversos de jóvenes en torno a esto. El día de la bienvenida en la Cinta costera, Usted habló sobre la cultura del encuentro. Usted está convencido de que el encuentro es un tema fuerte para nuestros jóvenes, invadidos con tanta cultura informática. Parece que el encuentro a veces se ve truncado y que la cercanía está mediada por la red informática.

Mira, el mundo virtual es especialista en hacer contactos pero no encuentros. A veces fabrica encuentros seduciéndote con los contactos. El que vio bien esto bajo el aspecto filosófico fue Bauman. Escribió su último libro con su ayudante italiano y murió mientras trabajaba en el último capítulo. La viuda se lo dio al ayudante: «Termínelo usted y publíquelo, ponga también el nombre de mi marido, porque usted era discípulo suyo y lo conocía bien». Y lo publicó en italiano. Se titula Nacidos líquidos, o sea inconsistentes. Pero en la traducción alemana el título es Die Entwurzelten, desarraigados. En la mentalidad alemana, los que nacen líquidos no tienen raíces. Perfecto. Es así.

¿Qué hace el mundo puramente virtual si está aislado en sí mismo? Te da satisfacciones, una consolación artificial, pero no te mantiene unido a tus raíces. Te pone en órbita. Te quita lo concreto. El mundo virtual corre el riesgo de ser un mundo de contactos —se lo dije a los obispos—, pero no es un mundo de encuentros. Y esto es un peligro, un peligro muy grave. Respecto a esto los jóvenes necesitan tener una dirección muy seria que no los haga sentirse despojados, sino enriquecidos. Aquellos de ustedes que trabajan con los jóvenes, por ejemplo en los colegios, tienen la tarea de ayudarlos al encuentro.

¿En qué consiste la actual crisis del encuentro? Es una crisis de raíces.

La generación intermedia —al menos en Europa y en mi patria—, o sea los padres de los jóvenes, no tiene la fuerza suficiente para transmitir raíces. Porque son personas tironeadas. A menudo en competencia con los hijos. Las raíces las dan los abuelos. Todavía están a tiempo de hacerlo. Las raíces las dan los viejos. Cuando digo que los jóvenes deben encontrarse con los viejos, no expreso una idea romántica. Háganlos hablar.

Al principio los jóvenes dicen que se hartan, que se aburren y se quedan callados. He tenido experiencia de jóvenes y de grupos juveniles a los que se les proponía de ir a tocar la guitarra a los abuelos de una casa de reposo. Respondían: «No, son viejos». Pero después, cuando iban a visitarlos, no se querían volver. Una canción, después otra. «Por qué no me canta esta», y «En mi época…», y así: los viejos se despiertan… Yo me refiero al capítulo 3 del libro de Joel: los viejos soñarán y los jóvenes profetizarán. Los viejos empiezan a soñar, a contar, y los jóvenes se ponen a profetizar: no lo que les dijeron los viejos, sino lo que los sueños de los viejos despiertan en ellos.

Eso es encuentro. Eso es realidad. Pero es importante ir a las raíces. Lo que la cultura virtual nos propone es algo líquido, gaseoso, sin raíces, sin tronco, sin nada. Es lo mismo que pasa con la economía y las finanzas. En estos días leía una noticia proveniente del encuentro de Davos, que la deuda de los países en general es mucho mayor que el producto bruto de todos juntos. Es como la estafa de la cadena de san Antonio: las cifras se van inflando, por millones y trillones, pero debajo no hay otra cosa que humo, todo es líquido, gaseoso, y tarde o temprano, eso se va a venir abajo.

La virtud que hoy se nos pide a todos, y más a un jesuita, es concreción. Como aquel confesor que teníamos en el Máximo, que confesaba a la noche. Era muy viejito. Mientras hacíamos el examen de conciencia, algunos iban a confesarse, y siempre había una cola delante de su puerta. El confesaba rápido, decía pocas palabras. Pero un compañero nuestro, que era un ángel, muy espiritual, nos contó que una vez había ido a confesarse con él y no volvería más. «Me maltrató, me retó», decía. Y claro, sentimos curiosidad… ¿Qué habría dicho este ángel para que el otro le gritara así? Y él nos lo contó: «Yo le empecé a decir mis dificultades. Y él me dijo: largá el gordo, largá el gordo!». Claro, estaba acostumbrado a escuchar cosas gordas y entonces cuando este le vino con cosas angélicas, tan líquidas, no le creyó nada y entonces lo animaba a que largara todo. ¡Concreción! Nada de andar con la cabeza por las nubes.

Ahora, cómo hacer que los chicos tengan concreción. Yo pienso en el padre La Manna, que ahora está en el instituto Máximo de Roma. Este hombre logró hacer concreción en su colegio, uno de los más chic de Roma; logró crear con los chicos un espíritu social impresionante. Concreción. Nada de cositas etéreas. La vida espiritual concreta. El compromiso, concreto. La vida de amistad, concreta. Concreción. Es con esto que salvaremos al hombre. Pero vuelvo sobre el diálogo con los viejos. Por favor, háganlo antes de que sea demasiado tarde. Porque es un ancla que puede salvar a nuestra juventud.

Viendo el testimonio que ha caracterizado a la Compañía de Jesús en Centroamérica, ¿qué piensa que podemos aportar a la Iglesia universal?

En América ustedes fueron pioneros en los años de las luchas sociales cristianas. Ustedes fueron pioneros. Si el padre Arrupe escribió la Carta sobre los cristianos y el «análisis marxista» para hablar de la realidad en la teología de la liberación, fue porque había algún jesuita que por ahí se confundía un poco. No por mala intención pero se confundía, y entonces el padre tuvo que poner las cosas en su sitio. En el foco. En aquel entonces el que condenaba la teología de la liberación, condenaba a todos los jesuitas de Centroamérica. Yo he escuchado condenas terribles. Y el que la aceptaba, aceptaba todo sin distinguir. De todas maneras, la historia ayudó a discernir y a purificar. Son procesos de purificación. Pero si no me equivoco, ustedes fueron pioneros, con sus propios pecados, con sus propios errores, pero pioneros al fin.

En aquel tiempo, un día tomé el avión para ir a una reunión. Salía de Buenos Aires, pero, como el boleto era más barato, hice escala en Madrid, para después ir a Roma. En Madrid subió un obispo de Centroamérica. Lo saludé, me saludó; nos sentamos juntos y empezamos a hablar. Yo le pregunté por la causa de Romero, y él me dijo: «Ni hablar. Ni hablar. Sería canonizar el marxismo». Ese fue el introito. Después siguió. Dentro del mismo episcopado había visiones diferentes, incluso condenatorias de la línea de la Compañía. De hecho aquel obispo pasó de criticar a Romero a criticar a los jesuitas de Centroamérica. Pero no era el único que pensaba así. En aquella época, otros miembros de la jerarquía eran muy cercanos a los regímenes de entonces, se respaldaban en ellos.

En una reunión en Roma me encontré con un provincial que estaba tachado de izquierdista. Yo le pregunté sobre la teología de la liberación, y él me dio un panorama muy objetivo, incluso crítico con algunos jesuitas, pero haciendo ver cuál era la dirección positiva; a quien veía todo esto desde afuera, en cambio, todo le parecía muy muy difícil de aceptar. La idea era que canonizar a Romero era imposible porque ese hombre no era ni siquiera cristiano, ¡era marxista! Y por lo tanto lo atacaban. Pero en aquella tempestad había también un germen bueno. Que algunos exageraron, sí, pero después volvieron. Siempre ha habido exageraciones.

Hubo alguno que dijo cosas más fuertes que otros, es verdad, pero lo sustancial era distinto. Ustedes estuvieron de lleno en medio del zafarrancho. Y sería lindo que releyeran la historia de esos hombres. Había personas como Rutilio, que nunca se bandeó e hizo todo lo que tenía que hacer. Ideológicamente Rutilio no se bandeó nunca, y en cambio hubo algún otro que por ahí un poco se bandeaba, porque estaba enamorado de la filosofía de tal autor y con esa base releía e inspiraba los hechos. Pero son cosas humanas, comprensibles en coyunturas humanas difíciles.

Las dictaduras que tuvieron ustedes en Centroamérica fueron de terror. Lo importante es no dejarse ganar por la ideología ni de un lado ni de otro, y menos de la peor de todas, que es la ideología aséptica. «No te metas»: esta es la ideología peor. Era la actitud de aquel obispo que encontré en el avión, que era un aséptico.

Arrupe sobre esto era muy claro en el discernimiento que hacía. Los defendía a todos, pero después le ajustaba en privado a cada uno lo que le tenía que ajustar, si le tenía que ajustar algo. Eso es típico del superior, defender a todos… Y por eso es importante la cuenta de conciencia, porque allí se ajustan los tornillos donde se tienen que ajustar. Esta es mi opinión.

Y hoy, nosotros los viejos nos reímos cuando vemos las preocupaciones que tuvimos con la teología de la liberación. Lo que por ahí fallaba era la comunicación hacia afuera de cómo estaban las cosas en verdad. Había muchas maneras de interpretarla. Es verdad que algunos cayeron en el análisis marxista. Pero les cuento algo divertido: el gran perseguido, Gustavo Gutiérrez, el peruano, concelebró la Misa conmigo y con el que era entonces prefecto de la Doctrina de la Fe, el Cardenal Müller. Esto fue porque Müller me lo trajo como amigo suyo a concelebrar. Si alguno en aquella época hubiera dicho que el prefecto para la Doctrina de la Fe habría llevado a Gutiérrez a concelebrar con el Papa, habrían dicho «este tomó de más».

La historia es maestra de la vida. Uno va aprendiendo. Una de las cosas que a mí me hizo mucho bien en una época de mi vida, fue leer la Historia de los Papas de Ludwig von Pastor… un poco larguita, ¡37 tomos! Ahí descubrí sobre todo la época de la expulsión de la Compañía… pero no solo eso. La historia nos enseña. Sin ir tan lejos, les recomiendo que lean los cuatro tomitos de Giacomo Martina, gran profesor de la Gregoriana, sobre la historia de la Iglesia de Lutero a nuestros días. Se leen bien, porque tiene una linda prosa. Los va a ubicar en los problemas del modernismo… Ir a la historia para entender las situaciones. Sin condenar personas y sin santificarlas antes de tiempo. No sé si te respondí…

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Fuente: https://www.civiltacattolica-ib.com

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