El sueño tiene latido. Una economía al servicio de la comunidad

Publicado: Lunes, 26 Noviembre 2018
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Compartimos un artículo sobre la experiencia del Grupo Cooperativo Yomol A´Tel, escrito por Oscar Rodríguez, coordinador de la red COMPARTE y director de Instituto Superior Intercultural Ayuuk.

Para los pueblos y comunidades tseltales mayas de la zona montañosa del sureste mexicano, exportar su café orgánico certificado y venderlo en sus propias cafeterías de especialidad en las principales ciudades del país, posibilita reforzar la red de interacciones sociales e interdependencia afectiva de su raigambre comunitaria. Asimismo, les permite satisfacer parte de su necesidad económica ya no bajo el sinónimo de sometimiento y explotación, sino como ejercicio de capacidades independientes nuevas y realización de acciones colectivas.

Yomol A’tel

El grupo de cooperativas Yomol A’tel (‘juntos trabajamos, juntos caminamos, juntos soñamos’, en lengua tseltal), nace de un sueño en el año 2002 en el municipio de Sitalá, con la vocación de aprender de las experiencias y fracasos anteriores. Todo ello desde el propio modo de imaginar, de pensar, de relacionarse y de aprender de la cosmovisión indígena, en un territorio sujeto al esquema intermediarista de control local y a las múltiples interferencias económicas y políticas propias del mercado global del café.

Así pues, se organización Ts’umbal Xitalha’, concebida como red de afiliación, negociación, solidaridad y pertenencia, y desarrollada para proteger y promover los intereses y aspiraciones de las familias miembro. Como punto de partida se opta por la producción agroecológica de las parcelas para poder ofrecer alimentos sanos a las familias y a los consumidores, y también reforzar así el manejo adecuado de los sistemas agroforestales cafetaleros de pequeña escala sin dañar su entorno ecológico. La red empezó con 22 familias de una comunidad y actualmente agrupa a 272 familias de 55 comunidades agrupadas en diez regiones. Además, aprende de las experiencias pasadas, como por ejemplo que habría que dejar de vender materia prima e incorpora a su aprendizaje la etapa del procesamiento de su producto, lo que implica también dejar la lógica de venta por volúmenes altos a otra lógica que enfatiza la calidad procedente de las variedades arábicas y del rango de altura propio de los bosques de niebla (1000 a 1500 metros sobre el nivel del mar).

Señala Boaventura Sousa (2011) que «las alternativas de producción no son solamente económicas» y recalca la dimensión holística que es propia de las alternativas que surgen desde las periferias del sistema actual: «su potencial emancipador y sus perspectivas de éxito dependen, en gran medida, de la integración que logren estos procesos de transformación económica con los procesos culturales, sociales y políticos». El paso dado en la integración de la cadena de valor, representa el reto de asumir un nivel de complejidad que no era posible sin la visión de defensa de la riqueza producida en la región, del derecho indígena al desarrollo integral y de la necesidad de participar de manera proactiva y propositiva dentro del ámbito de la sociedad civil organizada, inmersa en la construcción de otro mundo posible.

Devolver la dignidad al trabajo

La «Escuela de Café», nombre dado a la planta tostadora con sus instalaciones, equipos, laboratorio y procesos novedosos para la organización, posibilita rupturas cognitivas y condiciones de aprendizaje en la experiencia local de dominación y de fracaso; rupturas en la disposición espontánea (modos de ver, sentir y actuar), en los comportamientos existentes derivados de la visión del «productor tradicional» y en las operaciones prácticas (propias del oficio y de las maneras de comercializar y de llevar su economía).

Se crearon así nuevas posibilidades organizativas, educativas, de profesionalización y de colaboración social, algo inédito en los núcleos familiares y en la región que impelía a decidir nuevas formas de ser. Se aspiraba ya no solamente a salirse del control y abusos de los intermediarios, a incrementar el precio de su producto, a mejorar el ingreso familiar y tener acceso a mejores condiciones de mercado, sino a un nuevo posicionamiento, aspirando al ciclo económico completo, en particular a la reproducción comunal de los recursos propios, a la reinversión de utilidades para atender otras necesidades de la población.

Un acontecimiento particular se volvió definitivo para cambiar la percepción de su trabajo cotidiano. Hasta ese momento, los productores locales quedaban excluidos de las etapas posteriores al cultivo y cosecha del grano (descascarillado, selección de grano por tamaño, peso y color, diversidad de tuestes, molienda, elaboración de mezclas y preparación de bebidas con diversos métodos de extracción), y no tenían acceso a la cata de su café para determinar la calidad y valoración por puntos en taza. Es decir, desconocían la importancia de las características físicas y químicas del producto de su trabajo… En cambio, probar, examinar, determinar el sabor de su café a partir de la evaluación sensorial –que por primera vez su cuerpo la vivía–, constituyó la experiencia que dio forma a la oportunidad organizativa, educativa, de profesionalización y de colaboración social mencionada antes. En otras palabra, una experiencia fundante que devolvió dignidad al trabajo y dotó de esperanza al renovado esfuerzo asociativo emprendido.

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Fuente: http://desarrollo-alternativo.org

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