Entre dogmatismo, escepticismo e indiferencia. Por: Vicente Durán, S.J.

Publicado: Viernes, 04 Enero 2019
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Notas sobre filosofía de la historia.[1]

Por: Vicente Durán, S.J.

 

No resulta para nada descabellado pensar que la reflexión filosófica sobre la historia es uno de esos que Kant llama “especie de conocimientos” en los que la razón humana termina siendo “acosada por cuestiones que no puede apartar, pues le son propuestas por la naturaleza de la razón misma, pero a las que tampoco puede responder, porque superan las facultades de la razón humana” (Crítica de la razón pura, A VII). De ser así, la pregunta por la historia, por su origen y su meta -es decir por su sentido- sería una pregunta que contiene, ella misma, una paradoja: para la razón humana resulta inevitable plantearla, pero en la medida en que es asumida por ella, la razón ha de reconocer que no la puede responder del todo porque la pregunta supera sus propias facultades. En ese sentido puede uno asumir que, para el filósofo alemán, la pregunta por el sentido de la historia es semejante a la pregunta por la existencia de Dios, del alma o de la libertad humana: al plantearlas, la razón acaba siendo conducida por ella misma, a arremeter contra unos límites que la superan, que no le permiten avanzar hasta donde ella querría: comprender el origen, el fin, y el sentido de la historia.

Ante esa paradoja puede haber dos alternativas. La primera está representada  por aquellos que dogmáticamente afirman que sí es posible encontrar una respuesta a la pregunta sobre el origen y el sentido de la historia. Dentro de ese horizonte observo tres modalidades: (i) el marxismo, para el cual lo que mueve la historia son los sistemas y las relaciones de producción; para los marxistas -por supuesto que en un sentido muy general del término- el sentido histórico del progreso histórico está en la conciliación política de fuerzas y sistemas productivos, que en la fase del capitalismo están separadas mediante la oposición irreconciliable entre capital y trabajo. La historia avanza en el la medida en que se vaya acercando a esa conciliación. Un camino semejante, pero contrario, es el tomado (ii) por la teoría de The End of History and the Last Man (1992), de Francis Fukuyama –¿neo-hegeliano de derecha?- para quien la historia es movida por el deseo de reconocimiento; para él, el fracaso del comunismo representa el fin de los debates ideológicos como orientadores de la economía, de modo que el reconocimiento -motor de la historia- se dará ya no en lo ideológico, sino al interior del liberalismo, es decir, dentro del sistema actual. También habría que incluir dentro de esta primera alternativa (iii) a las religiones reveladas para las cuales el sentido de la historia es -o ha sido- revelado por Dios; Judaísmo, Islam y Cristianismo tienen dentro de sí, cada uno a su manera, peligrosas tendencias a involucrar a toda la humanidad -o en el caso del judaísmo al pueblo elegido- dentro de una finalidad histórica conocida y aceptada sólo por quienes se consideran receptores de dicha revelación.[2]

La otra alternativa es aquella que nos lleva a reconocer que, si bien no es posible conocer e identificar lo que Jaspers llama Ursprung und Ziel der Geschichte (Origen y meta de la historia), sí podemos, y bien vale la pena hacerlo, reflexionar críticamente sobre ella. Es verdad que no podemos conocer la historia a la manera como conocemos las leyes naturales, es decir, con las características propias de un conocimiento universal y necesario. Tampoco podemos formular leyes históricas al modo en que formulamos la ley moral, esto es, con una objetividad obligante que provenga exclusivamente de la estructura racional del ser humano. Ello no significa, sin embargo, que la razón no pueda avanzar algo, aunque sea poco, en esa peculiar reflexión crítica que hoy conocemos como filosofía de la historia.

De hecho sabemos que Kant le dedicó  a ese tipo de indagación algunos escritos de madurez que hoy -en medio del dogmatismo de algunos, del escepticismo de otros, y de la indiferencia de la mayoría- resultan de no menor actualidad y relevancia: Idea de una historia universal en sentido cosmopolita (1784), Comienzo presunto de la historia humana (1786), El fin de todas las cosas (1794), y Si el género humano se halla en progreso constante hacia mejor (publicado en 1798 como segunda parte de El Conflicto de las facultades). En efecto: mientras que algunos ya saben para dónde va la historia y por lo tanto no dudan acerca de qué debemos hacer todos los seres humanos para hacerla avanzar hacia una meta inapelable, y otros creen que no hay que hacer nada substancial porque la historia ya llegó a dónde debía o tenía que llegar, Kant, quien, gracias a que durante toda su vida tuvo que moverse entre el dogmatismo de unos y el escepticismo de otros, produjo un pensamiento propio que no le rinde culto ni a unos ni a otros y ofrece una serie de ideas sobre filosofía de la historia a las que vamos a intentar acercarnos para ver si ayudan o no a salir del atolladero filosófico-histórico en el que nos encontramos.

Algo similar habría que decir de las ideas de Karl Jaspers (1883-1969) sobre la historia en Origen y meta de la historia, obra publicada en 1949, apenas cuatro años después de haber concluido la Segunda Guerra Mundial. Más allá de la pregunta por el significado de la hecatombe alemana, hecho histórico que marcó su existencia y la de toda una generación[3], Jaspers reflexiona en Origen y meta de la historia sobre el marco general más amplio que quepa concebir para tratar de comprender hechos históricos concretos y recientes, pero también pretéritos y futuros. Sin ese marco, sin una referencia filosófica más amplia, ningún hecho histórico podría encontrar su más hondo y real significado.

Por otra parte, tenemos que una concepción razonablemente positivista de la historia estará siempre atenta a llamarnos la atención sobre esto: para comprender el acontecer histórico, lo primero que requerimos no es de una filosofía de la historia sino de datos históricos confiables, depurados, correctamente interpretados. Filósofos, teólogos y políticos de todas las tendencias ideológicas con frecuencia ponemos de manifiesto nuestra inevitable tendencia a descubrirle, darle o –lo que es peor- imponerle un sentido y una orientación a la historia a veces por encima, otras veces en contra, pero casi siempre de espaldas a los datos históricos. La historia, hay que decirlo así, es, en últimas, interpretación de hechos  a partir de fuentes y documentos con los cuales es posible elaborar algún tipo de narración comprensible y creíble. ¿Cómo se relacionan los datos históricos y la filosofía –o la teología- de la historia?

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[1] Estas reflexiones constituyen un primer acercamiento al tema. Por eso pueden parecer un tanto desordenadas e incompletas. Lo que sí buscan es motivar la discusión y la crítica a fin de ir construyendo una propuesta que dé razón de una más amplia concepción de la historia.

[2] A mi modo de ver, la única posibilidad de liberar a las religiones –y no sólo al cristianismo- de esa tendencia es afirmar, de manera clara e inequívoca, que para las religiones, si bien hay una finalidad en la historia, esta es meta-histórica, es decir, de ninguna manera sólo-histórica, o en términos cristianos, escatológica, esto es, que comprende la historia pero la trasciende.

[3] Jaspers formula y responde la pregunta por el significado histórico del Tercer Reich en sus lecciones del semestre 1945/46, publicadas en español como El problema de la culpa. Sobre la responsabilidad política de Alemania (Paidós, Barcelona 1998).

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