Posverdad y ética de los actores cristianos. Por: Pablo Mella, S.J.

Publicado: Viernes, 30 Noviembre 2018
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Por: Pablo Mella, S.J.              
Instituto Superior Bonó

 

Un nuevo término ha ganado popularidad en los últimos años a nivel mundial: posverdad[1]. En 2016, “post-truth” fue nombrada palabra del año por la sociedad editora del Diccionario Oxford. Esta instancia académica de la lengua inglesa define posverdad como «lo relativo a circunstancias en que los hechos objetivos tienen menos influencia para definir la opinión pública que apelar a la emoción y a las creencias personales». Posverdad se tiene como sinónimo de «verdad emotiva». De acuerdo a los Diccionarios Oxford, la palabra ganó más importancia recientemente, y se comenzó a usar como adjetivo calificativo de la manera contemporánea de hacer política (post-truth politics; política de la posverdad). Ahora bien, quienes se valen entusiastamente de este neologismo quieren alertar sobre la tendencia actual a distorsionar deliberadamente las realidades sociales con el propósito de crear y modelar la opinión pública e influir en las actitudes ciudadanas y en la toma de decisiones estatales.

Gracias a su creciente aceptación a escala mundial, la palabra fue introducida en el año 2017 en el diccionario de la lengua española. Quedó definida así: «De pos- y verdad, trad. Del ingl. post-truth. 1. f. Distorsión deliberada de una realidad, que manipula creencias y emociones con el fin de influir en la opinión pública y en actitudes sociales. Los demagogos son maestros de la posverdad». Desde entonces, forma parte también del español latinoamericano normado.

En lengua portuguesa, el uso masivo de la palabra tampoco se hizo esperar. A comienzos de 2017, el Google registraba más de nueve millones de entradas en esa lengua que se referían al término[2]. El fenómeno tocaba igualmente a Portugal y el Brasil, como a otros países de habla lusa. El diccionario portugués en línea Priberam añadía algunos elementos a la definición del diccionario de la lengua española: «1. Conjunto de circunstâncias ou contexto em que é atribuída grande importância, sobretudo social, política e jornalística, a notícias falsas ou a versões verosímeis dos factos, com apelo às emoções e às crenças pessoais, em detrimento de factos apurados ou da verdade objectiva (ex.: a mentira e os boatos alimentam a pós-verdade; o tema do momento é o pós-verdade nas redes sociais)».[3]

Como ejemplifica este diccionario portugués al recuperar el sentido inglés original (no significa una mentira deliberada en la esfera pública, sino las circunstancias que favorecen esa mentira), el concepto de posverdad ha tenido un gran impacto social por la novedad comunicativa de las redes sociales, las cuales se han visto potenciadas con el uso masivo de teléfonos inteligentes (smartphones).

Vale la pena que nos ocupemos de este fenómeno, que tiene interés filosófico porque entraña una problematización inédita del clásico concepto de verdad[4]. Aquí nos proponemos reflexionar en el ámbito de la ética política, desde el contexto latinoamericano y con perspectiva cristiana, no tanto de la metafísica, la gnoseología o la filosofía del lenguaje. Para nuestros propósitos, servirán de inspiración unas consideraciones del papa Francisco.

Lo que preocupa a quienes reflexionan sobre la posverdad

Quienes se han dado a reflexionar en torno al tema, se preocupan sobre todo porque en los tiempos de posverdad que serían los nuestros[5], los hechos objetivos tienen menos peso que las apelaciones a las emociones y a las creencias personales. Dicho de otro modo, la verdad de la realidad se diluye en lo que cada uno siente, prescindiendo de lo que se concluye a partir de un estudio ponderado y sistematizado de los acontecimientos.

Para el periodista español Rubén Amón, «la posverdad puede ser una mentira asumida como verdad o una mentira asumida como mentira, pero reforzada como hecho compartido en una sociedad»[6]. Esta explicación da una idea de por qué se acuña la palabra anteponiendo el prefijo «post» al lexema «verdad». Se trata de un momento histórico, el presente, en que, sencillamente, ni la realidad ni las evidencias cuentan para construir lo social. Lo que importa es lo que se asume emocionalmente y que esto que se asume emocionalmente sea compartido por un número suficiente de personas con quienes se simpatiza.

El resultado del avance de la posverdad, desde el punto de vista antropológico, es una creciente disociación entre cognición y emoción. Las consecuencias éticas son fáciles de adivinar: se trata de la consagración masificada del emotivismo. No faltan quienes piensan que la posverdad anuncia el fin de la razón, llevando a sus máximas consecuencias los discursos desconstructivistas del posestructuralismo[7]. Quizá esta conclusión resulta algo extrema; pero puede asumirse como una tendencia cultural a la que debe prestarse atención.

Esta reflexión antropológica tiene implicaciones políticas. Apunta a una preocupación legítima: que se siga extendiendo la práctica de inventar realidades que responden a los deseos del que las modela y que se imponga la posibilidad de convencer a las personas de que su vida diaria no es la que realmente viven, sino la que determinados líderes de opinión describen a través de las nuevas tecnologías de comunicación. En otras palabras, el triunfo de la posverdad puede traer como consecuencia que se viva conforme a la fabulación política y que se renuncie definitivamente a comprender de manera responsable y compleja los fenómenos que afectan con injusticias la vida contemporánea.

La historia del término

Se considera que el término post-truth fue usado originalmente por el escritor Steve Tesich para referirse a la manera en que se cubrió mediáticamente el caso Watergate y la Guerra del Golfo en 1992[8]. En la cobertura de noticias el público norteamericano, como consumidor de noticias, prefería hacerse eco de lo que sentía, no de lo que realmente estaba aconteciendo.

En 2004, el ensayista norteamericano Ralph Keyes usó el concepto «era de la posverdad» en su libro The post-truth era: dishonesty and deception in contemporary life[9]. De esta forma, daba a la falta de honestidad y al engaño deliberado un estatuto epocal. La tesis es que en el siglo XXI se inaugura un período histórico en el que la verdad, los hechos, los datos duros, han dejado de importar. Este juicio puede ser algo desmesurado, pero al menos nos señala la envergadura del fenómeno que nos ocupa. En ese mismo año, el politólogo Colin Crouch popularizaba la noción de posdemocracia, para referirse a una práctica política orientada a ganar las elecciones valiéndose de la manipulación de los medios de comunicación social y del lobby[10]. Para ganar unas elecciones hoy día lo más importante no es el contenido del programa de gobierno, sino la imagen de simpatía del candidato que se logre crear a través de sofisticadas campañas publicitarias, junto a las intrincadas técnicas de incidencia que implica la actividad lobbística. Como puede verse, las tesis de Keyes y Crouch acabaron apuntando en la misma dirección[11]. Pero Crouch subraya con más decisión la importancia del poder de las grandes empresas transnacionales de la globalización, algo que también se debe de tener en cuenta para abordar integralmente el fenómeno de la posverdad.

En 2015, Jayson Harsin, un académico norteamericano que estudia la relación entre medios de comunicación y política, acuñó la expresión «régimen de posverdad», recreando (update, dice el autor) la noción foucaultiana de «régimen de verdad»[12]. Ya no se trata simplemente de señalar una nueva sensibilidad histórica, de tipo cultural. Se trata de reconocer que la posverdad es producto de un conjunto de cambios institucionales y de la convergencia de distintos recursos científicos y tecnológicos que antes no existían. Como trasfondo de todo, se encuentra la economía neoliberal globalizada que hace pasar por el filtro del mercado todas las relaciones sociales. En lenguaje foucaultiano, se trata de un auténtico dispositivo[13]. En primer lugar, está el fenómeno de las redes sociales y de la comunicación instantánea de noticias impactantes a un gran público. En segundo lugar, estaría la acumulación de los medios de comunicación en pocas manos, lo que limita cada vez más una prensa auténticamente libre. En tercer lugar, se encuentra el desarrollo del marketing 2.0, un área de los estudios de mercadotecnia que se vale de los algoritmos de visitas en internet para predecir y condicionar el comportamiento de consumo de las personas (es el saber conocido como «analítica predictiva», que actúa interdisciplinariamente con las investigaciones de ciencia cognitiva interesadas en la manipulación de los afectos). En último lugar, estaría el uso de esos recursos mercadotécnicos para ganar elecciones con verdades aparentes[14]. Dado este conjunto de cambios, estaríamos pasando de sociedades disciplinarias (las que imponen verdades desde aparatos centralizados) a sociedades de control (las que someten la verdad a las preferencias afectivas, propias del mercado neoliberal, desde redes descentralizadas y fragmentadas).

En los últimos dos años, el uso del término posverdad ha ganado terreno específicamente con la manera en que hace política el actual presidente de los Estados Unidos, Donald Trump y con los recursos manipuladores que se utilizaron en el proceso de salida de Inglaterra del espacio europeo (el llamado Brexit)[15]. El muro que dividiría a México de Estados Unidos es una falsa noticia (fake news) para polarizar la opinión pública, no para buscar una solución justa y equitativa a relaciones bilaterales que nunca estarán exentas de tensiones y conflictos.

Por lo tanto, la pertinencia y novedad del término posverdad se entienden mejor cuando se asocia al modo emotivo en que se esparcen las noticias en los actuales medios tecnológicos de difusión de la información y el impacto que tienen estas noticias emotivas en los procesos de votación ciudadana de diversa índole.

Cómo se forma la posverdad: el protagonismo de las redes sociales

La formación de una posverdad depende esencialmente de cómo funcionan las nuevas redes sociales[16]. Gracias a este valioso instrumento, cualquier persona con un teléfono inteligente puede compartir una foto, un video, una composición fotográfica con un mensaje o un tuit. El problema está en que tiene la posibilidad de dar apariencia de verdad a lo que en realidad es una composición subjetiva de un material visual o auditivo.

El primer paso de la posverdad es la difusión por las redes sociales de una noticia impactante, que puede ser falsa o verdadera, pero manipulada. La difusión se facilita sobre todo porque los usuarios tienen como contactos en sus redes sociales a personas cercanas o a personajes que admiran y que consideran como un referente social.

El segundo paso es que esta noticia impactante se hace viral por las redes sociales. Como sabemos, las noticias impactantes que se hacen virales por las redes conectan más con la sensibilidad a flor de piel de las personas que con la construcción paciente de una comprensión compleja de los fenómenos.

El tercer paso es que los medios tradicionales, para estar a la altura del fenómeno comunicativo que son las redes, retoman la noticia y la refuerzan, otorgándoles implícitamente un rango de veracidad que no tienen.

El cuarto paso es que cuando la noticia ya viralizada es desmentida o contextualizada no tiene el mismo impacto. El ejercicio de prudencia queda anulado por el efecto emotivo del primer momento.

El quinto y último paso es que, como la aclaración no se expande o no impacta la sensibilidad de la gente en la misma proporción, la noticia manipulada se convierte en una verdad.

La posverdad está unida, pues, a la voracidad emotiva con que hoy se consumen los mensajes que llegan a través de las nuevas tecnologías de la comunicación que ya están al alcance de casi todo el mundo.

Los actores cristianos en el contexto latinoamericano

En Latinoamérica, la posverdad se hace más patente con temas que resultan altamente emotivos para el colectivo ciudadano. Tomo ejemplos de tres países latinoamericanos diferentes, para mostrar cómo la posverdad puede atingir a cualquier campo social en el contexto latinoamericano actual. Por la identidad jesuita de nuestro grupo, concluiremos haciendo referencia a la implicación de cristianos en el juego de la posverdad.

Los primeros ejemplos elegidos vienen de Chile[17].  En julio de 2015, al final del día, se difundió un mensaje por WhatsApp advirtiendo el paro nacional de las estaciones de gasolina. La noticia produjo enormes filas en la capital, Santiago. En otra ocasión, diversas personas e instituciones que se valen de Facebook para comunicarse aseguraban que el gobierno estaba ocultando más de doscientos cadáveres en el Servicio Médico Legal de Copiapó, producto de los deslaves que se produjeron por lluvias en marzo de 2015. La noticia se dio como verdadera a pesar del número de víctimas puntualmente reportado por las autoridades públicas y a pesar del hecho fácilmente constatable de que no había denuncias de familiares de la zona afectada buscando a seres queridos desaparecidos. Al final, los muertos eran 31 y 16 los desaparecidos; ninguna de las víctimas estaba escondida. Por último, los científicos sociales chilenos registran la resistencia creciente de las personas a vacunar a sus hijos contra enfermedades controladas, alegando que hacen daño en contra de la masiva evidencia acumulada durante años por las prácticas de salud pública y las investigaciones científicas.

El segundo ejemplo procede de Colombia y puede considerarse paradigmático para América Latina. En buena medida, el triunfo del “No” en el referéndum para ratificar los acuerdos de paz colombianos, celebrado en 2016, se debió al manejo de fake news[18]. Este caso constituye un importante referente para el tema que nos ocupa por las consecuencias sociales que acarreó. En los meses previos al plebiscito, las posiciones encontradas se enfrentaron frenéticamente en las redes. A pesar de que muchos de los argumentos eran evidentemente falsos, acabaron penetrando las conciencias y moviendo en dirección al No a una parte decisiva la opinión pública colombiana; se ganó por el estrecho margen de 58 mil votos. Por ejemplo, se aseveró que la llegada de las FARC a la vida civil colombiana traería como consecuencia que «los comunistas se llevaran a nuestros hijos y, además de todo, también a nuestras mujeres». En el mismo tenor, se afirmó contundentemente que el No era el paso previo para la instalación del «castrochavismo» en el país y la imposición de la «ideología de género». Los resultados fueron la reafirmación del uribismo en Colombia, que llevaron un año después a la consecuente victoria electoral de su candidato, Iván Duque.

Meses antes de llevarse a cabo el plebiscito, el 7 de julio de 2016, el presidente Juan Manuel Santos pronosticó que la posverdad era un enemigo importante del proceso. Tomó como ejemplo explícito el caso del Brexit, al dirigirse a un grupo de jóvenes beneficiaros de apoyos financieros gubernamentales:

Estamos próximos a firmar un acuerdo de paz definitivo con las FARC [Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia], espero que pronto ese acuerdo será refrendado por los colombianos. ¿Se han preguntado cómo participarán ustedes de esta decisión? Y no me refiero a si votarán a favor o en contra del acuerdo, sino a su nivel de conciencia sobre la importancia de este tema. Miren lo que acaba de pasar en Reino Unido: allí votaron por abandonar la Unión Europea. Y solo después de haberlo decidido así, la gente empezó a informarse sobre el tema (…) ¿Vamos a enterarnos de las consecuencias de seguir en guerra después de que se vote? ¿Vamos a dejar que otros decidan por nosotros y nos impongan el regreso del conflicto armado?[19]

Ya metidos en la campaña, el articulador de la campaña por el No, Luis Carlos Vélez, hizo unas declaraciones al periódico La República que dejan pocas dudas sobre la razón que explica la orientación tomada por el voto de los indecisos. Vélez dijo claramente que su estrategia no se centraba en contrarrestar los argumentos del gobierno, sino más bien en activar emociones negativas:

Descubrimos el poder viral de las redes sociales. Por ejemplo, en una visita a Apartadó, Antioquia, un concejal me pasó una imagen de Santos y [el comandante guerrillero] Timochenko con un mensaje de por qué se les iba a dar dinero a los guerrilleros si el país estaba en la olla. Yo la publiqué en mi Facebook y al sábado pasado tenía 130.000 compartidos con un alcance de seis millones de personas. (…) Unos estrategas de Panamá y Brasil nos dijeron que la estrategia era dejar de explicar los acuerdos para centrar el mensaje en la indignación.[20]

El tercer ejemplo lo tomo de República Dominicana. Por décadas, los dominicanos han sido socializados y educados en una ideología antihaitiana irracional. Este sentimiento pseudopatriótico se ha profundizado en los últimos tiempos con el uso de las redes sociales. En República Dominicana se ha dicho de todo por las redes y se prefiere creer en noticias falsas sobre el tema, aun sabiendo que no pueden ser verdaderas. Se ha dicho que hay tanques de guerra en la frontera listos para invadir y que fueron ofrecidos por Francia como parte del plan fusionista de ambas naciones patrocinado por las grandes potencias mundiales, para sacarse de arriba «el problema haitiano»; se ha afirmado que un grupo de cristianos pentecostales conformaban un ejército de invasión porque en las camisetas que usaron para un encuentro decía «este territorio es para Cristo»; se ha sostenido que la inmigración desestabiliza la economía dominicana y que constituye un peso insoportable. En la misma onda xenófoba y racista, se ha afirmado que los dominicanos de ascendencia haitiana nacidos en territorio nacional antes de 2010 no tienen derecho a la nacionalidad y que los hospitales materno-infantiles no funcionan bien porque están llenos de parturientas haitianas. Se repiten una y otra vez videos sobre confrontaciones pasadas entre algunos dominicanos con residentes haitianos como si estuvieran sucediendo en el presente. No ha faltado quienes hayan subido enfrentamientos de grupos en África para decir que esas escenas violentas están pasando en el territorio nacional. Se ha llegado a acusar al presidente de la República de responder al plan internacional de fusión de ambas naciones. Lo trágico es que por más que se explica que las cosas no han pasado así, las respuestas airadas y descalificadoras aumentan de tono en las redes, con los insultos groseros menos imaginables. Incluso se ha llegado al extremo de amenazar la integridad física de reconocidos periodistas y activistas sociales.

A partir de este último ejemplo, pasemos a una aplicación a la ética de los actores cristianos. El tema ofrece un campo nuevo de pesquisa, ya que, se supone, la moral cristiana predominante en América Latina serviría de contención a prácticas sociales que violan la integridad de los hijos e hijas de Dios. Desgraciadamente, el régimen de posverdad también desestabiliza la fuente cristiana de moralidad en este escenario latinoamericano. Es triste ver que en las redes de exalumnos de colegios católicos (entre los que destacan exalumnos jesuitas) prime la posverdad sobre el delicado asunto de las relaciones dominicano-haitianas, un asunto que solo podrá enfrentarse razonablemente con una auténtica política migratoria y con planes de desarrollo que organicen el significativo intercambio comercial que existe entre República Dominicana y Haití. En estos momentos, este intercambio comercial beneficia casi exclusivamente al lado dominicano, como lo evidencia la balanza de pagos comercial entra ambas naciones. La educación católica tiene que revisar la manera en que está enseñado la historia, la economía y los temas éticos. También la manera en que sus estudiantes se relacionan con su mundo afectivo interior, que está zarandeado igualmente por ese dispositivo que Harsyn ha denominado «régimen de posverdad».

En estos tiempos de posverdad, hay que retomar las palabras del papa Francisco con motivo de 50 Jornada Mundial de las Comunicaciones, 2016, en el contexto del Año Jubilar de la Misericordia:

También los correos electrónicos, los mensajes de texto, las redes sociales, los foros pueden ser formas de comunicación plenamente humanas. No es la tecnología la que determina si la comunicación es auténtica o no, sino el corazón del hombre y su capacidad para usar bien los medios a su disposición. Las redes sociales son capaces de favorecer las relaciones y de promover el bien de la sociedad, pero también pueden conducir a una ulterior polarización y división entre las personas y los grupos. El entorno digital es una plaza, un lugar de encuentro, donde se puede acariciar o herir, tener una provechosa discusión o un linchamiento moral. Pido que el Año Jubilar vivido en la misericordia «nos haga más abiertos al diálogo para conocernos y comprendernos mejor; elimine toda forma de cerrazón y desprecio, y aleje cualquier forma de violencia y de discriminación» (Misericordiae vultus, 23). También en red se construye una verdadera ciudadanía. El acceso a las redes digitales lleva consigo una responsabilidad por el otro, que no vemos pero que es real, tiene una dignidad que debe ser respetada. La red puede ser bien utilizada para hacer crecer una sociedad sana y abierta a la puesta en común.[21]

Los cristianos no debemos aumentar la división y el odio produciendo o reproduciendo noticias emotivas que no ayudan a comprender la complejidad de los problemas sociales de hoy en día. Decir cualquier cosa por las redes no es un derecho, como algunos exalumnos de los jesuitas piensan. La mentira no es un derecho; las impresiones no constituyen una base sólida para enfrentar problemas sociales que son multidimensionales. La democracia no se construye sobre reacciones impulsivas, ancladas en miedos atávicos o en noticias manipuladas que responden a intereses particulares de políticos, militares, empresarios y hasta religiosos que medran con el terror. Mucho menos podemos seguir considerándonos cristianos cuando nuestros sentimientos de odio nos llevan a marginar a determinadas personas; para un cristiano todo ser humano es hijo e hija de Dios.

Renunciar a la posverdad es condición necesaria para seguir a Cristo en estos tiempos de comunicación instantánea, gracias a las nuevas tecnologías informáticas y las transmisiones satelitales. No es el uso compulsivo de la tecnología lo que nos redime; nos redime el amor que nos impulsa a buscar la verdad y la justicia en toda situación, por complicada que sea.

 

 

[1] Michael Peters, «Education in a post-truth world», Educational Philosophy and Theory, (January 2017), pp. 1-4;  DOI: 10.1080/00131857.2016.1264114

[2] Gabriel Priolli, «A era da pós verdade», #Carta. Ideias em tempo real, 13 de enero de 2017, recuperado el 3 de julio de 2018 de https://www.cartacapital.com.br/revista/933/a-era-da-pos-verdade

[3] "Pós-verdade", en Dicionário Priberam da Língua Portuguesa [em linha], 2008-2013, recuperado de https://www.priberam.pt/dlpo/p%C3%B3s-verdade el 03 de julio de 2018.

[4] Steve Fuller, «What Can Philosophy Teach Us About the Post-truth Condition», en M. A. Peters et al. (eds.), Post-Truth, Fake News. Viral Modernity and Higher Education, Londres, Springer, 2018, pp. 13-26, disponible en https://doi.org/10.1007/978-981-10-8013-5_2

[5] Ver el número monográfico de la revista Uno, núm. 27 (2017), titulado «La era de la posverdad: realidad vs. percepción», disponible en https://www.revista-uno.com/wp-content/uploads/2017/03/UNO_27.pdf

[6] Rubén Amón, «”Posverdad”, palabra del año», El País, 17 de noviembre de 2016, recuperado el 3 de julio de 2018 de https://elpais.com/internacional/2016/11/16/actualidad/1479316268_308549.html

[7] Ver Nesta Devine, «Beyond Truth and Non Truth», en M. A. Peters et al. (eds.), Post-Truth, Fake News. Viral Modernity and Higher Education, Londres, Springer, 2018, pp. 171-181. https://doi.org/10.1007/978-981-10-8013-5_14

[8] Catherine Legg, «‘The Solution to Poor Opinions Is More Opinions’: Peircean Pragmatist Tactics for the Epistemic Long Game», en M. A. Peters et al. (eds.), Post-Truth, Fake News. Viral Modernity and Higher Education, Londres, Springer, 2018, pp. 43-58, aquí p. 44 ss, https://doi.org/10.1007/978-981-10-8013-5_4 ; Michael Peters, «Education in a post-truth world», Educational Philosophy and Theory, (January 2017), pp. 1-4;  DOI: 10.1080/00131857.2016.1264114

[9] Ver Albert Mohler, «The Post-Truth Era–Welcome to the Age of Dishonesty», 19 de julio de 2005,

recuperado el 3 de julio de 2018 de https://albertmohler.com/2005/07/19/the-post-truth-era-welcome-to-the-age-of-dishonesty/

[10] Colin Crouch, Posdemocracia, Madrid, Taurus, 2004.

[11] Para una reflexión sistemática de la conjunción entre posmodernidad, posdemocracia y posverdad puede verse Patrick Juignet, «La post-vérité : une banale poussée idéologique?», Blog Phiosophie, Sciences et Societé, 8 de mayo de 2018. Recuperado el 5 de julio de 2018 de https://philosciences.com/philosophie-generale/philosophie-ideologie-recit-mythe/251-la-post-verite-une-banale-poussee-de-propagande-ideologique

[12] C. Legg, art. cit., pp. 44-45. Ver Jayson Harsin, «Regimes of Post-truth, Post-politics, and Attention Economies», Communication Culture & Critique, (february 2015), pp.1-7, doi:10.1111/cccr.12097

[13] Ver Giorgio Agamben, «¿Qué es un dispositivo?» Sociologica, vol. 26 (2011), núm. 73, pp. 249-264.

[14] A esto se debió la crisis que afectó a Facebook con pérdidas millonarias en la bolsa y que llevó a la quiebra a Cambridge Analityca, una firma de datos asociada a la campaña de Donald Trump, en marzo de 2018.

[15] Ver de nuevo Michael Peters, art. cit. nota 2.

[16] Ver Mariana Ardiles Thonet, «Posverdad, la precarización del conocimiento», Revista Mensaje, 24 de mayo de 2017, recuperado el 3 de julio de 2017 de https://www.mensaje.cl/posverdad-la-precarizacion-del-conocimiento-2/; Priscilla Muñoz Sanhuesa, Medios de comunicación y posverdad: Análisis de las noticias falsas en elecciones presidenciales de EE. UU. de 2016. Trabajo de fin de máster en medios de comunicación y cultura, Barcelona, Universitat Autónoma de Barcelona, 2017. Disponible en https://ddd.uab.cat/pub/trerecpro/2017/hdl_2072_293813/TFM_Priscilla_Munoz.pdf

[17] Tomado de Mariana Ardiles Thonet, «Posverdad, la precarización del conocimiento», Revista Mensaje, 24 de mayo de 2017, art. cit.

[18] María Fernanda González, «La “posverdad” en el plebiscito por la paz en Colombia», Nueva Sociedad, núm. 269 (2017), pp. 114-126, disponible en http://nuso.org/articulo/la-posverdad-en-el-plebiscito-por-la-paz-en-colombia/; Javier Solórzano Zinzel, «Entre fake news y posverdades», La Razón de México, 16 de marzo de 2018, recuperado el 4 de julio de 2018 de https://www.razon.com.mx/entre-fake-news-y-posverdades/

[19] «Palabras del presidente de la República, Juan Manuel Santos, durante la proclamación de beneficiarios de Colfuturo 2016, Bogotá, 7 de julio de 2016», citadas por María Fernanda González, art. cit., p. 116.

[20] Juliana Ramírez: «El ‘No’ ha sido la campaña más barata y más efectiva de la historia» en La República, 5/10/2016, citado por María Fernanda González, art. cit., p. 117.

[21] Disponible en https://w2.vatican.va/content/francesco/es/messages/communications/documents/papa-francesco_20160124_messaggio-comunicazioni-sociali.html

 

 

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