Arrupe y Centroamérica: historia de una pasión compartida. Por: Jesús M. Sariego S.J.

Publicado: Miércoles, 19 Agosto 2020
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...”Considero que este redescubrimiento de América Latina se funda en una percepción, por mi parte, de su fe y de su juventud; y de que es una verdadera reserva para la Iglesia por su número, por su unidad basada en una misma fe, por sus pobres que la colocan entre los preferidos de Dios, por su generosidad que la ha llevado a ofrecer mártires por la causa de la justicia. Estos caracteres hacen aparecer el continente latinoamericano con una originalidad llena de esperanza que me parece exigir de la Compañía un esfuerzo singular para conseguir que se conviertan en realidades” ... P. Arrupe. Lima, agosto

 

Con verdad se ha dicho de Pedro Arrupe que “tuvo un corazón lo bastante grande como para abrazar al mundo entero” . En ese corazón generoso - justo es decirlo- América Latina ocupó un lugar muy importante. La conoció por primera vez en 1936 con motivo de un viaje de vacaciones hasta México cuando estudiaba en Kansas, y la visitó con frecuencia en búsqueda de ayuda económica en su tiempo de Provincial del Japón. Durante sus años de General se hizo presente en las principales reuniones de los Provinciales y mantuvo un gran interés por conocer de cerca el trabajo de los jesuitas en los diversos países. No faltó a la cita en los grandes momentos eclesiales de Medellín y Puebla. Pero más allá de sus viajes, conversaciones y encuentros, en medio de su inmenso deseo de escuchar las inquietudes y búsquedas de este mundo, Arrupe llevó hasta el final de su vida en su corazón los “clamores y esperanzas” de esta parte del mundo, consciente de que, por ser un continente de raíces cristianas, en él y en aquella hora se dirimían asuntos de crucial importancia para toda la Iglesia y para la Compañía entera.

El amor fue recíproco. Los jesuitas de América Latina han profesado siempre un cariño especial por “Don Pedro”. Muchos tuvieron la oportunidad de conocerle, escucharle y departir con él en sus mismas obras apostólicas y comunidades, sin contar con quienes, sano o enfermo, llegaron a visitarle a Roma. Desde el comienzo de su Generalato sintieron que los grandes problemas con que lidiaban en sus afanes apostólicos encontraban un eco especial en el corazón de aquel hombre, que hablaba su propia lengua y sabía responder desde su indestructible esperanza, como profeta del Evangelio, a las delicadas cuestiones que les preocupaban en su honesto afán por responder a los retos apostólicos. Y es que ambos, los jesuitas de América Latina y su General, desde el Vaticano II compartían un mismo sueño: la pasión por acercar la justicia a la fe en un continente marcado a la vez por la pobreza y la creencia. Si para ellos el deseo de la justicia era tarea apasionada, para Arrupe se convirtió en mística. Era como una búsqueda propia, tal vez algo diferente de la que debían emprender otros jesuitas que vivían en ambientes donde los retos eran la increencia, la abundancia o el diálogo interreligioso. Nada de extraño tiene, por eso, el que hayan sido justamente los jesuitas de América Latina quienes hayan propuesto al resto de la Compañía, en febrero de 2001, la celebración del “Año Arrupe” cuando estaba próximo el décimo aniversario de su muerte .

La relación entre Arrupe y los jesuitas de Centroamérica, constituye sólo un breve pero importante capítulo de esta larga historia. La que al comienzo de su Generalato era sólo una Vice-Provincia pequeña, joven y sin gran peso dentro del mapa general de la Compañía, pronto se convirtió en uno de los casos test de las transformaciones que la Compañía universal vivió en los años de Arrupe. Por la peculiar situación sociopolítica de esta área de América Latina, en la que en esos años confluyeron pobreza, dictadura, lucha armada y persecución contra la Iglesia, Centroamérica fue una de las Provincias latinoamericanas donde tuvieron una incidencia más significativa. las orientaciones del P. Arrupe y el Decreto 4 de la Congregación General 32

Se podría decir que la historia de esta “pasión compartida” entre el P. Arrupe y los jesuitas de Centroamérica se desarrolló en tres actos. Hasta el año 1970 fueron tiempos de exploración, búsqueda de lucidez, acercamiento a la nueva realidad y conocimiento mutuo. Desde 1971, sobre todo con la Congregación General XXXII, fue la época de grandes opciones y de la puesta en práctica de las nuevas orientaciones, lo que se convirtió en una apuesta decidida y empeñosa a favor de los pobres y la justicia. Desde 1977, la pasión se hizo dolorosa tanto para la Compañía en Centroamérica como para su General. Para muchos de ellos se tradujo en condena, cárceles, destierros, y hasta el martirio que culminaría con la masacre de noviembre de 1989 en la UCA de El Salvador; para él, en sospechas, recelo y diez años de postración humilde. Tal vez unos y otro nunca llegaron a sentirse más cercanos que en estos momentos difíciles.

 

Los jesuitas en América Central.

Años después de las persecuciones de los gobiernos liberales que los habían expulsado de toda Centroamérica[1], la región, desde el año 1914, fue territorio misionero para los jesuitas de la Provincia de México, donde por el contrario el exilio era fenómeno frecuente. Aprovechando la cercanía del istmo centroamericano y la proximidad cultural, los jesuitas mexicanos establecieron las primeras obras de la Compañía en la zona. Primero fue en El Salvador donde acudieron llamados por el Arzobispo Antonio Pérez Aguilar para hacerse cargo del Seminario Nacional (1914) al que también acudirían seminaristas de otras diócesis de la región. Siete años más tarde abrirían el Colegio Externado como obra primero anexa y posteriormente separada del Seminario. En 1916, otro grupo de jesuitas mexicanos se instalan en Granada, Nicaragua donde lograrán poner en marcha una pequeña Academia que tres años después se transformaría en un gran internado, el Colegio Sagrado Corazón, popularmente conocido como Colegio Centroamérica. Desde estos dos puntos de partida se extenderían a las residencias de Jalteva, y Managua. En 1939, y por solicitud del Arzobispo Rossell y Arellano los jesuitas regresaron a Guatemala donde habían trabajado en el siglo anterior. Primero trabajaron en el Seminario y desde 1952 se establecieron el Liceo Javier y en la Iglesia de la Merced.  

En el caso de Panamá, un pequeño grupo de jesuitas pertenecientes a la Misión Colombiana de la Provincia de Castilla mantuvo un modesto trabajo pastoral aprovechando la coyuntura favorable de un Arzobispo jesuita que les confió tareas parroquiales en la ciudad. En 1939 abrían los locales de un centro educativo que en 1948 se transformaría en el Colegio Javier. En 1956, los jesuitas regresaron también a Costa Rica para hacerse cargo de la Parroquia de Lourdes, en la zona universitaria de San José.

A partir de febrero de 1937, la región centroamericana, excluida Honduras, dejó de ser una Misión de la Provincia Mexicana y pasó a convertirse en Viceprovincia dependiente de la Provincia de Castilla, donde también quedó incluida Panamá. En 1958, el P. Juan B. Janssens decidió hacer independiente la Viceprovincia de Centroamérica. Para entonces se habían fundado el Noviciado y varias obras apostólicas lo que permitiría una cierta autonomía de recursos humanos y económicos. En agosto de 1976, el P. Arrupe elevó Centroamérica a la categoría de Provincia jesuítica de la que únicamente se exceptuaba el territorio de Honduras donde, desde 1949, los jesuitas norteamericanos de la Provincia de Missouri habían acudido a solicitud del Arzobispo de Tegucigalpa para trabajar en las parroquias de la zona campesina del departamento de Yoro. Por decisión del propio Arrupe, el 8 de agosto 1979 los jesuitas que trabajaban en Honduras pasaron a formar parte de la Provincia de Centroamérica. Y así, desde esa fecha hasta el presente, los seis países que conforman el istmo centroamericano constituyen una sola unidad con un proyecto apostólico común.

En general puede decirse que tanto en el período de la misión mexicana, como en el de la Viceprovincia dependiente, el trabajo apostólico de los jesuitas en Centroamérica estuvo concentrado en el área de la educación secundaria, justamente el sueño prohibido por el anticlericalismo de los gobernantes liberales que en el siglo XIX impidieron todo intento de crear instituciones educativas jesuitas. El peso del trabajo descansó sobre la apertura y puesta en funcionamiento de los Colegios, así como en la formación del clero en los Seminarios, por deseo expreso de la jerarquía eclesial que desde el pontificado de Pío XII consideraba un asunto prioritario y urgente dotar a las Iglesias locales de un clero adecuadamente preparado. Poco a poco, contando con el apoyo de los sectores sociales con mayor capacidad económica, los jesuitas llegaron a establecer al menos un Colegio de secundaria en cada una de los países de Centroamérica, excepto Costa Rica. Por su calidad pedagógica, los centros educativos de la Compañía alcanzaron el aprecio de las clases altas de Centroamérica que consideraban la educación jesuita como una educación de calidad para sus hijos.

Todo este trabajo fue posible gracias al aporte misionero de las Provincias de España a las que desde muy pronto se sumarían las vocaciones de los países del área. El establecimiento de un Noviciado en el territorio de la Provincia desde 1949 acrecentó las expectativas en este sentido, así como el trabajo con la juventud en los Colegios. En los años posteriores, Arrupe insistiría además en la importancia de organizar en la misma Provincia las casas de formación y estudio para los jóvenes jesuitas, lo que podría ayudar a la consolidación de la propia Provincia. 

 

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