La solvencia afectiva en los Ejercicios Espirituales

Publicado: Martes, 27 Agosto 2019
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¿Quién resiste un cañonazo de quinientos mil pesos?
La solvencia afectiva en los Ejercicios Espirituales

Jorge Arturo Ochoa, S.J.

 

Se dice que a principios del siglo XX el presidente Álvaro Obregón describió la corrupción política mexicana, entonces en manos del ejército, del siguiente modo: "actualmente no hay general que resista un cañonazo de quinientos mil pesos". En efecto, la leyenda dice que para convencer a sus rivales el General Obregón usaba el dinero como embajador. Él sabía que las más altas convicciones podían venderse si se llegaba al precio adecuado, y que sólo unos cuántos tenían las entrañas necesarias para resistir tan fuerte argumentación.

Nuestra situación como Iglesia en el mundo no es muy diferente: la corrupción se extiende, la recomposición de poderes sociales, políticos e ideológicos está en un momento confuso, las desigualdades se agudizan, la migración y los nacionalismos se enfrentan con violencia. Hemos ido creando una sociedad en donde cada vez es más difícil hacer lo correcto, y más difícil aún vivir los valores evangélicos. No son pocos los cristianos (católicos, y de otras iglesias) que sucumbimos ante los “cañonazos” de la alabanza a la imagen y los likes, ante el riesgo de perder el trabajo o la posición social (aunque no sea alta), a la satisfacción de las drogas blandas o duras, ante la promesa terapéutica de una cena en un lugar distinguido, ante el celular que cumple más de lo que se necesita pero con una huella ecológica desproporcionada, ante la prudente pero descorazonada “cana al aire”, ante el favor de alguien con influencias en el servicio público o privado, o simplemente ante el ahorro de unos pesos de multa corrompiendo al policía. Hoy día, Obregón diría que “pocos cristianos resisten un cañonazo de quinientos mil pesos.” La Iglesia corre el riesgo de convertirse en uno más de los grupos donde muchos podrían saber qué hacer, pero pocos tienen con qué hacerlo.

La espiritualidad ignaciana cuenta con un instrumental efectivo para conocer lo que Dios quiere de la persona, y para detectar los engaños que se le presentarán, así como para valorar el nivel de compromiso que se tiene. Sin embargo, creemos que el fin propio de los Ejercicios, que es el seguimiento comprometido de Jesús, no puede lograrse sin la mediación propia de ellos: una honda vinculación interior y amorosa con Jesús. A esta mediación esencial ignaciana la podríamos llamar solvencia afectiva; por un lado porque dota al sujeto de la capacidad para discernir y para comprometerse con lo discernido; por otro lado, porque surge del conocimiento interno y amoroso de Cristo. Los acompañantes espirituales ignacianos hacen bien en poner tanto cuidado en esta mediación como el que ponen en el proceso de discernimiento y elección, pues esta solvencia podría ser particularmente necesaria en las circunstancias actuales, cuando el camino se pone sutilmente engañoso o abiertamente frustrante.

Las Reglas para discernir espíritus de Segunda Semana son una joya de la fineza espiritual de san Ignacio. Nos ayudan a distinguir los modos con que el mal espíritu distrae del camino a quien ha recorrido ya un tramo y no puede ser tentada de forma burda ni inmediata. Señalan que en las etapas más avanzadas el mal espíritu también puede producir consolaciones en el alma y, por eso, el estado espiritual ya no funciona como guía definitiva. Muestran cómo el enemigo busca distraer a la persona del camino emprendido usando aquello mismo que le causa devoción, y que puede ser cualquier cosa buena que la apasione, como la lealtad a la Iglesia, el gusto por la oración, la defensa de la vida, de la libertad, o de la verdad; el deseo de la propia madurez o autonomía, la lucha por la dignidad humana, por la democracia, o por la paz, incluso el servicio o el amor a los pobres. Revelan que, confundida por la consolación que le produce esta “devoción”, el alma empieza a orbitar en torno a ella en lugar de centrarse en Dios mismo; la persona crece en esa virtud, pero a costa de descuidar o incluso negar otros criterios evangélicos, empieza también a juzgar severamente a quienes no viven como él o ella y, finalmente, se encierra en sí misma, dejando de hacer el bien que hacía, o haciéndolo de una forma francamente anticristiana.

Estas reglas, en su fineza, sugieren también que el proceso de engaño no es de un solo golpe, como pudo serlo en etapas iniciales, sino que tiene un “principio, medio y fin” [Ejercicios, párrafo 333], en el que poco a poco el malo turba con razones aparentes, pero que son sutilmente engañosas y desmoralizantes. Nos advierten que, cuando el camino se pone difícil, dichos cuestionamientos lo dificultan aun más, y al ceder a ellos poco a poco, podemos terminar cediendo todo, o casi todo. Esta situación es particularmente peligrosa, pues al mantener una parte del compromiso la persona puede engañarse con más facilidad a sí misma.

Además de las ya de por sí útiles normas de discernimiento, los Ejercicios van más allá, ayudándonos a sopesar qué tan lúcidos y comprometidos estamos en el camino cristiano y tomar decisiones no sólo libres, sino generosas. Éstas son las meditaciones de las Dos banderas, Tres binarios, y Tres grados de humildad, llamadas en su conjunto Jornada Ignaciana. Son un verdadero laboratorio donde el ejercitante pierde la ingenuidad, al reconocer cómo es que su corazón y la sociedad misma se pone al servicio de la bandera del “mal caudillo” enredándose en la búsqueda desmedida de posesiones, buena imagen y poder. En estas meditaciones la persona además recibe luz para ver los modos concretos en que su mismo corazón y la sociedad se ponen al servicio de la Bandera de Jesús, abriéndose al don de la vida sencilla, humilde y servicial. La Jornada Ignaciana también ayuda a reconocer aquel bien material o intangible que a la persona más le cuesta vivir con libertad, y a pedir la gracia para retenerlo o dejarlo atendiendo unicamente a la voluntad de Dios. Finalmente, hay una especie de “prueba de amor”, que lleva a la persona a evaluar qué tan apasionadamente enamorada está de Jesús, atendiendo a los deseos que tiene de vivir y pasar por lo que él vivió y pasó. Aunque esta prueba por supuesto no trata de aprobar o reprobar a la persona, sí es una autoexamen exigente, y busca despertar en la persona el deseo de enamorarse más de Jesús, y que se le note en las decisiones que toma dentro y fuera de los Ejercicios.

Sin embargo, a pesar de ser tan finas e iluminadoras, estas reglas y meditaciones no son suficientes por sí mismas para alcanzar el objetivo de los Ejercicios. El discernimiento supone que la persona tiene un punto de referencia claro y significativo. Además, la Jornada Ignaciana, aunque ayuda a sopesar el nivel de compromiso, no está pensada para crecer en este compromiso. Usando la imagen de un automóvil, el discernimiento nos da el mapa de ruta, pero no nos provee de norte, y la Jornada Ignaciana nos dice cuánto combustible tenemos, pero no nos llena el tanque. Concentrar demasiado los Ejercicios Espirituales en la parte del discernimiento o la Jornada Ignaciana podría traer consecuencias indeseables a largo plazo. Para ejemplificar esto me permitiré dos notas de la experiencia personal, que son las que más me han movido a buscar en los Ejercicios el complemento necesario al discernimiento y elección.

Debo reconocer con humildad que en una etapa de mi vida me he encontré a mitad del camino de seguimiento, con un buen mapa de navegación y un automóvil funcional; pero desorientado y sin combustible. Era capaz de discernir la voluntad de Dios y de reconocer los apegos que me ataban, pero no tenía el deseo ni las fuerzas para hacer lo necesario. Al salir con la ayuda de Dios de este gran “bache carretero”, me preguntaba si habría algo de los Ejercicios Espirituales que hubiera estado pasando por alto. ¿Por qué no fueron suficientes las Reglas de discernimiento y la Jornada Ignaciana? Aunque por supuesto la respuesta pasaba sobre todo por mi propia responsabilidad y pecado, me parece que también apuntaba hacia el modo en que vivía mi propia espiritualidad ignaciana.

Un tiempo después un compañero del equipo de vocaciones y yo reflexionábamos sobre la resiliencia vocacional de los candidatos a la Compañía, o de los mismos prenovicios, y cómo favorecerla. Veíamos en ellos capacidad de autocrítica y deseo de servir a otros, pero dificultad a veces imposibilitante para ver con claridad el rumbo y para terminar la obra comenzada. Buena parte de esta problemática provenía de la propia cultura de los jóvenes, por supuesto; pero también de la necesidad de un polo afectivo que les ayudara a orientarse y a fortalecerse. Siguiendo con la imagen del carro, necesitaban un polo afectivo que les diera norte y que les surtiera de combustible. Al revisar el número de horas dedicadas en sus retiros al discernimiento, la Jornada Ignaciana y el proceso de elección, nos dimos cuenta de que quizá les faltaba dedicar suficientes horas a nutrir lo que llamamos la “solvencia afectiva”: construir una relación con Jesús capaz de ser el punto de referencia y el sostén para las decisiones de los muchachos. La verdad, también reconocí que por muchos años yo había necesitado crecer en esta relación, y que por mi negligencia en esto me había quedado a merced de mis propias codicias y desánimo. Sin ella, ninguna ayuda me era suficiente.

Afortunadamente, en la espiritualidad ignaciana se encontraba el recurso afectivo que necesitaba, en espera de ser utilizado decididamente. Voces como la de mi amiga religiosa, así como estas reflexiones sobre la experiencia me hicieron ver que había dejado de lado la oración afectiva donde se construye la relación con Jesús que Ignacio deseaba para los jesuitas y para todo el que quisiera seguirlo con un mayor compromiso. Quizá por mi modo de ser afectivo, quizá porque Ignacio así lo pensó, me ha parecido que las contemplaciones de la vida de Jesús son la mediación espiritual que da sentido y fuerza al discernimiento, a la Jornada Ignaciana y a la elección, sobre todo si la persona desea ir más allá de ser libre o ser bueno, o si desea soportar con menos detrimento los “cañonazos” espirituales. Esto parece una obviedad, pero podríamos olvidarlo.

En estos momentos de la vida eclesial y mundial es necesario no renunciar con demasiada facilidad al camino privilegiado de los Ejercicios, que es el itinerario de contemplación de la vida de Jesús, por la solvencia afectiva de la que provee. Quizá muchos necesitemos esta vuelta más decidida y afectuosa a Jesús. Las circunstancias eclesiales y de la Compañía nos lo siguen sugiriendo como la fuente de la eficacia apostólica. Fue notable la invitación que la Conferencia de Provinciales de América Latina hizo hace unos pocos meses a recordar que san Ignacio consideraba que los instrumentos que unen con Dios al sujeto apostólico son más eficaces que aquellos que lo disponen para el servicio a sus hermanos.

Como mediación privilegiada entendemos que los Ejercicios Espirituales, para ser netamente ignacianos necesitan cumplir con su fin, que es el seguimiento comprometido de Jesús; pero que lo hacen a través del conocimiento interno y amor ardiente a él. El fin pretendido, y la mediación privilegiada son dos elementos esenciales del camino espiritual de san Ignacio. Por esto, cuando una u otra no se puede, hablamos de adaptaciones de los Ejercicios, con mayor o menor fruto esperado, o siguiendo un camino más o menos cristocéntrico, según sea el caso. Cuando ambas sean posibles los acompañantes espirituales atinan en dirigir los pasos del ejercitante hacia el fin del seguimiento discernido y por el camino del conocimiento enamorado.

 

Tres verbos con sus respectivos adverbios expresan bien el modo en que los Ejercicios nos invitan a fundar la vida en Jesús y resistir, con la ayuda de Dios, los cañonazos de quinientos mil pesos. Tras muchas experiencias de los primeros jesuitas dando los Ejercicios a otros, se pidió a un jesuita llamado Frusio que escribiera una versión latina del texto, para ser aprobada por el Papa. Al parecer la versión resultó muy buena, y el mismo san Ignacio usó este para dar Ejercicios. Esta versión recogía la experiencia de varios años. En ella se reflejan algunos ajustes importantes al texto autógrafo de San Ignacio, añadiendo algunas directrices y haciendo matices que explicitaban mejor lo que los Ejercicios pretendían. Un cambio significativo fue la introducción de dos adverbios en la petición que dirige el rumbo de las contemplaciones de Jesús, a las que se dedican muchas horas. Este cambio enfatiza la estrategia afectiva que los Ejercicios tienen para lograr su fin.

El texto autógrafo de los Ejercicios invita a pedir “... conocimiento interno del Señor Jesús, que por mi se ha hecho hombre, para que más le ame y le siga” [Ejercicios, 104]; pero el nuevo texto latino añade dos adverbios: “ardientemente” y “comprometidamente”; de tal modo que invita a pedir conocimiento interno de Jesús, “para que más ardientemente lo ame y lo siga más comprometidamente” (itálicas mías, traducción de Pablo López de Lara, S.J.). Como vemos, los primeros jesuitas pensaron que este texto expresaba mejor la ruta crítica de los Ejercicios. Para ellos, el fin que se proponían no quedaba bien expresado simplemente con seguir a Jesús, como se dice en el texto original, sino con seguirlo de forma más comprometida; para lograr ese tipo de compromiso tampoco les bastaba buscar “más amar”, sino “amar más ardientemente”.

El seguimiento que se busca en quien vive los Ejercicios es un seguimiento más comprometido. Al parecer los primeros compañeros no eran ajenos a la necesidad que tenía el mundo de personas que se comprometieran más en el seguimiento de Jesús. No se trataba de compararse con otros, pero sí de que la persona ofreciera de sí mucho más de lo que ofrecería si no hubiera vivido los Ejercicios, o una experiencia semejante. En el desconcertante cambio de época y la profunda herida de corrupción eclesial que se vivía, los llamados a la doblez y a la frustración eran fuertes. También en aquella época, como lo es ahora, los cristianos necesitaban resistir fuego de artillería de todo tipo y hallar la voluntad de Dios en medio de cierta confusión general.

Este grado sumo de claridad y compromiso cristianos no es posible, según la mistagogía ignaciana, sin el conocimiento interno de Jesús y sin un amor ardiente a él. Los adverbios que se han referido sugieren que el amor que se busca no es un amor superficial, efímero, o “descafeinado”. Aquellos que han amado ardientemente a alguien sabrán lo que significa la introducción de estos adverbios. Por supuesto que se puede seguir a Jesús por otros caminos -quizá más, se podría argumentar- pero la apuesta ignaciana es que sólo alguien que conoce y ama con ardor a Jesús alcanza su mayor claridad de acción para el Reino y su mayor capacidad de entrega. 

Para conocer internamente a Jesús san Ignacio pide que cerca del 70% del tiempo de los Ejercicios lo pase contemplando los evangelios, en una convivencia lúcida e íntima. Esta convivencia produce dos efectos: primero, la persona conoce el modo de ser de Jesús y, segundo, ese modo de ser empieza a hacerse más y más significativo, al punto de querer modelar su vida a su luz. El efecto personal es que no sólo conozco a Jesús, sino que me enamoro de él de tal modo que su modo de ser resulta significativo para mí. Así, cuando me pregunte ¿qué haría Jesús si estuviera en mi lugar? la respuesta será clara y significativa.

Para que Jesús ilumine su vida, la persona es invitada a pasar largo tiempo con Jesús, tanto como Jesús ha pasado tiempo con él o ella. En la Primera Semana del retiro el ejercitante se da cuenta de la presencia constante de Dios encarnado a lo largo de su vida. En las etapas posteriores el ejercitante le “devuelve la visita” a Jesús, y pasa largos ratos “metida” en el evangelio, conviviendo con Dios encarnado. Asiste a su encarnación y nacimiento pobre y humilde, lo mira obediente a sus padres en Nazaret, y luego al salir al Jordán. Lo acompaña en muchas escenas de su vida pública, y luego en cada uno de los quebrantos de su pasión y muerte, para verlo resucitado, al lado de María y los apóstoles. 

No se trata de conocer racionalmente el evangelio, sino de entrar en él “como si presente se hallase” [Ejercicios, 114], conociendo a Jesús como se conoce a un amigo: usando los sentimientos, sensaciones, pensamientos, deseos; interactuando con él, en el diálogo y en el silencio elocuentes; en fin, lo conoce, así como conocemos a quienes llegan a ser íntimos. En esta relación se da una revelación de los sentimientos, juicios y pensamientos fundamentales de Jesús. Se mira a Jesús, se escucha lo que dice, se considera lo que hace; se reflexiona y se dialoga con él y con la Trinidad para que lo contemplado ilumine y cambie la propia vida. Estos ejercicios repetidos una y otra vez en la contemplación ignaciana paulatinamente imprimen su modo de ser en la persona. Qué haría Jesús en mi lugar tendrá una respuesta más o menos clara dependiendo qué tanto tiempo he convivido con él en su vida.

Este modo de proceder de Jesús ayudará a discernir las decisiones que el ejercitante toma en la Segunda Semana. Se introduce así un criterio heterónomo (externo a la persona) que va más lejos y le da más claridad que sus propios criterios. La heteronomía -tan cuestionable cuando achica o infantiliza al ser humano-, en el caso de Jesús, ayuda al sujeto a distanciarse de sí mismo y ver las cosas desde una perspectiva más amplia y generosa. En la segunda etapa de la vida espiritual, por eso, el criterio de discernimiento entre lo que viene de Dios y aquello que viene del enemigo ya no es sólo la consolación espiritual del ejercitante, sino -por así decirlo- lo que le causaría consolación a Jesucristo. Es Jesús el criterio para juzgar la bondad de los movimientos interiores que experimenta la persona de principio a fin. Es la centralidad de Jesús la que hace que el discernimiento espiritual pueda llamarse ignaciano. Por lo menos el discernimiento de Segunda Semana.

Podemos constatar de varios modos la conveniencia de este criterio espiritual cuando vemos los engaños en los que cae un sujeto cuando su vida y decisión giran últimamente en torno a sí mismo. Al centrar su afecto en Otro, la persona puede descansar de la carga inhumana que se autoimpone cuando hace de sí mismo el centro, sujeto, y criterio de su decisión y acción.

Conocer a Jesús internamente ayudará también a que la persona pueda confrontarse cuando otras realidades tomen el lugar de Dios en su vida. Esto es muy necesario cuando hablamos de escrúpulos o de devociones indiscretas, que encubren la acción del maligno que trata de hablarnos en nombre de Jesús para confundirnos. Gracias a que la persona ha pasado largo tiempo con Él puede distinguir cuando alguien más -incluso sí mismo- trata de engañarlo con discursos que parecen cristianos, pero que no vienen de Jesús.

Descansar la propia vida en Jesús como principio y fundamento orienta el camino. Desde esta perspectiva podríamos decir que Ignacio no buscaba sobre todo hombres autónomos (aunque era importante que lo fueran) sino personas centradas en Cristo. En contraste con otros modos de autonomía, es el centramiento en Cristo, y no en sí mismas, lo que les da libertad ante el mundo.

Este cambio de criterio fundamental, sin embargo, necesita ser deseado. No basta que la persona sepa cómo actuaría Jesús en su lugar y que conozca la voluntad de Él, sino que esa voluntad le sea significativa. ¿De qué servirá saber que una moción interior viene del espíritu de Jesús, si él no me es hondamente significativo? Se trata de desear mirar la vida desde los ojos de Jesús, como lo querría hacer alguien apegado afectivamente a él. La libertad que se buscaba antes con la indiferencia de Primera Semana se transforma ahora en la libertad de quien ama apasionadamente: una libertad atraída, a la manera de la flecha de una brújula. Mi corazón es libre para ser atraído por Cristo.

Aunque yo sepa y mi mente crea que el Reinado de Dios es lo más conveniente para mí y para la humanidad, no se convertirá en mi criterio fundamental si no estoy enamorado de Jesús, como lo proponen los Ejercicios. No es lo mismo militar bajo la bandera de Jesús, al que admiro, que militar bajo la bandera de Jesús, al que admiro y amo ardientemente. Cuando amo a alguien de ese modo, tiene todo el sentido preguntarme qué haría él en una situación dada. En caso contrario, la pregunta (y la respuesta) es insignificante; o incluso insensata. Quizá algunos podrían hacerlo por miedo al castigo divino, o por el noble fin antropológico formulado por Jesús, pero no es ese el tipo de seguidores que buscan modelar los Ejercicios.

Los Ejercicios buscan que quien siga a Jesús lo haga como verdadero amigo, no como siervo, funcionario, persona muy “espiritual” o buen luchador social. Por eso no nos conformamos con enseñar las reglas de discernimiento para que la persona se haga diestra en distinguir los engaños del enemigo y reconocer la voluntad de Dios en su vida. Esto equivaldría a entrenarlos para recibir cada día el memorándum de la “oficina del buen espíritu”, donde nos indica qué hacer, pero sin una vinculación afectiva con Jesús que mueva nuestra voluntad. Creemos que la solvencia afectiva -el amor ardiente- que provee la contemplación de la vida de Jesús es uno de los rasgos distintivos del discernimiento ignaciano, que hay qué desarrollar para poder buscar, hallar y hacer la voluntad de Dios a la manera de Ignacio.

El conocimiento interno y el amor ardiente, también son necesarios para ser testigos de una relación fundamental. Desde los Ejercicios, quien sigue a Jesús lo hace para construir el Reino y también para anunciar a alguien al Jesús del Reino. Así, efectividad apostólica y afectividad testimonial mantienen una tensión virtuosa que se sostienen mutuamente. Se trata de quien mire a los seguidores de Jesús queden seducidos por él y no por nosotros. De este modo, nuestras obras hablarán de su amor y no tanto del nuestro. Esto, que parece trivial, ha sido determinante en la vida de muchos creyentes. Incluso en el caso de la colaboración con no cristianos, el efecto de los Ejercicios ha de apuntar no a nuestra bondad, sino a la de Jesús, de tal modo que en lugar de decir -“Qué buena es la gente ignaciana”, digan   -“Qué bueno es el camino cristiano”.

Incluso en medio del dolor y la oscuridad hay un camino de conocimiento y enamoramiento. La Tercera Semana de los Ejercicios, donde contemplamos la pasión y muerte de Jesús, no es únicamente la prueba de fuego de la elección tomada por el ejercitante, o un nuevo pretexto para el reconocimiento de los pecados; tampoco es sólo la iluminación sobre el modo en que Jesús enfrenta el mal y la muerte: son -quizá, sobre todo- un espacio donde la amistad e intimidad con Cristo crece, al pedir una empatía como no se había pedido antes en las contemplaciones de la vida pública de Jesús. En esta etapa el ejercitante pide sentir el dolor, el quebranto, y la pena que vive su amigo. Ya no es un Dios genérico intercambiable el que está en la cruz, sino el compañero con quien ha empezado a forjar una relación seria. Esto expone las resistencias y reparos que afectan a la relación, como les sucedió a los primeros amigos de Jesús, y por ello es la oportunidad para enfrentarlas. En esta semana se pueden resolver con Él las consecuencias intimidantes de la intimidad que ha crecido entre los dos. Al pedir sentir “pena de tanta pena que Cristo pasó por mí” [Ejercicios, 203], el ejercitante busca afectarse al ver el modo en que su Amigo responde a sus dudas y resistencias en el seguimiento. Por así decirlo, al afectarse con Jesús, el ejercitante crece en afecto con Él.

Quien trabaja por el Reino debe enfrentar la frustración, la reprobación, el cansancio, y la realidad de la muerte. Los “cañonazos de quinientos mil pesos” darán donde más duela o donde más canse, o le arrebatarán aquello que más desee proteger de su vida. Aquel que busca la justicia se encontrará con situaciones que le exijan un bien mayor, como podría ser la misericordia; quien busca la libertad tendrá que empeñarla, para amar cabalmente; quien desea transformar las estructuras sociales deberá confiar en el Dios que cambia los corazones humanos. Sin el conocimiento enamorado de Jesús es más fácil ceder a la tentación de hacer justicia, pero con rabia; buscar la paz, pero con indolencia; aceptar las propias infidelidades, pero con cinismo, buscar la verdad, pero sin diálogo fraterno; o vivir rectamente, pero sin alegría. El trabajo por el Reino lleva por un camino muy largo, con el riesgo de terminar sin gasolina.

Aun en el caso de que por medio del discernimiento sepamos distinguir las mociones que vienen de Dios y los engaños, cuando la fatiga o la prueba aparecen no basta saber cuál es la voluntad de Dios. Más aún, cuando hemos desviado el camino necesitamos que esa voluntad nos afecte de tal modo que queramos desandar el camino y empezar de nuevo. De otro modo, el discernimiento corre el riesgo de convertirse en un diario salir a buscar en “el buzón de las mociones” la instrucción del buen espíritu para actuar, pero sin una relación personal que sostenga y humanice dicha acción.

La compasión que nace al contemplar la fidelidad de Jesús en la cruz es una fuente de resiliencia apostólica que buscan los Ejercicios. Aunque estemos cansados, aunque a veces flaqueemos o seamos golpeados por los cañonazos de quinientos mil pesos, podemos confiarnos en que Él estará ahí, y eso dota de sentido al esfuerzo. Además, el seguidor de Jesús desea acompañarlo a la pasión y muerte no sólo por eficacia apostólica, sino y sobre todo porque que Aquel que lo ama, y a quien ama, ha pasado y sigue pasando por la cruz. Cosas que un enamorado puede entender. 

El amor ardiente a Jesús se termina de encender de esperanza cuando el resucitado consuela al ejercitante como lo hace un amigo con otro. La amistad que ofrece es una que prevalece al pecado y la muerte, como puede contemplarse en la última etapa de los Ejercicios. Esta amistad ha superado la prueba del propio pecado y la traición, así como el pecado y el rechazo del mundo. Supera también el fracaso temporal del proyecto del Reino, y da un sentido de victoria incluso en medio de las derrotas temporales. La amistad no puede ser derrotada ni siquiera por el fracaso y la muerte. En la medida en que esta amistad sea central para la persona, ésta podrá valorar la resurrección del amigo como el fruto más importante de su seguimiento, un fruto que no depende de él ni de sus éxitos apostólicos, sino del amor gratuito y permanente.

Podemos decir que el conocimiento enamorado de Jesús es esencial para la mayor eficacia en el seguimiento, según los Ejercicios. Las contemplaciones de la vida de Cristo proveen de claridad al discernimiento. El amor ardoroso que resulta de esas contemplaciones se transforma en osadía al decidir, y en perseverancia al actuar. Ambas, -conocimiento interno y amor apasionado- proveen de buen destino y norte, y dotan del combustible necesario para llegar. Desde la Primer Semana contemplamos lo que Jesús ha hecho, sigue haciendo y lo que hará por nosotros como respuesta a nuestro pecado. Como respuesta a ese amor incondicional, en la Segunda Semana experimentamos el llamado a seguirlo, como nuestro principio y fundamento, y por eso pasamos horas largas con él en su acción, su pasión y su gozo resucitado. Pedimos ser enamorados por Jesús y, movidos por este amor, deseamos transformar nuestra vida y tomar las decisiones necesarias. Es así que, en la mistagogía de los Ejercicios Espirituales de san Ignacio, la cercanía afectiva con Jesús nos lleva a la cercanía efectiva y sostenible.

Precisamente por los engaños y dificultades propias del seguimiento sería necesario mantener una sana tensión entre el fin y el medio propio de los Ejercicios. Así como la vida espiritual sin discernimiento corre grandes riesgos, como ya lo advertía san Ignacio, el compromiso sin amor ardiente no alcanza su mayor eficacia. Aunque en algunos casos el acento ha debido ponerse en el discernimiento, la Jornada Ignaciana, y en la toma de decisiones, es bueno tener siempre presente que la efectividad de los Ejercicios ignacianos depende también de la solvencia afectiva que generen. No podemos dejar toda la carga en los instrumentos que afinan el rumbo. Por la situación de dificultad que vivimos es necesario promover con decisión el conocimiento afectivo y entrañable con Jesús. Unida a la clarividencia del discernimiento ignaciano, esta podría ser la mejor barrera contra los cañonazos de quinientos mil pesos que a veces trae la vida.

 

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