La Trinidad de Dios nos convoca y envía a encarnarnos en la ciudad

Publicado: Jueves, 06 Diciembre 2018
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San Ignacio nos ayuda a escuchar los llamados y envíos que pueden estar haciéndonos el Señor en las complejas y diversas realidades de la ciudad. En un primer momento recurriré a dos experiencias ignacianas: La contemplación de la Encarnación (EE # 102-108) y La Visión de la Storta. Ambas son experiencias Trinitarias de Ignacio, por medio de ellas capta y acoge los llamados y envíos a la misión.

En un segundo momento recurriré a las indicaciones del Papa Francisco en torno a la pastoral urbana en la exhortación apostólica Alegría del Evangelio (“Evangelii Gaudium”) y en un tercer momento propongo cuatro grandes desafíos a nuestra pastoral urbana parroquial que me parecen se desprenden de la realidad y de esta iluminación presentada

1.- El aporte ignaciano: 

  1. a) La parábola Ignaciana de la Encarnación:

“Cómo las tres divinas personas miraban toda la planicie o redondez de todo el mundo llena de hombres, y cómo, viendo que todos descienden al infierno, se determina en la su eternidad que la segunda persona se haga hombre para salvar al género humano, y así venida la plenitud de los tiempos enviando al ángel Gabriel a Nuestra Señora” (EE 102)

Ver la diversidad de personas: en trajes, gestos, unos blancos y otros negros, unos en paz y otros en guerra, unos llorando y otros riendo, unos sanos y otros enfermos, unos naciendo y otros muriendo. Ver y considerar las tres personas divinas, como en su solio real o trono de la su divina majestad, cómo miran toda la haz y redondez de la tierra y todas las gentes en tanta ceguedad, y cómo mueren y descienden al infierno. (EE # 106)

Oír lo que hablan las personas sobre la haz de la tierra, es a saber, cómo hablan unos con otros, cómo juran y blasfeman, etc. Así mismo lo que dicen las personas divinas, es a saber: “HAGAMOS REDENCION DEL GENERO HUMANO” (EE # 107)

Mirar lo que hacen los humanos sobre la haz de la tierra:  herir, matar, ir al infierno, etc. Así mismo lo que hacen las personas divinas: obrar la encarnación. Lo que hace el Ángel y la Virgen. El Ángel haciendo su oficio de legado, y la Virgen humillándose y haciendo gracias a la divina majestad, y después reflexionar a mí mismo para sacar provecho de cada cosa de estas.  (EE 108)

  1. b) Para tomar en cuenta y reflexionar:

Dios no solo presta atención a lo que vivimos y se conmueve de nuestros dolores, sino Él mismo se hace historia, se hace espacio y tiempo. Esto siempre hay que recordarlo, porque la tentación de todos los tiempos es olvidar que Dios se encarna y al olvidarlo se encierra a Dios en rituales, leyes, doctrina, culto, sacrificios o liturgia.

Dios ha querido encarnarse, al ser posible este misterio nos da la capacidad de percibirlo vivo y actuando en todas las cosas y en todos los lugares. Incluyendo en las realidades de la compleja ciudad. Al encarnarse, Dios da la posibilidad de experimentarlo en tu interior para que desde ahí puedes contemplarlo presente y actuando en lo exterior.

Cae en la cuenta de que lo opuesto a interior no es lo exterior, sino lo superficial. Lo contrario a la encarnación es lo superficial, y esta superficialidad de la vida moderna de hoy trae como consecuencia la lejanía que el ciudadano moderno tiene de sí mismo, de los demás y de Dios. En la parábola Ignaciana aparece la Trinidad con particulares características:

1.- La Trinidad mira la realidad diversa del mundo y esa realidad no es nada agradable:

Mirar no es ver; ver es acción a distancia, no te afecta, es superficial. Mirar es más profundo, es dejarte afectar por la realidad que tienes delante de tus ojos, no te es ajena. Hay que recuperar esta capacidad de mirar que tod@s tenemos, porque pudo haberse debilitado o desaparecido con el tiempo.

Es mirada amorosa, profundamente interesada por nuestras vidas; es mirada compasiva a quien se le enternece el corazón al ver el dolor de sus hij@s que pierden el rumbo de sus vidas; es una mirada convocante, llama y atrae a otros para colaborar en el Reino. Ignacio invita a mirar la pluralidad del mundo con la mirada de Dios. De esta mirada surge la decisión de encarnarse: ¡Que el Hijo se haga hombre, que vaya donde el hombre está!

2.- La Trinidad dialoga:

La mirada de la realidad dolorosa de la humanidad, provoca un diálogo entre las tres personas divinas para tomar una decisión. Es comunidad que comparte; las tres personas divinas toman en cuenta la opinión del otro, se complementan; es trinidad solidaria. Al escucharse entre ellas deciden lo mejor para el género humano. Es un diálogo comunitario, fraterno, abierto, sincero, transparente. Toman una decisión compartida, no es decisión de uno solo, ni impuesta por uno, sino es decisión de la comunidad. Las tres personas se involucran en ella, se arriesgan en ella, se alegran de ella y padecen juntos sus consecuencias; no dejan al Hijo solo, a su suerte.

3.- La Trinidad actúa:

 De La mirada compasiva surge el compromiso de la Trinidad de encarnarse en la vida de los seres humanos. Es una mirada activa, nada pasiva ni indiferente. Es mirada acogedora que le lleva a despojarse de sí, a salir de sí en un éxodo permanente, de quien sabe amar con hechos y no con palabras y se pone manos a la obra para actuar, para intervenir y transformar la dolorosa realidad humana.

b). - La visión de la Storta:

Ignacio se dirigió a Roma antes de ordenarse y celebrar su primera misa; en sus oraciones ha empezado a pedir con insistencia a la Virgen “El ser puesto con su Hijo”. A 16 kilómetros de Roma entran a orar Ignacio, Fabro y Laínez a una pequeña capilla. Allí Ignacio tiene una gran experiencia espiritual trinitaria. Ve claramente que el Padre lo pone con su Hijo.

El Padre le dice a Jesús, quien va con la cruz a cuestas: “Yo quiero que tomes a éste como servidor tuyo”; Jesús dice entonces a Ignacio: “Yo quiero que tu nos sirvas”.  Y el Espíritu Santo le anuncia: “Yo te seré propicio en Roma”.

Fue una visión de la Trinidad que queda grabada en el alma de Ignacio. La vivencia de esta experiencia le confirmó el llamado a colaborar en la salvación de las almas al estilo de Jesús, como Él lo hace, con la cruz a cuestas. Es un llamado y envío a servirle en el dolor del mundo, no huyendo de él sino asumiéndolo, enfrentándolo. Es un llamado a no pasar dormido por el mundo, sino a sumergirse en él, acompañando a Jesús cargando su cruz.

2.- Aportes del papa Francisco sobre la evangelización en la ciudad, (Evangelii Gaudium)

“Reconocer la ciudad desde una mirada contemplativa, descubrir a Dios que habita en sus hogares, calles y plazas. Su presencia acompaña las búsquedas sinceras que personas y grupos realizan para encontrar apoyo y sentido a sus vidas. Él vive entre los ciudadanos promoviendo la solidaridad, la fraternidad, el deseo de bien, de verdad, de justicia. Esa presencia no debe ser fabricada sino descubierta. Dios no se oculta a los que lo buscan con corazón sincero, aunque lo hagan a tientas, de manera imprecisa y difusa (EG # 71)

En la ciudad lo religioso esta mediado por diferentes estilos de vida, por costumbres, de lo territorial y de relaciones. Los ciudadanos luchan por sobrevivir, y en esas luchas entra lo religioso. Necesitamos contemplarlo, para lograr un diálogo (EG # 72)

La ciudad se va transformando, es lugar privilegiado de la nueva evangelización. Esto requiere imaginar espacios de oración y de comunión novedosos, atractivos y significativos para los habitantes urbanos (EG # 73)

Se impone una evangelización que ilumine los nuevos modos de relación con Dios, con los otros, con el espacio, y que suscite los valores fundamentales. Hay que llegar donde se gestan nuevos relatos y paradigmas. En la ciudad, hay pluralidad de culturas, ciudades invisibles. Pero ejercen segregación y violencia. La Iglesia debe ayudar al diálogo. En la ciudad hay los no ciudadanos, ciudadanos a medias o los sobrantes urbanos. En la ciudad hay ambivalencia: oportunidades de mejorar, también aparecen dificultades para el pleno desarrollo de la vida. Esta contradicción provoca sufrimientos lacerantes. En las ciudades hay manifestaciones reclamando libertad, participación, justicia y diversas reivindicaciones que, si no son atendidas, no podrán callarse por la fuerza (EG # 74)

En la ciudad se da el tráfico de drogas y de personas, el abuso y la explotación de menores, el abandono de ancianos y enfermos, varias formas de corrupción y crimen. Se convierte en espacio de huida y de desconfianza mutua. Las casas y barrios se construyen más para aislar y proteger que para conectar e integrar. El Evangelio será base para restaurar la dignidad de la vida humana en esos contextos (EG # 75)

3.- Cuatro grandes desafíos que se desprenden de la realidad urbana y de la iluminación presentada:

1.-Impulsar una espiritualidad encarnada y Cristocéntrica

Necesitamos una espiritualidad que nos fortalezca internamente, nos ayude a dejarnos afectar por las diversas realidades urbanas; nos ayude a compadecernos, a sentirnos llamados y enviados a incidir en la ciudad tocando sus llagas, atendiéndolas en la línea del buen samaritano. No tener miedo a las complejidades de la ciudad; no ocultarlas ni darles la vuelta, como si no existieran o como si no tuviéramos nada que ver con ellas.

Necesitamos una espiritualidad que nos ayude a ser más audaces, a ver la ciudad desde la Mirada de Dios; a salir de nosotros mismos, del ensimismamiento, de la comodidad e instalación, de la rutina, de encerrarnos en nuestros propios intereses. Necesitamos seguir avanzando en ver más hacia afuera de la parroquia en cada uno de nuestros ministerios, sin descuidar lo de dentro.

La espiritualidad ignaciana nos ayudará sin duda en este desafío, es una riqueza con la que contamos, pero es necesario abrirle espacio, interesarse por ella y además no solo conocerla sino sobre todo vivirla diariamente.

2.- La ciudad nos desafía a pensar, trabajar y relacionarnos de otra manera:

 Pensar de manera diferente al recibir y profundizar en una formación teológica actualizada, que ayude a responder a los desafíos que nos presenta la urbe; y no evangelizar, catequizar o servir óolo con doctrinas aprendidas, con aprendizajes del pasado que no dan respuestas a las grandes preguntas y cuestionamientos de las realidades de hoy.

Necesitamos pensar diferente, en conjunto, desde las áreas, colaborando en ellas, para no encerrarnos en nuestro propio ministerio desatendiéndome de los demás, sin preocuparme que el Evangelio llegue a los alejados de su influjo. Pensar con horizontes amplios, a lo grande, creando nuevas maneras de evangelizar que le signifiquen al ciudadano moderno, sin desprendernos de la realidad y de las limitaciones y pobrezas que tenemos.

La ciudad nos desafía a trabajar diferente: la complejidad de la ciudad nos desafía a trabajar con la capacidad de colaborar con otros, en equipo, con la participación y ayuda de profesionistas y/o especialistas en ciencias sociales y humanas.

Nos desafía a crecer en humildad al aceptar que no sabemos todo, no podemos resolver todo; y aceptar que no somos los únicos que buscamos una vida más humana en la ciudad. La realidad urbana nos invita a sumarnos a los esfuerzos de otros para mejorar la calidad de vida en la ciudad. Nos desafía a mantener actualizado el análisis de la realidad de la urbe, sus veloces cambios, sus avances, oportunidades, debilidades y amenazas para tomar adecuadas y oportunas decisiones.

La ciudad nos desafía a mejorar el trato y la comunicación entre nosotros mismos, entre sacerdotes y laic@s, vernos como compañer@s de la misma y única misión, con carismas diferentes; necesitamos seguir haciendo cuerpo para la misión;  conocernos, ayudarnos y aceptarnos más, en la diversidad que tenemos; evitar divisiones, competencias, imposiciones, enfrentar la tentación de trabajar cada quien por su lado, de manera aislada; de convencerme a mí mismo de que ya sé lo que debo hacer y para qué estar en reuniones con otros; superar la tentación del conformismo, de hacer las cosas por costumbre, del individualismo egoísta y del pasivismo. El testimonio de unidad y amor fraterno sigue siendo fundamental para toda evangelización.

3.- Aportar a la humanización de la urbe inspirada en el Evangelio:

Hoy por hoy la ciudad, a pesar de las oportunidades que brinda, es causa de mucha deshumanización, de masificación, soledad, indiferencia y muerte. Tenemos el desafío de aportar a la formación humana integral de los ciudadanos que tienen contacto con nosotros. Ofrecer una formación basada en valores humanos y evangélicos, seguir promoviendo espacios de vida comunitaria y solidaria, espacios de información y reflexión, pensando en los demás y no exclusivamente en mis propios intereses; de manera privilegiada necesitamos seguir estando de parte de los sobrantes urbanos.

No descuidar la atención prioritaria a los rostros de la parroquia contenidos en la planeación; aprender a escuchar y a dialogar, atención a la diversidad de la urbe, a la diversidad de familias, promover la inclusión.

4.- La atención pastoral de las nuevas generaciones urbanas:

 La ciudad nos presenta el gran desafío de la atención pastoral a las nuevas generaciones. Estar con ellas, insertarnos en su mundo, aprender su lenguaje, su manera de vivir y de pensar, sus lugares de reunión, conocer sus gustos e intereses, sus prioridades; aceptar su pluralidad; abrir espacios con ell@s y para ell@s.  Lograr que se sientan atraídas por nuestras ofertas, tomados en cuenta, que se sientan acompañados en las situaciones de la urbe que les afecta negativamente. Tener entre nosotros un nuevo lenguaje urbano, en las homilías, en la catequesis, en la preparación a los sacramentos de iniciación.

                                  Por: José Julio Aretia Garibay SJ

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