Este es un artículo de opinión de Alejandra Ibarra Chaoul, politóloga y periodista mexicana, que analiza el poder de las redes sociales en las campañas electores de Estados Unidos y su incidencia en América Latina.

 

El martes 29 de septiembre por la noche fue el primer debate entre los dos candidatos presidenciales de Estados Unidos para las elecciones del 3 de noviembre. Causó opiniones divididas. Para muchos, el candidato demócrata Joe Biden obtuvo la victoria por mantener la cordura y demostrar decencia. Otros creen que fue Donald Trump quien ganó al lograr confundir, distraer y amedrentar a su oponente.

Más allá de quién haya sido el ganador o el perdedor el martes, lo que no hubo fue un debate. No se expusieron propuestas ni se contrastaron puntos de vista. En términos prácticos, el martes por la noche Trump y Biden podrían haber estado hablando dos idiomas completamente diferentes. Era como si hubieran estado en frecuencias distintas o dimensiones paralelas.

Lo que vimos el martes 29 en el debate presidencial de Estados Unidos fue un espectáculo disfrazado de diálogo. Es lo de hoy, vaya.

Las plataformas de internet están llenas de desinformación haciéndose pasar por periodismo. En las redes circulan campañas de intimidación que los gobernantes presentan como investigaciones oficiales. Todo está lleno de lo mismo: cosas que parecen una cosa, son otra, y un montón de gente confundida o polarizada en el medio.

¿Quién se beneficia de este caos?

Según el corresponsal de Vox, Matt Yglesias, en su análisis para el podcast The Ezra Klein Show, Trump no intentó ganar un argumento basado en propuestas de políticas públicas, porque sabía que no podría.

En cambio, se dedicó a romper las reglas del debate y atacar a Biden. Aprovechó para darle un mensaje a los supremacistas blancos y dijo que no respetaría los resultados electorales si él pierde.

Por su lado, el candidato demócrata aseguró que su postura era bastante moderada: en salud, en medio ambiente y en justicia se pronunció al centro.

Más que hacer propuestas concretas, Biden prometió rescatar el alma del país. Se concentró en convencer a los conservadores de votar por él, sabiendo que los demócratas y ciudadanos más liberales votarán por él con tal de sacar a Trump.

Aun así quizá no sea suficiente para que Biden gane las elecciones. Las tácticas intimidatorias de Trump funcionan en el actual ambiente estadounidense donde dos terceras partes de los habitantes del país consumen sus noticias en redes sociales.

La información que circula en estas plataformas rara vez está verificada y, en muchos casos, se propagan mentiras de manera intencional.

Julia Ebner, investigadora del Instituto del Diálogo Estratégico, ahonda al respecto en su libro La vida secreta de los extremistas sobre jihadistas del Estado Islámico y nacionalistas blancos de movimientos neonazis.

“El nuevo ecosistema de información ha dado pie a guerras sobre la verdad y el poder, y el internet se ha convertido en el terreno de batalla donde se disputa la verdad”, escribe.

Esta polarización no sucede de manera fortuita.

En su libro, Ebner menciona campañas donde se difunden teorías de la conspiración o datos falsos con el mero propósito de movilizar gente para desprestigiar figuras públicas, periodistas, activistas o atacar a minorías.

Uno de los casos más notorios es el famoso Pizzagate, durante la temporada electoral de 2016 en Estados Unidos. A través de redes sociales se difundió la teoría de la conspiración que sostenía que los demócratas estaban coludidos con pizzerías para organizar una red de trata de personas. Una persona que creyó en el Pizzagate abrió fuego con un rifle al interior de una de las pizzerías señaladas.

Estos escenarios son cada vez más frecuentes. El Instituto de Internet de la Universidad de Oxford, por ejemplo, encontró evidencia de campañas de manipulación organizada, a través de redes sociales, en 48 países durante 2017.

Es difícil imaginar que esto pudiera suceder antes de la era de Facebook, Instagram, Twitter, 8chan, Reddit y YouTube, por mencionar algunas plataformas. Quizá la población ya estaba profundamente polarizada antes de las redes sociales.

La diferencia es que ahora lo sabemos. Esta información se puede traducir en posiciones de poder, cuando intencionalmente se manipulan posiciones similares de los grupos polarizados.

Al respecto, el nuevo documental de Netflix, El dilema de las redes sociales, argumenta que conforme más usamos estas plataformas para consultar información, más lejos estamos de dialogar con otros que no piensen de antemano igual que nosotros.

Esta sensación de aislamiento y percepción de vulnerabilidad pone a todos los usuarios de las redes sociales a la defensiva. Poco a poco, sin lograr un intercambio genuino de ideas, nos vamos polarizando.

Conforme se debilita la confianza en la información y los medios, se erosiona también la estabilidad de las democracias.

En la era de la posverdad, los gobernantes con tintes autocráticos no necesitan la sensatez de políticas públicas sólidas de su lado. Solo necesitan sembrar suficientes dudas para polarizar a la población y así manipularla. Es la estrategia de Trump.

Estados Unidos no está solo. A nivel mundial estamos experimentando el mismo fenómeno. Tenemos varios incidentes nacionales.

Solo por poner un ejemplo de México, el vocero de la presidencia, Jesús Ramírez, publicó hace tres semanas los hallazgos de una supuesta “investigación” en Twitter. Eso usó para atacar a las organizaciones de la sociedad civil (OSC), cuyo trabajo ha sido crítico del gobierno y un contrapeso al poder.

En su tuit dijo que las OSC seguían órdenes de intereses extranjeros para desarticular los proyectos del gobierno. ¿La prueba? Una captura de pantalla de una tabla con información de financiadoras internacionales.

No hizo falta que presentara la supuesta investigación, ni que explicara su procedencia, quién la había realizado o con qué fines. Logró su cometido de inmediato: polarizar, desprestigiar e intimidar la labor de quienes han evidenciado los problemas, abusos y fallas del gobierno.

Bastó un tuit para hacer pasar un ataque intimidatorio como investigación.

América Central no es la excepción tampoco.

El presidente de El Salvador, Nayib Bukele, ha demostrado tintes autocráticos en el pasado. Conocido entre los millennials por su popularidad en Twitter, el mandatario dio un discurso en televisión hace un par de semanas donde amedrentó e intimidó a varios medios críticos del país.

De manera más evidente, intimidó a El Faro y a su fundador, amenazando de investigarlos por “lavado de dinero y evasión fiscal”, tácticas nada lejanas a las de Jesús Ramírez.

Bukele también atacó a otros medios críticos, entre ellos La Prensa Gráfica, El Diario de Hoy, Revista Factum, Focos y Revista Gato Encerrado.

Si la democracia florece en la ausencia de opacidad, la autocracia prospera precisamente en el ambiente contrario: el de la posverdad, donde toda la información es puesta en tela de juicio; donde un dato científico tiene que competir contra una teoría de la conspiración en un foro cibernético replicado para audiencias masivas en redes sociales.

Los resultados de las elecciones estadounidenses el 3 de noviembre pueden ser un primer indicador de lo que nos depara, a nivel mundial, los próximos años.

 

Fuente: https://www.ipsnoticias.net/