Las relaciones entre América Latina y Estados Unidos bajo cuatro años del presidente Donald Trump han estado marcadas por dos factores: el desconocimiento de la región y el reemplazo de políticas de Estado concretas y estables por beneficios coyunturales.

 

Desde que inició el periodo presidencial de Donald Trump en 2016, las relaciones con América Latina no se proyectaban bien. Trump pasó gran parte de su campaña criminalizando a los migrantes mexicanos y de Centroamérica y propuso la construcción de un muro para cerrar la frontera del sur. La gran obra de ingeniería se quedó solo como promesa de campaña, pero si se convirtió en la metáfora de su política exterior: el cierre de fronteras.

En la implementación de su política de cierre de fronteras, simbolizado por el eslogan “America First” (Estados Unidos Primero), Trump no tuvo reparos en usar el aparato diplomático del Estado más poderoso del mundo para su beneficio propio y el de su partido, lo cual generó una gran desestabilización del sistema internacional. Esto lo llevó a enfrentar un juicio político (impeachment) por crear una “diplomacia paralela para su servicio personal” que condicionó ayudas a Ucrania a cambio de información que afectara a su contendor a la presidencia, Joe Biden.

El veterano diplomático y presidente del Council of Foreign Relations, Richard Haas, ha calificado la política exterior de Trump como una disrupción al sistema. Haas escribió en la revista Foreign Policy: “el resultado es un Estados Unidos y un mundo que se encuentran peor que antes. Esta disrupción dejará una marca durable, y si ésta continúa y se acelera -y hay varias razones para pensar que así será si Donald Trump es reelegido- entonces “destrucción” será un mejor término para describir este periodo de la política exterior de Estados Unidos”.

En medio de este nuevo orden mundial de disrupción, menos cooperativo y de mayor competencia (un mundo Hobbesiano como lo describe Haas) ¿dónde quedan las relaciones con América Latina? Si bien la región nunca ha estado dentro de las prioridades de Estados Unidos, los gobiernos anteriores se preocuparon por tener directores regionales que la comprendieran, de tal manera que se pudieran construir políticas y relaciones de mediano y largo plazo. Esta consistencia en la política exterior hacia la región se perdió bajo la administración Trump.

El asistente especial del presidente Bill Clinton y director de asuntos interamericanos en el Consejo de Seguridad Nacional, Richard Feinberg, afirmó en El País de España,  que “no hay una estrategia para América Latina. Solíamos tener una política basada en la democracia, los derechos humanos y la economía abierta. Trump, al menos retóricamente, ha dicho que no le importan los dos primeros puntos. En cuanto al tercero, obviamente el presidente no es un abanderado del libre comercio. Así que los pilares tradicionales de la política estadounidense hacia Latinoamérica los ha tirado por la ventana”.

En un primer y segundo año de gobierno de Trump la región estuvo diluida en el trasfondo del escenario internacional, debido a que la atención de Estados Unidos estaba enfocada a la guerra comercial con China, las disputas con los aliados de la OTAN, el retroceso del acuerdo nuclear con Irán y las tensiones con Corea del Norte. Sin embargo, en 2019 y 2020 Trump redirigió su mirada hacia América Latina, una atención que se ha incrementado a medida que se acercan las elecciones presidenciales, donde el voto latino en el estado de Florida es determinante. 

Desde este momento, las relaciones Estados Unidos – América Latina quedaron marcadas por dos factores: el desconocimiento de la región y de los países que la componen; y la asimetría de poder, donde Trump no ha sido tímido en flexionar sus músculos políticos, económicos y militares para demostrar que sólo él dicta los términos y las condiciones de la relación entre países.

La falta de conocimiento de una región heterogénea se debe principalmente a la incapacidad de Trump de armar un equipo de gobierno estable para formular políticas y acciones de gobierno. El profesor de Relaciones Internacionales de la Universidad de Burgos, Juan Tovar Ruiz, dice en un artículo académico que el principal problema de la política exterior de Trump ha sido “la disfuncionalidad de un proceso de toma de decisiones problemático, que ha unido a un presidente emocional y con poca experiencia con un staff donde parte de los principales nombramientos -en especial en el Departamento de Estado- no han sido realizados, y donde las filtraciones son continuas”.

Precisamente uno de los nombramientos del Departamento de Estado que permanece en interinidad desde marzo de este año es el de subsecretario de Estado adjunto para Asuntos del Hemisferio Occidental, el cual tiene bajo sus responsabilidades las relaciones con América Latina. En este cargo han pasado cuatro funcionarios en cuatro años de gobierno, y actualmente está en espera de ser ocupado por el Embajador de Estados Unidos ante la OEA, Carlos Trujillo, pero que aún no ha sido ratificado por el Senado, a menos de dos meses de que termine el periodo presidencial.

Esta falta de visión estratégica y cambio de opinión basado en corazonadas del presidente sin considerar evidencias aumentó las tensiones entre las ya convulsionadas relaciones entre Colombia y Venezuela, cuando Trump pasó de apoyar la estrategia del “cerco diplomático” para derrocar a Nicolás Maduro a considerar una incursión militar. Según el exasesor de Seguridad Nacional, John Bolton, Trump perdió interés rápidamente en el cerco diplomático y sugirió la posibilidad de una intervención militar, usando a Colombia como plataforma. “Buscamos una transición pacífica del poder, pero todas las opciones están sobre la mesa” dijo el presidente durante una campaña política en La Florida, seguido por la aparición de Bolton en una conferencia de prensa, donde se podía leer en sus notas “5.000 tropas para Colombia”. 

Al desconocimiento de la región y la inestabilidad del departamento de Estado se suma el segundo factor: la asimetría de poder y la política de “castigos” a países que no comulguen con sus intereses. En 2019 Trump inició una seguidilla de acciones de política exterior de mano dura y “castigos”: cortó la ayuda humanitaria a El Salvador, Guatemala y Honduras como reprimenda por las caravanas de migrantes que salieron de estos países en búsqueda de suelo norteamericano. Aplicó duras sanciones económicas a Venezuela al tiempo que hacía maniobras militares cerca a sus aguas; deshizo los avances del gobierno anterior para normalizar relaciones con Cuba y reestableció los bloqueos; amenazó a Colombia con la descertificación a causa de sus pocos avances en materia de cultivos ilícitos y lucha contra el narcotráfico; y advirtió a México que cerraría las fronteras si no implementaba acciones para retener las caravanas de migrantes.

En línea con su política agresiva, Trump rompió la tradición de dejar la dirección del Banco Interamericano de Desarrollo (BID) a un latinoamericano, y postuló al asesor para asuntos del hemisferio occidental de la Casa Blanca, Mauricio Claver-Carone. La estrategia para quedarse con el BID respondería a tres intereses: simpatizar con los votantes cubanos en La Florida (ya que el padrino político de Claver-Carone es el senador republicano Marco Rubio), controlar una fuente de financiación importante para proyectos en toda la región que reactivarán la economía después de la pandemia, y disminuir la injerencia de China en el hemisferio, que viene financiando varios proyectos estratégicos de ingeniería en América Latina.

En medio de unas relaciones atravesadas por la dominación que parecen revivir la Doctrina Moroe de intervencionismo de Estados Unidos para evitar la injerencia de otras potencias, pero agravada por el desconocimiento y la poca visión estratégica, cada país ha optado por sacar el mejor provecho de acuerdo con sus intereses y particularidades.

A menos de un mes de las elecciones en Estados Unidos, completamente atípicas por los efectos del Covid-19 y la posibilidad de que Trump no acepte los resultados a menos que le sean favorables, queda claro que el continente americano después de esta primera administración Trump es uno más propenso al conflicto y a la competencia, con más relaciones bilaterales basadas en la capacidad de ejercer poder sobre el otro, menos cooperación, menor capacidad de negociar como bloque regional con la potencia del norte y políticas exteriores de mano firme que castigan a los países que no compartan su visión del mundo.

Por: Mauricio Sánchez 

Crédito ilustración: Juan García Zeledón.

 

Fuente: Connectas.org