El autor comienza por afirmar que Ignacio de Loyola vivió en tiempos de grandes cambios; nosotros también. Él aportó luces especiales para encauzar aquellas tormentas, luces que también hoy pueden sernos de gran utilidad. Por eso no es de extrañar que se multipliquen los laicos que encuentran en la espiritualidad ignaciana el cauce por el que ancauzar provechosamente sus aguas torrentosas. De seguida desarrolla sobre el marco histórico de Ignacio, para luego ahondar en la actualidad del enfoque ignaciano. El P. Arrupe y las últimas Congregaciones Generales han generado una dinámica de recuperación de lo específico de la espiritualidad ignaciana. Se está recuperando lo que Rahner llama ‘mística ignaciana de la alegría en el mundo’. Según Arrupe “el mundo es de aquellos que sepan ofrecerle y contagiarle hoy horizontes y síntesis de sentido”. La espiritualidad ignaciana lo puede hacer, si es que sabemos actualizarla, vivirla y ofrecerla reinterpretada.